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Sára Salkaházi: recorrer el camino

Es la historia de alguien que vivió muchas vidas —y se entregó de verdad a cada una de ellas— hasta que todas confluyen en un mismo gesto

A veces hay historias que solo logramos comprender del todo desde el final. No porque el desenlace las explique, sino más bien porque todo lo ocurrido adquiere de pronto un sentido que parecía inexistente en un principio. Historias que se nos presentan dispersas hasta que se revelan como un camino orientado hacia el mismo punto. 

En 1899, en Kassa —hoy Kosiše (Eslovaquia)—, nace Sára Salkaházi, en el corazón de una Europa que no podía aún imaginarse lo que le esperaba. Sára fue religiosa, sí, pero antes de ello fue otras muchas cosas: periodista, encuadernadora, vendedora de sombreros. Se comprometió en matrimonio y deshizo el compromiso al poco tiempo, tanteó el ateísmo, y editó el periódico oficial del Partido Socialista Cristiano de Checoslovaquia. Durante años vivió indiferentemente ante Dios y dejó de buscarlo. 

Su regreso a la fe fue, por tanto, un camino interior largo y angosto. En 1929 llama a la puerta de las Hermanas del Servicio Social —congregación fundada por Margit Slachta con una vocación explícitamente apostólica y social—, y lo hace convencida de que por fin ha encontrado su lugar. Pronuncia sus votos definitivos en 1940, tras 11 años de formación y entrega progresiva, así como de momentos de desconfianza y silencio de Dios. Dentro de la congregación, Sára no abandona su vocación por la palabra ni su sensibilidad social. Escribe, organiza, y trabaja con mujeres obreras. Su fe no se convierte en una retirada del mundo, sino en una forma nueva de habitarlo. Cuando la Segunda Guerra Mundial convierte Budapest en un lugar de persecución y muerte, las Hermanas comienzan a esconder judíos en sus casas. 

El 27 de diciembre de 1944, las tropas nazis descubren uno de esos refugios. Sára, la hermana Karola Újvári y varias de las personas que escondían son conducidas a orillas del Danubio. Sára pide morir la primera. Es fusilada y arrojada al río. Tiene 45 años.

Fue beatificada en 2006, durante el pontificado de Benedicto XVI, después de que se reconociera su martirio. Fue declarada, además, Justa entre las Naciones por Yad Vashem. La suya no es la historia de una mujer que siempre supo lo que hacía. Es la historia de alguien que vivió muchas vidas —y se entregó de verdad a cada una de ellas— hasta que todas confluyen en un mismo gesto. Eso es lo que la hace cercana, y lo que hace posible que su ejemplo diga algo hoy: la santidad no empieza donde termina el desorden, sino en medio de él.  

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