La ponencia final invita a los fieles a ser «embajadores de este compromiso» y a transmitir el fuego del amor de Dios, recordando que «la Iglesia misionera es una Iglesia vocacional»
La ponencia final del Congreso Nacional de Vocaciones, enunciada este domingo en el Madrid Arena de Madrid, ha sido elaborada por Alfonso Salgado, María Ruiz, Raúl Tinajero, Luis Manuel Suárez, cfm, Juan Carlos Mateos, José María Calderón y monseñor Jesús Pulido bajo el título «Un pueblo de Dios vocacional. De los sueños a los retos». Durante la lectura de las conclusiones del gran evento del año —más allá del Jubileo— para la Iglesia católica en España, el equipo de trabajo ha reflexionado sobre la experiencia vivida en una reunión de llamados de semejante magnitud, destacando la importancia de la vocación en la vida de la Iglesia.
Así, han comenzado su exposición recordando que «el pueblo santo de Dios es un pueblo vocacional y es un pueblo de soñadores», al que «Dios habla de un modo u otro» y que la vocación no es sino una llamada que se manifiesta en diversas formas a lo largo de la historia, desde los sueños de los jóvenes hasta las visiones de los ancianos (Job 33, 14-16; Hch 2, 17).
El equipo de trabajo de la ponencia final ha calificado a este Congreso como «una fiesta del Espíritu», donde se reafirma que «toda vocación cristiana, asumida y entregada, es un mensaje de alegría para la Iglesia y para el mundo». Y han recordado el siempre permanente lema del encuentro, «¿Para quién soy?», que seguirá, más allá de la clausura, invitando a reflexionar sobre el sentido del servicio hacia los demás, en línea con las enseñanzas del Papa Francisco: «Soy una misión en esta tierra, y por eso estoy en este mundo» (EG 273).
En su ponencia de conclusiones, los autores destacan que la misión y la vocación están intrínsecamente unidas, pues «una Iglesia misionera es una Iglesia vocacional y que una iglesia vocacional es una Iglesia misionera». Han enfatizado asimismo que la misión es el corazón de la identidad cristiana, en línea con lo expresado por el Papa: «No tengo una misión, sino que soy una misión». Desde esta óptica, la vocación se entiende como una llamada a participar en la obra creadora de Dios, y los carismas y ministerios son vistos como «dones para renovar y edificar la Iglesia».
Como no podía ser de otra forma, la reflexión final subraya que «somos un pueblo vocacional» por gracia, y que, en orden a esto, «toda vocación nace en Dios, en un contexto, para el mundo». La vocación, por tanto, no es solo una elección personal, sino un don que se debe acoger y vivir con gratitud: «La vocación de María de Nazaret lo expresa con claridad: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”», siendo el encuentro con Cristo una parte fundamental de este proceso, ya que «toda vocación cristiana brota de la amistad con Jesús».
Así las cosas, el equipo de trabajo también ha abordado la citada necesidad de fomentar una cultura vocacional dentro la Iglesia, donde cada miembro, ya sea laico, sacerdote o consagrado, contribuya al bien común. Se hace, de esta manera, un llamamiento a «vivir gozosamente la propia vocación», sea cual sea, y a «fomentar una cultura vocacional» que valore y apoye todas las formas de vida cristiana que pueda elegir una persona dentro de su comunidad.
Finalmente, se ha insistido fehacientemente en la urgencia de promover la vocación y la misión en la Iglesia, proclamando que «la vida cristiana es un don que se concreta en la respuesta que personalmente damos a una llamada». Todo ello antes de concluir con una invitación a ser «embajadores de este compromiso» y a transmitir el fuego del amor de Dios, recordando que «la Iglesia misionera es una Iglesia vocacional».
Y han terminado con unas palabras especialmente directas del Señor: «He venido a traer fuego a la tierra; ¡y cómo quisiera que ya estuviera encendido!».








