En la Cuaresma, nos acercamos a la Flagelación de Diego de Siloé, que se puede contemplar de cerca en la presente edición de Las Edades del Hombre en Zamora
Esta Flagelación de Diego de Siloé que el lector puede ver en la imagen, la podemos contemplar de cerca en la exposición las Edades del Hombre —en Zamora hasta el 5 de abril—, pues habitualmente se encuentra a bastante altura, en el segundo cuerpo del retablo mayor de la capilla del condestable de la catedral de Burgos, donde en tres hornacinas se ubican otras tantas tallas: la Oración en el Huerto, Jesús con la cruz a cuestas y la ya citada Flagelación, que nos va a servir para vivir el tiempo de Cuaresma desde el arte.
La talla que se ve en la imagen presenta a Cristo atado a una columna alta, con las manos unidas y los brazos levantados, formando un ángulo de 90 grados el derecho, en paralelo a la cabeza que se halla ladeada, generando una notable sensación de dramatismo.
Podemos admirar la anatomía de Cristo, tan cuidada, debido al gran conocimiento del cuerpo humano que poseía este maestro burgalés, que aprendió durante su estancia en Italia. Fijémonos en el rostro, en la boca entreabierta y los ojos caídos. Desde su cabeza, deja caer la clásica cabellera larga (guedejas) que cae sobre los hombros, y consigue que un pelo que, por el momento que está viviendo Jesús, cabe esperar se encuentre alborotado, aparezca arreglado y ordenado, mostrando leves ondulaciones que dan a la cabeza Cristo un cierto dinamismo. El paño de pureza tiene los rasgos propios de las telas de apariencia mojada, que se adaptan a la anatomía y se anudan en la parte derecha. La policromía del paño presenta el tradicional sistema de bandas, alternando con caracteres verticales. Las encarnaciones del cuerpo y del rostro son mates, perfectamente logradas, que permiten acentuar los caracteres dramáticos de la figura y un suave aspecto doloroso por los pequeños regueros de sangre.
La imagen se levanta sobre un suelo de lajas, muy usado por Diego de Siloé en otras de sus obras. Un elemento que forma parte esencial de cualquier escena de la flagelación es la columna, una columna que se convirtió en uno de los atributos pasionales más característicos del arte y que siempre suele acompañar a «Cristo Varón de Dolores». Hasta finales de la Edad Media, la columna a la que está atado Jesús es alta y fina, como esta. Será en la Contrarreforma cuando se reemplace por una columna baja y gruesa, que no ofrece ninguna protección a la espalda ni al pecho de Cristo. Este cambio se explica por la aparición de dos columnas de la flagelación: la primera en Jerusalén y la segunda en Roma, y ambas entraron en la iconografía de la Pasión de Cristo.
Las normas de la flagelación
Las normas de la flagelación para el pueblo judío estaban marcadas: el número de golpes permitido era el de 40 y se recibían con el reo acostado. Los fariseos, para no sobrepasar este límite, los habían reducido a 39 latigazos repartidos en 13 azotes en el tórax y 13 en cada lado de la espalda.
La flagelación según la ley romana difería de la de los hebreos. Para los romanos no había límite en el número de golpes, que estaba condicionado solo a que el condenado no muriera a consecuencia de los latigazos y así poder continuar con el suplicio de la crucifixión hasta su muerte. Se recibían con el reo de pie.
La flagelación se llevaba a cabo manteniendo al sentenciado con las manos amarradas y sujetas a la argolla de un poste o columna, de unos 40 centímetros de altura, totalmente desnudo y con las piernas abiertas, de forma que ofreciera a los azotadores la espalda como zona más vulnerable.
Sabemos que Jesús fue atado a la columna del Pretorio romano —de fuste ancho y corto y de poca altura— con las manos amarradas hacia atrás, mostrando así la espalda por flexión del tronco y quedando muy vulnerables la parte de delante del corazón. Creemos que Jesús recibió entre 100 y 120 golpes.
Conmoción espiritual
Ejemplo de cómo una imagen puede, con la ayuda de la gracia, producir una conmoción espiritual la encontramos en santa Teresa de Jesús, que al contemplar una imagen de la Flagelación en la Cuaresma de 1554, nos relata: «Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle».
Los que aman entran en el misterio del «me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20) y esta flagelación que contemplamos es una «prenda» segura de un amor fiel hasta la muerte.








