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Jesús Díaz Sariego: «La vida consagrada sigue teniendo sentido»

En entrevista con ECCLESIA, en el marco de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, el presidente de la CONFER subraya que están viviendo «un momento de renovación importante»

El presidente de la CONFER, Jesús Díaz Sariego, es muy consciente de que el mundo que enfrenta la vida consagrada hoy es muy diferente al de épocas pasadas, aunque, lejos de la añoranza, el dominico ve una nueva oportunidad para servir. Eso sí, tendrá que ser capaz de descubrir nuevos modos de estar. «Esta nueva sociedad nos ofrece un nuevo marco de evangelización. Hemos de ser capaces de conectar con sus desafíos. Esto requiere probablemente otros odres, otras mediaciones y, seguramente, la renovación de las existentes», confiesa a ECCLESIA.

¿Cuál es su visión sobre la situación de la vida consagrada en estos momentos?
—La vida consagrada está viviendo un momento de renovación importante. En la sociedad española hemos estado acostumbrados, especialmente desde el siglo XX para acá, a ser muy numerosos y a tener muchas instituciones. Seguimos muy activos y en misión compartida con los laicos en los ámbitos sociales más importantes: educativos, sanitarios, sociales, culturales, etc.; también seguimos comprometidos, a pesar de nuestra debilidad, en la misión pastoral desde nuestras Iglesias y desde aquellas parroquias que los obispos nos han encomendado. La formación cristiana, en todos los niveles, sigue siendo una prioridad.

Somos portadores de una historia, en el caso de la mayor parte de las congregaciones, centenaria y con un legado humano y espiritual de gran valor para la sociedad en su conjunto. Aún gozamos de una plausibilidad social a la hora de valorar nuestras instituciones y misiones, aunque somos conscientes de que debemos hacer autocrítica y escuchar con humildad las observaciones que nos hacen nuestros contemporáneos.

La situación social y eclesial en nuestro país ha sufrido un cambio radical a lo largo de estas últimas décadas. Pareciera que la sociedad ya no nos necesita, al menos como nos reclamaba antes. Las mediaciones institucionales que hemos construido, avaladas en algunos casos por la propia demanda de la sociedad en su momento, se ven ahora más limitadas e incluso, en algunos casos, menos comprendidas. Esto supone para las consagradas y los consagrados asumir un momento de cambio profundo en nuestro modo de presentarnos ante la sociedad, desde los valores evangélicos que representamos.

Queremos vivir este cambio, el momento presente, como una oportunidad que se nos brinda de renovación profunda. La vida consagrada sigue teniendo sentido. Desde su aportación más profética ha de ser capaz de descubrir sus nuevos modos de estar en el mundo para servirlo mejor. Ya no es el mundo de ayer, es del de hoy. Una sociedad más secularizada, pero con sus búsquedas, sus preguntas y respuestas, sus sensibilidades, sus necesidades, etc. Esta nueva sociedad nos ofrece un nuevo marco de evangelización. Hemos de ser capaces de conectar con sus desafíos. Esto requiere probablemente otros odres, otras mediaciones y, seguramente, la renovación de las existentes.

—¿Cuáles cree que son los principales retos que aborda en estos momentos?
—El primer reto que tenemos es el de asumir con profundidad y confianza los cambios que se nos avecinan, poniendo en ello nuestra mejor sabiduría e inteligencia profética. Las mediaciones para la misión no son estáticas ni de la misma manera para siempre. Como mediaciones que son asumen su propio dinamismo y evolución. Comprender mejor el mundo en el que estamos es un esfuerzo permanente que de forma constante debemos apreciar. Desde esta nueva comprensión del mundo estaremos en mejor disposición para renovar los odres en los que alojamos el vino nuevo que el mundo de hoy necesita.

Son momentos también para trabajar con otros. Hasta ahora, cada congregación, dada su fortaleza interna, no necesitaba de otros para el desarrollo de sus fines. Esta situación ha cambiado. Nos necesitamos en comunión. Quizás sea uno de los impulsos del Espíritu para estos momentos. Esa comunión ha de extenderse más allá de la propia Iglesia. Son momentos para encontrarse con el mundo secular, sumando nuestra sabiduría y mejor tradición al empeño de personas e instituciones seculares también procuran el bien común y se esfuerzan por una mayor armonía y concordia de la sociedad. Son momentos para estar ahí, sin complejos, como adultos en la convicción de nuestros criterios y puntos de vista.

Todo esto supone también una base de apoyo espiritual que tiene, en la actualidad, sus propios refuerzos. Los momentos de cambio que se nos avecinan y su modo de asumirlos y favorecerlos han de responder más al criterio de la fidelidad que al criterio de la necesidad. No hemos de cambiar porque las circunstancias nos lo impongan, aunque también. Hemos de procurar ante todo los cambios por fidelidad al Señor, conforme a los signos de los tiempos. La fidelidad será uno de los criterios espirituales más acordes y necesarios para nuestro tiempo. Estamos en camino y somos peregrinos. Abiertos a la novedad del Espíritu en cada circunstancia histórica desde la fidelidad que profesamos.

Todo lo anterior no tendría mayor significado e importancia sin la virtud de la esperanza. La confianza en Dios, más allá de las dificultades cotidianas de nuestra vida, será una de las virtudes a recuperar con mayor fuerza en estos momentos. En manos del Señor estamos, a él hemos hecho nuestra profesión religiosa y no podemos ser obstáculo para que las mediaciones con las que contamos se conviertan en nuestro mayor lastre que nos impida seguir siendo fieles al Señor en la novedad de cada momento. En cualquier caso, lo importante es que el Evangelio siga predicando y llenando la vida y el corazón de las personas. Se necesitan odres nuevos para alojar ese vino nuevo que está surgiendo en nuestro mundo. El Espíritu, sin duda alguna, así lo sigue suscitando.

¿Qué le pide la Iglesia hoy a los consagrados? ¿Cuál debe ser su papel?
—La Iglesia sigue valorando la presencia de los consagrados y consagradas en su seno. Nos sigue pidiendo determinación para la misión. Los diversos carismas religiosos han sido y siguen siendo una fuerza importante, desde las distintas familias carismáticas, en el dinamismo de la misión eclesial. El aspecto misionero —España también es un país de misión— puede decaer sin el entusiasmo de personas e instituciones que lo estimulen y refuercen. El rasgo más profético de la vida consagrada está llamado a revitalizarse, porque sigue siendo muy necesario en nuestro tiempo.

La vida consagrada, además, aporta el valor de haberse preocupado en su trayectoria histórica en la búsqueda de la sabiduría. Las órdenes religiosas más antiguas desarrollaron toda una actividad intelectual remarcable a la hora de entrar en diálogo con el pensamiento de cada época. Las congregaciones con menos recorrido histórico también son portadoras de la sabiduría que les proporciona la fuerza de su carisma. Hemos de estar también allí donde se piensa; donde se fraguan las ideas y se marcan las tendencias; donde se reflexiona sobre los valores y contravalores del mundo. La vida consagrada, en su historia centenaria, ha tenido y quiere seguir teniendo el sello de su sabiduría en la creación de pensamiento, porque la experiencia de fe en Jesucristo ofrece un sentido a la existencia, virtudes y valores evangélicos importantes que ofrecer, además del constante reclamo por la dignidad de toda persona y la necesaria protección de los derechos humanos.

Los consagrados estamos llamados también a ser puentes de diálogo y de encuentro entre los diferentes. Queremos ser hombres y mujeres de paz y de reconciliación. No podemos olvidar la importancia que esto tiene, especialmente en el mundo tan polarizado en el que ya nos encontramos. Nuestra inteligencia y corazón quiere estar al servicio de la concordia, del encuentro. Los diversos carismas nos enseñan a aproximarnos a las diferencias; al menos a hacerlo de forma reconciliada. No se trata de ser ni de pensar todos de la misma manera. Se trata de saber convivir con los que son y piensan diferentes, buscando entre todos el bien común. Las comunidades de vida consagrada han de ser ellas mismas signo de que esto es posible. Hemos de reforzar este papel y esta espiritualidad. Es un signo claro, necesario, para nuestro tiempo. Ahí tiene sentido más que nunca la vida consagrada.

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