Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

La Iglesia de siempre

Proliferan por las redes sociales y los teléfonos móviles desde que la tragedia de la DANA azotó Valencia y otros lugares de España imágenes de sacerdotes y religiosas sacando barro a paladas y acudiendo en auxilio de quienes lo han perdido todo. Circulan, además, sin que lo sepan sus protagonistas ni quienes las publican, instantáneas de los miles de jóvenes católicos que, sin cálculo ni reflexión, se han arrojado al fango desde el primer minuto para sumar a la oración la puesta en práctica de la caridad. No se trata, gracias a Dios, de nada excepcional. La Iglesia sigue en primera línea ante el sufrimiento y la muerte, como lleva haciendo dos mil años. La sociedad civil en general también ha respondido con ímpetu a la búsqueda de desaparecidos, el abastecimiento de víveres, la rehabilitación de viviendas y el desbloqueo de vías circulatorias en el Levante español. No sobra nadie ante tamaña faena, tenga las creencias o las ideas políticas que tenga. Ante el misterio y el escándalo del mal, es momento de estar juntos, como ha recordado el arzobispo de Valencia.

La Iglesia que vemos en las redes sociales, la que trabaja y no posturea, la Iglesia que hace carne el Evangelio sobre el mismo fango, es un orgullo para todos. No se puede dejar pasar la oportunidad de valorar especialmente el trabajo de los sacerdotes, a veces denostados en generalizaciones injustas. Verlos codo a codo con el resto de la población, como una auténtica Iglesia en salida, es el reconocimiento a una vida de servicio entregada por Jesucristo y los más pobres. No han tenido que ir a Valencia, porque ya estaban allí. La Iglesia ha sufrido, como cualquier vecino afectado, el terrible embate de las aguas; ha buscado a desaparecidos, y sigue sufriendo los cortes de luz, agua e internet. Pese a ello, las parroquias se han convertido en centros neurálgicos de los que salen grupos de voluntarios y a los que acuden necesitados, donde se reparten alimentos y productos de necesidad y se ofrece un hombro en el que llorar, una palabra de aliento, un abrazo sincero. Y todo ello por Dios, pero también con él, pues en los templos en los que se ha podido, se han vuelto a celebrar Eucaristías, administrando la gracia de los sacramentos.

Con la terrible tragedia de Valencia, la Iglesia nos hace revivir su propia historia, viendo cómo Cristo se hace grande en la debilidad. Un Dios que nos inspira a sacar lo mejor de nosotros mismos como solo puede hacer la fe, que nos hace ver a Jesús en el que padece. No hay palabras de consuelo para las víctimas, pero sí una comunidad fuerte a su alrededor para que vean que no están solos, que merece la pena seguir adelante. En momentos tan espantosos, se ponen a prueba los lazos fraternos que se fueron tejiendo durante el bienestar, y han resultado ser sólidos. 

La Iglesia goza de buena salud: por valores, por compromiso, por la nota que alcanza cuando la vida la pone a prueba. No es, por supuesto, más que nadie, pero es reconfortante ver a los que nunca fallan, haciendo lo que siempre hacen. Dando testimonio con sus obras, encarnando el Evangelio, poniendo a prueba sus convicciones de una forma que en Occidente no es habitual, gracias a Dios, y que en otras latitudes es el pan de cada día. Oramos para que la solidaridad entre españoles no se apague con el tiempo, no se domestique con el paso de los días, que no nos acostumbremos a la desgracia de Valencia. El futuro de todo un pueblo pasa por mantener esta llama encendida. Pero sabemos que, cuando la actualidad pase a otros frentes, busque otros focos, la Iglesia seguirá ahí; los que no tuvieron que venir, porque ya estaban, no se irán, como ahí siguen cuidando, auxiliando y llevando paz a los hermanos de Ucrania, de Tierra Santa y de tantos y tantos lugares en el mundo donde el dolor es una constante. 

Terrible misterio este del sufrimiento, por el que brota lo más noble y los hombres se tratan verdaderamente como hermanos. 

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now