El papa Francisco ha partido a la Casa del Padre y lo ha hecho en la Pascua, cuando la Iglesia celebra la victoria de la vida sobre la muerte. No es baladí este acontecimiento, como él mismo dejó escrito este Domingo de Resurrección: «En la Pascua del Señor, la muerte y la vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, pero el Señor vive para siempre y nos infunde la certeza de que también nosotros estamos llamados a participar en la vida que no conoce el ocaso, donde ya no se oirán el estruendo de las armas ni los ecos de la muerte. Encomendémonos a él, porque solo él puede hacer nuevas todas las cosas».
En el fondo, esta idea, central para los católicos, es la síntesis del pontificado de Francisco: la alegría del Evangelio, la alegría de que el mal no tiene la última palabra y de que Jesús viene, como repitió en la Jornada Mundial de la Juventud, para «todos, todos, todos», y tiene un proyecto de felicidad para todos.
De aquí, de este núcleo, se derivan todos los acentos que el papa Francisco ha ido colocando a lo largo de estos 12 años. Por eso, todos los calificativos que hemos venido escuchando en estas horas tienen sentido: el Papa del fin del mundo, el Papa de la misericordia, el Papa de las periferias, el Papa de la Iglesia en salida, el Papa de los santos de la puerta de al lado, el Papa de los pobres, el Papa de los migrantes, el Papa de las reformas, el Papa de la fraternidad…
De todas estas definiciones, cabría destacar la misericordia —presente en su lema y protagonista de un año santo— y la Iglesia en salida, la dimensión misionera, pues quizá engloben todos los elementos anteriores.
La misericordia tiene que ver con la respuesta que ha querido que la Iglesia tenga ante situaciones de sufrimiento y dolor —materiales, físicas o existenciales—, como el propio Jesús es misericordioso. Han sido muy significativas sus visitas a la cárcel. De hecho, la última salida del Vaticano fue, precisamente, este Jueves Santo, para visitar una cárcel y llevar allí el consuelo de Dios. Una misericordia que se extiende a los migrantes, a los que no tienen tierra, techo ni trabajo, a los que sufren abusos, a los ancianos que están solos o a las familias rotas. Dios siempre tiene una mirada especial para los que sufren y hay oportunidad para salir. La muerte no tiene la última palabra. Es uno de los grandes mensajes de Francisco.
Pero Francisco también ha puesto a la Iglesia en marcha. Con la Evangelii gaudium pidió a todos —obispos, sacerdotes, religiosos y laicos— construir una Iglesia hacia fuera, asumiendo el riesgo de que en algún momento podría accidentarse. Pero lo prefería a una Iglesia enferma por permanecer encerrada. Es eso que avanzó en la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro, recién iniciado su pontificado, a los jóvenes: «Hagan lío».
Una Iglesia que, para iniciar este camino, como él mismo ha dicho en tantas ocasiones, necesita una conversión. Una conversión que, en primer lugar, debe ser de cada uno de sus miembros, para luego afrontar los cambios que sean necesarios. Así lo puso de manifiesto él mismo, sabiendo, además, de que la guía de la Iglesia, aunque con Pedro al timón, necesita de todos. Esto es, la sinodalidad que tanto ha promovido.
Francisco ha partido a la Casa del Padre. Nos quedan sus palabras, sus mensajes, su paternidad espiritual, su cercanía, especialmente con los más pobres, y la certeza de que, como ya dijo en su momento Juan Pablo II, el amor vence siempre, Dios vence siempre.








