Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Faros para la Esperanza: el testimonio de fe y perdón que sostuvo a Fausto tras el asesinato de su hermano

La Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española lanza la segunda entrega de su proyecto «Reavivar la esperanza en comunión con los santos», centrado esta vez en la mansedumbre

La Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española ha lanzado la segunda entrega de su proyecto «Faros para la Esperanza». Enmarcado en el Jubileo de la Esperanza de 2025, la iniciativa para «reavivar la esperanza en comunión con los santos» presenta ocho vídeos breves con pequeñas historias que buscan iluminar la vida cotidiana con la luz de la experiencia cristiana.

Este «segundo faro» se centra en la bienaventuranza enunciada en el Evangelio de san Mateo según la cual Jesús proclama: «Felices los mansos, porque heredarán la tierra». De acuerdo con las reflexiones citadas por la Conferencia Episcopal, la mansedumbre es propuesta por Jesús como contrapunto a un mundo marcado por la enemistad, el orgullo y la vanidad. Es, desde esta perspectiva, un fruto del Espíritu Santo y una expresión de la pobreza interior de quien deposita su confianza únicamente en Dios. De esta forma, la mansedumbre, en alianza con la esperanza cristiana, permite afrontar las circunstancias de la vida con confianza en la Providencia divina, alegría, fortaleza y servicio, rechazando la rebeldía y la evasión.

El corazón de este segundo vídeo es el conmovedor testimonio de Fausto Marín, diácono permanente en la archidiócesis de Madrid. Fausto es hermano de Vicente, una de las víctimas de los atentados del 11-M en Madrid. Así, mientras que para otras familias esta tragedia terrible se tradujo en deseos de venganza o desesperación, la familia de Fausto y Vicente la pudieron afrontar «desde la fe». La campaña presenta este testimonio como «luz para una sociedad necesitada de esperanza».

En el vídeo publicado, Fausto Marín relata cómo recibió la noticia del atentado mientras tomaba un café con su padre, y cómo la seguridad de que Vicente estaba en ese tren les causó un «vuelco al corazón». A pesar de la angustia, experimentaron «una serenidad que te daba nuestro Señor para poder afrontar todas estas cosas». Fausto subraya que, aunque el dolor de perder a un hermano es una «cicatriz en tu alma que te acompaña el resto de tu vida», «la alegría de ser cristiano es la que te ayuda y la que te sostiene para poder enfrentarte todos los días a las circunstancias que se van presentando en esa vida».

Un aspecto central de su testimonio es el perdón. El protagonista explica que el perdón no se improvisa, es un don de lo alto y un camino que se aprende asumiendo los conflictos cotidianos. Fausto lo describe como esencial para la paz interior: «Vivir con el perdón te da paz. Vivir sin el perdón te conduce a caminos oscuros». Y añade sobre el beneficio personal de perdonar: «El hecho de que tú vivas con el perdón te va a hacer ganar más a ti. Vas a recibir tú una luz diferente que el vivir ajeno a ese perdón».

Desde su experiencia, Fausto Marín destaca la necesidad de la fe, especialmente en los momentos difíciles: «Yo creo que nuestro Señor nos habla de muchas maneras, pero en los momentos de grandes crisis, esa paz y esa esperanza es la que te da la fe, te da una paz muy importante, sobre todo para poderlo sobrellevar». Y añade que «en un mundo en el que las ansiedades, las dificultades y las preocupaciones parecen que nos invaden, tenemos que poner la fe en el centro de nuestra vida».

Fausto también reflexiona sobre el aprendizaje del perdón, que comienza por la propia humildad: «Primero, los cristianos tenemos que aprender a pedir perdón por las cosas cuando nos equivocamos. Eso te da mucha paz, porque también te ayuda a poder perdonar». Y no es posible hacerlo sin mirar el ejemplo de Jesús: «Tenemos que pensar en la imagen de Jesús al en la cruz cuando dice, «Perdona que no sabe lo que se hacen». Y, realmente si somos cristianos, pensar que si en ese momento Él fue capaz de perdonar, nosotros tenemos que ser capaces de perdonar». Una necesidad práctica que, remarca, es imprescindible en la vida diaria: «Si no vives desde el perdón, ya os lo digo, es muy difícil que puedas llevar tu día a día».

Como diácono, Fausto ve su vida como un don al servicio a los demás. Afirma que la mayor responsabilidad para un cristiano es «que demos testimonio de nuestra fe» y «que, de verdad, cuando se nos vea, la gente reconozca que somos verdaderos servidores».

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now