Ricardo Calleja Rovira es profesor de Ética en el IESE y coordinador del libro Ubi Sunt? (Ediciones Cristiandad)
En los últimos años, España ha sido escenario de un intenso debate sobre la presencia y el papel de los intelectuales cristianos en la esfera pública. Este diálogo se inició con un artículo de Diego S. Garrocho en El Mundo, donde se sorprendía ante la escasa visibilidad de los pensadores cristianos en los debates contemporáneos en nuestro país.
A esta reflexión se sumó Miguel Ángel Quintana Paz, quien señaló que, si esas voces estaban ausentes, no era por falta de un entramado de instituciones educativas y medios de comunicación de inspiración cristiana: la culpa no es de los demás, es que están escondidos.
La conversación continuó con aportaciones de figuras como José María Torralba, Juan Arana o un servidor. Muchas de las voces que participaron en esta disputa —en terminología típica de la teología clásica— están recogidas en el volumen Ubi Sunt? Intelectuales cristianos: ¿Dónde están? ¿Qué aportan? ¿Cómo intervienen? (Ediciones Cristiandad). El título latino —de resonancias literarias clásicas y barrocas— sugiere un lamento o pérdida: ¿a dónde se fueron?, ¿dónde están metidos? Pero no hay en sus páginas una queja lastimosa o una acusación hacia afuera. Más bien se dejan ver las limitaciones.
Los capítulos se estructuran en cuatro partes, que permiten ver desde el inicio los ángulos diversos de la cuestión, y cómo se relacionan entre sí. La primera parte (¿dónde están los intelectuales cristianos?) reproduce algunos de los artículos originales, con un comentario actualizado por los autores.
La segunda parte (¿de dónde salen?) es un repaso a la capacidad formativa de las instituciones educativas cristianas. Parece claro que estamos ante un cierto fracaso educativo. La pregunta es si se debe a errores pedagógicos o a falta de recursos, o si hay un desinterés por desarrollar vocaciones de presencia pública. En mi opinión, parte del problema está causado por una crisis de la concepción del papel del cristiano en la vida pública. Esto, a pesar de la aceptación oficial por parte de la Iglesia de las reglas de juego de la democracia constitucional. Y no me refiero aquí a la ausencia de una «unidad de acción» que se relaciona mal con el legítimo y lógico pluralismo de opiniones y estrategias que tienen los cristianos en esto y en todo. Me refiero a la falta de unidad sobre lo esencial y a una especie de tendencia a la neutralización de la visión cristiana, para darle una formulación secularizada y racionalizada, supuestamente más accesible a todos.
La tercera parte afronta una cuestión relacionada con esto último, que es la que tiene más enjundia teórica y consecuencias prácticas: ¿qué aportan, de qué deben hablar los intelectuales cristianos? Frente a la noción de intelectuales cristianos se alza la idea de que los cristianos no tienen nada específico que aportar, o que deben hacerlo en un lenguaje neutral, sin referencias religiosas. Debería haber cristianos intelectuales, pero su contribución vendría determinada fundamentalmente por su condición de intelectuales.
En esta tercera parte se traza un marco general que justifica la aportación específica de los cristianos, en torno a la noción de «verdades desveladas por el cristianismo»: aquellas que sin exigir fe no han estado disponibles como fundamento de nuestras comunidades políticas hasta que no han sido divulgadas por el cristianismo, y que necesitan de un testimonio cristiano para seguir vigentes. Los demás capítulos desarrollan algunos de los temas no reductibles a formulaciones racionales: la creación, la mujer, la corporalidad, la misericordia, etc.
Por último, se plantea la cuestión del tono, formas y estrategias que deben seguir los intelectuales cristianos, en la coyuntura actual de polarización. Aquí, los diversos autores abordan la «batalla cultural»: la conveniencia o no de adoptar las estrategias triunfadoras de las ideologías que han cooptado la producción cultural y los marcos morales en los que vivimos actualmente. Los autores discrepan con especial nitidez en este punto: salta a la vista la tensión entre las exigencias de la verdad y de la caridad; entre la adaptación a las reglas de juego del antagonismo político y la caridad cristiana.
El volumen incluye un anexo de Enrique García-Máiquez, que traza un mapa de complicidades entre la cultura contemporánea y el cristianismo. Y un epílogo de Higinio Marín que viene a desvelar el secreto del libro. Ubi sunt? ¿Dónde están? Pues —algunos, al menos— en este libro.







