El subsecretario del Dicasterio para las Iglesias Orientales subraya que, junto con la oración y la solidaridad, «hace falta una sana indignación»
Filippo Ciampanelli, subsecretario del Dicasterio para las Iglesias Orientales, conversa con ECCLESIA en el marco de la colecta Pro Terra Sancta, que volverá a celebrarse, como cada año, el Viernes Santo. Asegura que la posibilidad de que se extinga la presencia cristiana en Oriente Medio «es un temor fundado».
—¿Cuál es el llamamiento de este año para la colecta a favor de Tierra Santa?
—La carta de este año del prefecto, el cardenal Gugerotti, dirigida a los obispos del mundo es muy directa y franca. Afirma que esta colecta pide un sacrificio en espíritu cristiano concreto, de entrega y de amor de parte de todos, pensando en los sacrificios que padecen los cristianos en los Santos Lugares. En la dramática situación de Oriente Medio, flagelado por la guerra, se trata de una petición hecha con el corazón en la mano. En la carta recuerda que el sacrilegio no consiste solo en profanar las Especies Eucarísticas, sino también en la profanación de los cristianos, que son Cuerpo de Cristo.
—¿Cómo ayudar a niños y jóvenes para que no crezcan en el odio?
—Lo que ha sucedido en estos años tendrá consecuencias. Los escombros no son solamente casas o edificios destruidos; los escombros están también en las almas y en los corazones. Es más fácil reconstruir una casa que un alma herida. Por eso, creemos profundamente en la importancia de la presencia cristiana y en la educación. Porque educar significa reconstruir el futuro. Hoy más que nunca, los Santos Lugares necesitan nuevas generaciones capaces de construir la paz. Hay que comenzar cuando todavía es posible tener esperanza y no repetir los dramas del pasado. Por eso, es importante subrayar que las donaciones de hoy no son solo recursos destinados a peregrinaciones o a conservar edificios. Son, ante todo, para las personas y, de manera especial, para la educación de los niños y de los jóvenes, cuyas mentes y corazones deben afrontar el desafío de no responder al mal con el mal.
—El Oriente cristiano siempre ha estado asociado al martirio, pero ¿cuánto tiempo va a durar?
—Le digo la verdad: me gustaría tener una respuesta y poder decirle que no durará mucho. Pero no la tengo, y creo que nadie la tiene. Quizá la verdadera pregunta no sea tanto el porqué, sino el para quién. Ante esta situación, lo primero es la oración por estos lugares y por estas personas. Es necesario dejarse tocar el corazón de manera concreta. A mí me impresiona que esta violencia muchas veces ya ni nos indigna. Y ante la indiferencia nace un mecanismo especialmente dañino: las noticias que llegan de la guerra, de Oriente Medio en este caso, se interpretan como si fueran solo un problema lejano y ajeno. Así nos encerramos en nosotros mismos sin comprender que, más allá de las lógicas políticas, hay un sufrimiento real de personas y pueblos que no puede resolverse superficialmente con una opinión, un tuit o un comentario rápido.
—¿Cuál es la principal preocupación del Dicasterio?
—Nuestra preocupación la resumiría en tres palabras: indiferencia, costumbre y olvido. La colecta para Tierra Santa quiere ser una llamada de atención frente a la indiferencia. Nos hemos acostumbrado a noticias que ya ni nos hieren. Y junto a la indiferencia está la costumbre: esa repetición de imágenes, noticias y comentarios sin una participación real termina anestesiando el corazón. Y después está el olvido. Hay contextos en Oriente Medio que siguen sufriendo gravísimas consecuencias de la guerra. Pero la velocidad de la información hoy va unida a la velocidad del olvido. Nos preocupa, porque esta dinámica favorece una lógica perversa presente en muchos escenarios de guerra: da la impresión de que no interesan las personas que sufren, sino los intereses económicos. Cuando vemos personas que sufren y mueren de manera terrible, a veces el discurso público no se detiene en el dolor humano, sino que se desvía hacia análisis que terminan en estériles debates locales, en lugar de interesarse por las situaciones reales de los contextos donde se sufre. Y, sobre todo, duele pensar que, frente al olor de la sangre, pueda prevalecer el olor del dinero. Por eso, junto a la oración y a la solidaridad concreta, hace falta también una sana indignación.
—Sucede en Oriente Medio y sucede en Ucrania…
—Las guerras, si se quisiera, podrían terminar, y de manera justa. Lo que vemos, desde la perspectiva de las Iglesias católicas orientales, es un pueblo de Dios en Ucrania que reza, ofrece y sufre.
—Volviendo a Oriente Medio, ¿es realista pensar que pueda llegar a extinguirse la presencia cristiana?
—Es un temor fundado. Es un temor grave. La colecta de Tierra Santa es un recordatorio para que todos los cristianos del mundo lleven en el corazón, de todos los modos posibles, el destino de estos cristianos, que es también nuestro destino. Allí es muy difícil permanecer. Muchos querrían irse. Tienen miedo, viven en tensión, se vulneran sus derechos… A mí me impresiona su testimonio. Recuerdo que una persona de Gaza me decía: «Queremos que haya presencia eucarística en Gaza, que el Señor permanezca allí. Y para que el Señor permanezca, tenemos que permanecer también nosotros».
—Cuando estos cristianos orientales llegan a Occidente, ¿Qué importancia tiene ofrecerles una atención pastoral que les permita vivir según sus ritos?
—Creo que hay dos grandes dramas para estos hermanos y hermanas. El primero es que muchos se ven obligados a huir de su tierra. El segundo es que, cuando llegan a países occidentales, corren el riesgo de perder su propio rito. Y esto sucede, no por maldad, sino por ignorancia, por el hecho de que, como todos somos católicos, se les dice, contradiciendo la enseñanza de la Iglesia: «Bueno, podéis haceros latinos». Y así se hiere algo verdaderamente grande, que es su pertenencia ritual. Tenemos un poco la idea de que esto significa solamente celebrar la liturgia de un modo diferente. Pero el concepto de rito no está ligado solo a formas litúrgicas distintas, es mucho más: es una pertenencia eclesial marcada por una teología, por una espiritualidad particular, por tradiciones propias, por una disciplina específica. Son vínculos particulares con un modo de rezar, pero también de vivir la fe. Y es también un tesoro para toda la Iglesia católica.








