Durante su homilía, afirmó contundentemente que la Iglesia «no puede permitirse ser una Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma, preocupada solo por sus necesidades y problemas»
Monseñor José Antonio Satué Huerto tomó posesión de su ministerio episcopal en la diócesis de Málaga y Melilla en el día de ayer, durante una solemne Eucaristía celebrada en la catedral. Obispos, sacerdotes, miembros y representantes de la vida consagrada, laicado, seminaristas, autoridades y representantes de otras confesiones religiosas, acompañaron al pastor, quien compartió sus primeras palabras como obispo, centradas en tres pilares fundamentales para su episcopado: humildad, coherencia y misión.
En su homilía, monseñor Satué comenzó, como no podía ser de otra forma, agradeciendo a Dios el haberle guiado por senderos inesperados, desde Sesa, su pueblo natal, hasta llegar a esta «tierra bendita», pasando por Zaragoza, Huesca, Roma, el Vaticano y la Diócesis de Teruel y Albarracín. Expresó asimismo su gratitud por la confianza depositada por el Santo Padre León al encomendarle el cuidado pastoral de la Iglesia en Málaga y Melilla, así como por la «fraternal acogida» de monseñor Jesús Catalá y de toda la comunidad.
La primera de las llamadas que Satué sintió en su corazón fue a la humildad, inspirándose en las palabras de san Pablo a Timoteo: «Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero». De este modo, el obispo se presentó ante los fieles de Málaga y Melilla como «un hombre nacido en una familia humilde, grande de estatura, pero pequeño por mis limitaciones y pecados», un creyente agradecido por la misericordia divina.
A continuación, subrayó que la humildad es «inexcusable para cada creyente y también en nuestra experiencia de Iglesia», afirmando que solo una Iglesia que «renuncia al triunfalismo y deja de mirarse a sí misma», para centrarse en Dios y en el alivio del sufrimiento de los más vulnerables, puede ser «madre que engendra nuevos cristianos y maestra que contagia el deseo de vivir con alegría el Evangelio». Monseñor Satué elevó así su oración a la Virgen de la Victoria, para que la Iglesia diocesana de Málaga «respire humildad» en sus celebraciones, en la caridad, en el anuncio profético y en el reconocimiento de los errores. Y destacó el ejemplo de san Manuel González, quien encarnó la humildad cultivada en su cercanía a los pobres y su amor a la Eucaristía.
La segunda llamada que compartió monseñor Satué fue a la coherencia, subrayando que esta no se contradice con la humildad y la determinación. Citando el Evangelio, recordó: «Quien escucha mis palabras y las pone en práctica se parece a uno que edificó su casa sobre roca». El obispo invitó a crecer en coherencia, señalando que «no basta con tener en nuestros labios el nombre de Dios», sino que es necesario abrirle el corazón y permitirle transformar nuestra vida y relaciones.
Asimismo, hizo hincapié en la necesidad de vivir la sinodalidad, creando «espacios reales de escucha mutua, de entendimiento y colaboración», alejándose de la crispación y la polarización. E instó a «dar pasos firmes que transformen nuestro estilo de vida» en relación con la solidaridad y el cuidado de la creación, ya que «muchas personas —e incluso pueblos enteros— no pueden esperar más». Monseñor Satué aseguró que «no hay nada más elocuente que un cristiano que vive con sencillez, con alegría y con verdad lo que predica», y puso como ejemplo de coherencia al cardenal Ángel Herrera Oria, quien no separó la fe de la vida pública ni la doctrina social de la acción concreta. También mencionó a figuras como la beata madre Petra de San José y el siervo de Dios José Gálvez Ginachero.
Finalmente, la tercera llamada, que da sentido a las anteriores, es la misión. Inspirado en el profeta Isaías, recordó: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar corazones rotos, a liberar a los cautivos…». Monseñor Satué fue contundente al afirmar que la Iglesia «no puede permitirse ser una Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma, preocupada solo por sus necesidades y problemas», y resaltó que la vocación no es «conservar espacios, sino promover procesos de liberación, de justicia y santidad, especialmente entre las personas marginadas en las afueras de la sociedad y de la Iglesia».
Citando a san Juan Crisóstomo en su celebración, el obispo subrayó la importancia de la opción preferencial por los que sufren: «¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo contemples desnudo en los pobres». Satué evocó la figura del obispo José Molina Lario, quien en 1775 también pasó de Albarracín a Málaga, dejando «una huella profunda entre los más humildes» al cuidar la vida cristiana y promover el desarrollo económico y cultural. Con palabras del papa Francisco, monseñor Satué expresó su preferencia por «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades».
Finalmente, el obispo hizo un llamamiento a «vendar corazones rotos y a anunciar el Evangelio» en una tierra próspera como Málaga, donde también existen «heridas: soledad, pobreza, adicciones, violencia, inmigrantes explotados, jóvenes sin rumbo, familias rotas». Invitó a parroquias, hermandades y cofradías a ponerse en camino «con los corazones fervientes, los ojos abiertos, los pies en camino».








