El obispo auxiliar de Toledo y secretario general de la Conferencia Episcopal reivindica la atención espiritual y material a los afectados y traslada un mensaje de esperanza fundado en la fe
El obispo auxiliar de Toledo y secretario general de la Conferencia Episcopal, Francisco César García Magán, ha ofrecido a ECCLESIA una valoración de la respuesta humana, material y espiritual desplegada por la Iglesia española a raíz del «lamentable accidente» registrado entre los municipios de Urda y Los Yébenes, en la provincia de Toledo.
Al rememorar el choque entre los trenes de alta velocidad, García Magán pone el foco en la aflicción de las familias alcanzadas por la tragedia: «La muerte es siempre un momento de dolor, pero cuando surge de una forma así tan imprevista, tan inesperada, el sufrimiento de las familias es mayor; es una tragedia muy grande». Ante este escenario de necesidad extrema por parte de las víctimas, la Iglesia diocesana procuró mantener una presencia constante de apoyo «con un silencio sonoro de fraternidad, de caridad, de poner luz y esperanza en medio de esa situación».
En el ámbito de la atención inmediata, García Magán subraya que «desde el momento cero, hubo sacerdotes que llegaron allí y que estuvieron atendiendo espiritualmente a los heridos». Del mismo modo, la archidiócesis de Toledo habilitó las dependencias de la casa diocesana de espiritualidad El Buen Pastor, donde quedaron alojadas «más de 50 personas». La movilización de la Iglesia incluyó asimismo la presencia del propio arzobispo en el lugar del siniestro poco después de producirse, así como la incorporación voluntaria de «más de 40 sacerdotes» para acompañar a los allegados y reforzar la labor de los capellanes en el Hospital Universitario.
En su entrevista con ECCLESIA, García Magán elogia de manera especial la reacción del pueblo de Urda y de localidades vecinas como Madridejos y Consuegra, señalando cómo los vecinos acogieron a los afectados trasladándolos en sus propios vehículos particulares. Esta respuesta comunitaria constituyó, a su juicio, «un testimonio de caridad y solidaridad». El obispo auxiliar ha recordado también el momento de oración ante el Santísimo Sacramento compartido con los familiares, manifestando que los propios asistentes le expresaron cómo habían percibido «esa acogida, esa cercanía que les daba paz» en medio del sufrimiento.
A partir de esta vivencia, el secretario general de la CEE reflexiona sobre la capacidad de la sociedad para reaccionar ante la adversidad: «Cuando dejamos de mirarnos el ombligo a nosotros mismos y somos capaces de buscar al hermano y de salir como samaritanos a consolar al que está tirado en el camino sale lo mejor de nosotros mismos hacia ese hermano y también entre nosotros».
Respecto al sentido del mensaje cristiano ante la pérdida, García Magán explica que la fe en Jesucristo Resucitado «no nos quita el dolor, no nos quita las lágrimas, no nos quita la herida que se produce en el corazón, en el alma, pero sí nos da un sentido nuevo» y la convicción de que «nadie muere solo». Para ilustrar este consuelo en momentos de oscuridad, el prelado recurre al símbolo del cirio pascual, definiendo la fe como «una velita que nos ayuda a dar un paso y luego, otro paso, y otro más». Finalmente, ha concluido afirmando que la fe aporta la certeza de que los seres queridos fallecidos «viven en el Señor, están con el Señor y allí nos esperan», transformando así la perspectiva sobre la muerte.





