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Fernando García Cadiñanos, obispo responsable de Migraciones de la CEE: «Si hay una institución llamada a hablar de migraciones con libertad y profecía, esa es la Iglesia»

«La realidad en Ceuta es que se ha desbordado y requiere, por tanto, el auxilio extraordinario del resto del Estado para tratar de solventar la grave situación en la que nos encontramos», afirma en entrevista con ECCLESIA

Fernando García Cadiñanos ,obispo de Mondoñedo-Ferrol, es,el responsable de Migraciones en la Conferencia Episcopal Española (CEE). Ante la inminencia de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que se celebra el próximo 27 de septiembre con el título «Incluso uno solo de estos pequeños», y tras la publicación de los materiales elaborados por la CEE para animar a su celebración, el prelado atiende a ECCLESIA.

—La campaña de este año pone el foco en el rostro concreto, mirando más allá de las cifras. A menudo, para hablar del fenómeno migratorio, hablamos solo con los números. ¿Hemos deshumanizado a los migrantes?
—No sé si la palabra deshumanizar es la correcta, pero digamos que tendemos a abstraer y agrupar en cifras que ya no nos duelen, ni nos afectan. Hablamos de los inmigrantes como un todo, sin darnos cuenta de la dimensión personal concreta de cada uno, de sus rostros e historias concretas, tan cercanas a cualquiera de nosotros. En un mundo con tantas informaciones y con tantos impactos de noticias constantes, agrupamos, pero sin ser conscientes ni vernos afectados por la profundidad de cada persona. Cuando se generaliza, no nos afecta, aunque nos llame la atención la magnitud de las cifras. Las historias concretas y el encuentro personal son los que nos tocan el corazón.

—¿Es esta deshumanización la que hace que surjan discursos de odio?
—Podría ser un elemento que afecta. Junto a ello, está la clave de los sentimientos, que muchas veces marcan nuestros juicios y decisiones: vivimos una época en la que los sentimientos deciden y mueven. También está la seguridad de nuestro bienestar: hay una prioridad por garantizar nuestros espacios de seguridad y de bienestar que no queremos que se vean afectados; actúa el miedo, que nos lleva a enfrentarnos y ver al otro como un enemigo o alguien que nos amenaza solo por estar. También influyen las informaciones no contrastadas que circulan y deforman la realidad, magnificando o deformando. Otro factor que influye, sin duda, es la situación de polarización en la que vivimos, que nos impide un diálogo sereno, sosegado, sin enfrentamiento, intentando construir juntos un mundo más justo y fraterno.

—¿Cuál es la posición de los obispos en materia de menores?
—La Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados de este año, que contabiliza ya su 112.ª edición, nos invita a fijarnos en la situación de los menores migrantes. Como se sabe, cada año pretende poner el foco de atención en una realidad que afecta al hecho de las migraciones. La voluntad de fijarse en los menores es por su condición de especial vulnerabilidad: quizás ellos, dentro del amplio fenómeno de las migraciones, constituyen el eslabón más débil por su triple condición, como decía Juan Pablo II: por ser extranjeros, menores e indefensos. Corresponde, por tanto, una especial tutela a las administraciones en la garantía de sus derechos, buscando siempre el interés superior del menor. En ese sentido, hay un marco de legalidad que tiene que cumplirse siempre y que es especialmente reclamable en la actualidad. La Iglesia siempre realizará una función subsidiaria al respecto.

—Hay situaciones concretas y complejas en el ámbito de los menores en Canarias o Ceuta, muy de actualidad en las últimas semanas. ¿Cómo abordar esta situación? ¿Qué diría a las administraciones públicas?
—Como antes señalaba, la legalidad vigente que nos hemos dado para defender a los menores y que hemos refrendado a nivel internacional es el marco adecuado para afrontar esta cuestión. Como se nos recuerda desde los organismos que están en el terreno, es necesario evaluar caso por caso para garantizar siempre el bien superior del menor que pasa por diferentes soluciones. Una vez más se descubre aquí la importancia de cada situación que no se puede ni debe generalizar. La realidad en Ceuta es que se ha desbordado y requiere, por tanto, el auxilio extraordinario del resto del Estado para tratar de solventar la grave situación en la que nos encontramos. Eso pasa por refuerzos y por la solidaridad de todo el Estado en bien de cada menor. Y sobre todo exige una mirada más amplia y generosa.

—Aunque la Iglesia no puede atender a los menores, pues están bajo tutela de la administración, sí recoge a aquellos que, tras cumplir los 18 años, se quedan a la intemperie… ¿Qué hace la Iglesia en este sentido?
—La verdad es que, aunque no tiene competencias directas, muchas presencias de la Iglesia están presentes en este acompañamiento a los menores en tantas casas y centros de acogida donde, además de lo exigible legalmente, las comunidades cristianas ponen un poco más de amor, misericordia y familia. Es hermoso poder hacerse presente en estos hogares y ver el quehacer de trabajadores, voluntarios y religiosos que acompañan en el crecimiento de los menores.

Además, desde Cáritas y desde otras muchas instituciones, se hace una labor muy importante por acompañar a aquellas personas que han llegado a los 18 años y salen de los sistemas de tutela. Es un gran reto al que hace frente la Iglesia para no abandonar a estos jóvenes en una situación muy de vulnerabilidad. Existen casas de acogida, centros de trabajo y muchas otras iniciativas.

—Una de las experiencias más relevantes son los corredores de hospitalidad. ¿Están funcionando? ¿Qué resultados dan?
—Los corredores de hospitalidad están precisamente en esta línea. Se trata de unir la situación de jóvenes de Canarias que han cumplido los 18 años y dejan ya los centros tutelados —en cierta manera se encuentran en la calle— y ponerlos en contacto con diócesis de la península que se encargan de acogerlos e integrarlos: facilitarles una vivienda, formación, un trabajo y, sobre todo, una comunidad donde integrarse, participar, colaborar. Es una pequeña gota en un mar, pero un gesto muy significativo y hermoso que está ayudando a muchos jóvenes en su proceso. Hasta ahora hay experiencias en Palencia, Madrid, Mondoñedo-Ferrol…

—¿En qué punto está la red eclesial de hospitalidad atlántica?
—La red de hospitalidad atlántica es un proyecto promovido por el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral en el que participan la Conferencia Episcopal Española y las diócesis de los países de salida y de tránsito que están situados en lo que se conoce como ruta atlántica de la migración. De esta manera, se vinculan las diócesis de salida, de tránsito y de llegada en lo que es la ruta migratoria más peligrosa del planeta. Hasta ahora hemos tenido diferentes encuentros e iniciativas que buscan, sobre todo, dar a conocer los recursos al servicio de los migrantes que están en esta ruta, informarles de una manera veraz y acompañarles para que su proceso migratorio sea más seguro. Tenemos publicada una guía de recursos de las diferentes diócesis a las que las personas que transitan pueden acudir. Es muy hermoso conocer las iniciativas de las iglesias africanas para contener la emigración y para acompañar su situación. Se lo pudimos presentar al papa León en su viaje a Canarias y se interesó mucho.

—El tema migratorio genera una gran polarización y, en un curso electoral como el que empieza, probablemente se utilice. ¿Cuál debe ser el papel de la Iglesia en este sentido?
—La Iglesia tiene que ayudar siempre en varios frentes. Por uno, generar sosiego, desarmar las conciencias y las palabras, promover espacios y climas de diálogo, de encuentro y de fraternidad. Hay que superar toda polarización. Por otra parte, la Iglesia tiene que estar siempre al lado de los que sufren, de las víctimas, poniendo delante de toda la sociedad su sufrimiento, sus historias, sus motivaciones y razones. Este es el lado desde el que tenemos que estar. Además, la Iglesia ha de ofrecer su doctrina social que, desde los principios fundamentales, ayuda y da luces en esta situación: la dignidad de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes son principios que no podemos olvidar a la hora de hablar de las migraciones. Junto a ello, los mensajes más específicos referidos al tema migratorio: derecho a no migrar, derecho a migrar, derecho de los Estados a regular las fronteras para promover una integración  eficaz. Me parece que, si hay una institución en la actualidad que está llamada a hablar de este tema con libertad y profecía, esa es precisamente la Iglesia.

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