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Fallece el agustino español Cipriano García Fernández, segundo obispo de la Prelatura de Cafayate (Argentina)

El también obispo agustino Luis Marín de San Martín presidió su funeral en Madrid el 14 de agosto: «Amó a la Iglesia y dio toda su vida por ella. Fue un pastor cercano, que supo caminar con su pueblo»

Con 93 años y tras una vida entregada, el pasado 13 de agosto nos dejó un obispo español, el agustino Cipriano García Fernández, que fue el segundo obispo de la Prelatura de Cafayate, en el noroeste Argentina, país donde entregó su vida a Dios y a la Iglesia desde 1957. Hasta el final, cumplió con su lema episcopal: «Me desgastaré por vuestras almas».

Volvió a España en 2024, el lugar donde recibió la fe y la vocación agustiniana, donde profesó los votos simples y los solemnes, y luego fue ordenado sacerdote. Corría el año 1956 y poco tiempo después partiría para Argentina.

En Buenos Aires, mientras estudiaba Filosofía y Letras, fue destinado al Colegio San Agustín. También fue prior de la comunidad y rector del citado centro educativo, además de consejero viceprovincial. En 2007, Benedicto XVI aceptó su renuncia por motivos de edad. Tras un tiempo en Buenos Aires, regresó en 2024 a España debido a la necesidad de atención y cuidados.

Funeral de monseñor Cipriano García en Madrid.

«En este tiempo envuelto a veces por las sombras del cansancio, la resignación y el pesimismo, monseñor Cipriano fue un testigo gozoso del Evangelio». Son palabras de Luis Marín de San Martín, agustino y obispo como Cipriano. El subsecretario de la Secretaría General del Sínodo presidió el funeral por el eterno descanso del obispo fallecido el 14 de agosto en la parroquia Santa María de la Esperanza, en Madrid.

Y añadió: «Acogía a todos con una exclamación de bienvenida y una gran sonrisa. Pero era también atento conocedor de los tiempos y los contextos. Amó a la Iglesia y dio toda su vida por ella. Fue un pastor cercano, que supo caminar con su pueblo en todos los lugares a los que la Providencia lo llevó y en las responsabilidades que asumió. […] No era sentimental, pero ponía pasión en lo que hacía; no era intelectual, pero sabía utilizar bien la razón; no era autoritario, pero tomaba decisiones; no era acomodaticio, pero hacía prevalecer su índole pastoral».

Vida serena, cordial y entregada

Ante los restos mortales del obispo —que descansan en el panteón agustiniano del cementerio de la Almudena, aunque se espera que puedan reposar en su catedral de Cafayate—, Marín dio gracias a dios por su testimonio «de vida serena, cordial y entregada».

E insistió: «Podemos decir que amó sin reservas a la Iglesia. Procuró servirla, donando a fondo perdido tiempo y acciones. Hombre inquieto, interesado en la realidad en la que vivía, implicado. Durante toda su vida y en la medida de sus posibilidades, se entregó generosamente al pueblo de Dios del que formaba parte y al que servía como pastor. Consciente siempre de su posición subordinada, sabiendo que él era cauce, canal de la gracia, no autor de ella. El único Señor es Cristo».

Al hilo de la partida de monseñor Cipriano García, Luis Marín señaló que la muerte nos recuerda nuestra condición, pero también recalcó que esta no tiene la última palabra, que hay un amor más fuerte.

«La muerte nunca es una puerta que se cierra, sino una puerta que se abre a la esperanza. Monseñor Cipriano ha fallecido en este Año Jubilar de la Esperanza. Ha cruzado la verdadera y definitiva puerta santa. Para atravesar el umbral de la puerta santa de la casa del cielo se necesita la familiaridad con el Buen Pastor, adquirida con la escucha de su voz. Así como las ovejas, si son dóciles, reconocen la voz del Buen Pastor, así él las conoce en la medida en que escuchan su Palabra. Querido Cipriano, al desvelarse ante ti el rostro del Buen Pastor, que te reconoce y te quiere, ahora puedes finalmente alegrarte en el misterio del amor infinito al que regalaste tu existencia», concluyó.

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