Ante la crisis humanitaria provocada por la llegada masiva de inmigrantes, la Iglesia sale al paso de las necesidades desde las costas hasta el Congreso
La Conferencia Episcopal Española ha vuelto a plantear a los partidos políticos mayoritarios la Iniciativa de Legislación Popular presentada hace meses para la regularización de inmigrantes en nuestro país. El presidente, Luis Argüello, junto con otros miembros y representantes de distintas realidades eclesiales se han reunido con el PSOE y el PP en el Congreso de los Diputados para, en palabras de Argüello, «encontrar una vía para salir adelante de esta problemática». En la reunión han presentado rostros concretos, con sus historias y preocupaciones.
La insistencia de la Conferencia Episcopal Española (CEE) en los últimos meses en el impulso de esta ILP es un ejemplo más de la presencia e implicación de la Iglesia en los problemas sociales de nuestro país. Como afirmó el presidente de la CEE Luis Argüello en su discurso inaugural de la última Asamblea Plenaria, «estamos dispuestos a ofrecer un cauce que facilite el encuentro y el diálogo»; fruto del cuál se ha celebrado esta reunión con el Ejecutivo.
Es un trabajo incansable, y con gran impacto, realizado a todos los niveles, en ocasiones de forma más pública, como es una reunión con el Gobierno, y en otras, la mayoría, de forma callada pero igual de decisiva. Muestra de ello, es el proyecto Hospitalidad Atlántica, en el que participa la CEE junto con varias diócesis españolas del sur y otras tantas del los países de África por los que pasa la llamada “ruta atlántica” de inmigración, una de las más peligrosas y transitadas del mundo; además de otras organizaciones como Cáritas y Manos Unidas. El proyecto trabaja, como explicó Fernando Redondo, delegado de Migraciones de la CEE, en ECCLESIA, «para apoyar a las personas que inician esta ruta, que sepan qué se van a encontrar» y brindarles ayuda durante todo el camino si deciden emprenderlo.
El destino más frecuente de esa peligrosa ruta son las islas Canarias, desbordadas desde hace más de dos años, por la llegada imparable de embarcaciones repletas de gente que viaja en condiciones infrahumanas. Especialmente para las islas más pequeñas, este aumento de flujo migratorio es un verdadero desafío. Como nos relata Redondo, «del rescate, acogida, primeros auxilios y traslado al CAT, donde no están más de 48 horas, se encarga el estado a través de Cruz Roja». Eso significa que la Iglesia como institución, directamente no puede intervenir en esta primera acogida.
No como institución pero sí como presencia concreta. Cuando Darwin, uno de los tres párrocos de la isla de El Hierro -la más pequeña del archipiélago- y responsable de Cáritas, entendió que Cruz Roja organizaba muy bien la primera acogida, decidió hacerse voluntario para trabajar directamente con ellos. El entonces obispo de Tenerife, don Bernardo, les había pedido que aunque Cáritas no pudiera colaborar directamente, buscaran la forma de «dar la cara». Los tres sacerdotes dieron un paso al frente para apuntarse como voluntarios de Cruz Roja o Protección Civil. Meses después han decidido reorganizarse para atender también mejor la actividad pastoral de la isla.
El trabajo por hacer es casi inabarcable. Por un lado, en el Centro de Atención Temporal para Extranjeros (CATE), Darwin se ha quedado como voluntario y trabaja codo con codo con la Policía Nacional. Allí ejerce de traductor, durante el proceso de revisión y reubicación de los migrantes, que dura 72 horas. Tras la última tragedia que han vivido en la isla, el pasado mes de mayo, Darwin contaba en ECCLESIA que les ha visto llegar en condiciones verdaderamente lamentables: «vienen con todo tipo de heridas por el roce con las tablas de los cayucos o pateras, infecciones porque para no levantarse hacen sus necesidades encima». Las 72 horas que pasan en el CATE dan para mucha conversación. La mayoría sabe que han llegado a España, «pero vienen engañados por las mafias, piensan que Madrid y Barcelona están aquí mismo».
Por otro lado, en las parroquias también hay mucho que hacer. Allí llevan a cabo junto con los feligreses un servicio de acogida a los inmigrantes cristianos que entran a preguntar, y también una labor importante de sensibilización con una población, que aunque muy acogedora, se ha visto desbordada ante la cantidad de llegadas y toda la información sobre unos migrantes que «en realidad no ven, porque se los llevan directamente desde los módulos del puerto hacia las carpas de triaje y posteriormente al CATE». En estos últimos años esas parroquias han sido testigos de verdaderos milagros. En 2023, un chico de Guinea Bissau, menor de edad, entraba en la parroquia de Valverde porque era cristiano y estaba preparándose para recibir el Bautismo en su país, ahora en España quería continuar ese camino. Gabriel Hernández, que ha sido párroco allí hasta hace pocos meses, contó en un testimonio para la revista Migraciones 2024 que «fui testigo un día de una conversión de una mujer que, al ver a una religiosa, se echó a llorar diciendo que a partir de ese momento rezaría a Jesús». Un tiempo después, apareció otro chico de Senegal que también quería bautizarse. Estos dos mundos no están separados. En las parroquias se reza y se habla de lo que sucede en el CATE y los voluntarios del CATE, en muchos casos son catequistas o habituales de las misas. «Son un gran ejemplo para nosotros» reconoce Darwin.
La comunidad cristiana de El Hierro responden en primera línea sabiendo que no están solos. Escribía el padre Gabriel que «no solo tenemos el apoyo mutuo entre los sacerdotes de la isla y del vicario, sino de la diócesis -pertenecen a la de Tenerife- y de la Iglesia en España». Un apoyo muy concreto como es la relación con un sacerdote de Tenerife, Pepe, que dirige un centro de acogida para los inmigrantes que cumplen la mayoría de edad. A los menores cristianos que se acercan a la parroquia a preguntar, que son muy pocos, y a otros musulmanes con los que por una u otra causa se establece una relación, Darwin se los manda directamente Pepe. Los menores son los únicos que permanecen en la isla más allá de las primeras horas de triaje, curas y pruebas. Cuando cumplen los 18 los mandan a Tenerife y de allí serán repartidos por toda la península. Pero Darwin sabe que aunque no les volverá a ver, con Pepe están en las mejores manos.








