El director del Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española, José Luis Méndez Jiménez, explica qué hacen capellanes y voluntarios y cuáles son los nuevos retos, de la salud mental al suicidio y las adicciones
La pastoral de la salud cumple cincuenta años en España. El Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española lo ha celebrado en las L Jornadas Nacionales de Delegados de Pastoral de la Salud, que se han desarrollado en Madrid del 22 al 24 de septiembre bajo el lema «Id y curad. Cincuenta años cumpliendo el mandato del Señor». El encuentro repasó la historia de este medio siglo, presentó la Campaña 2027 y los resultados de una encuesta para una pastoral de la salud renovada, y se cerró con una eucaristía en la catedral de la Almudena y un homenaje a los directores y obispos responsables de esta pastoral durante estos años.
Con este motivo, ECCLESIA ha hablado con su director, José Luis Méndez Jiménez, sobre la labor que realizan capellanes y voluntarios, los lugares a los que llegan y los retos que tienen por delante.
— Para quien no la conozca, ¿qué es la pastoral de la salud?
— La pastoral de la salud no es otra cosa que continuar la obra misma de Cristo. Con palabras del Papa Francisco, Jesús se presenta como uno que lucha contra la enfermedad y que ha venido para curar al hombre de todo mal, el mal del espíritu y el mal del cuerpo. Por lo tanto, esta es la tarea que nos encomienda a quienes nos dedicamos a la pastoral de la salud. Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías —son palabras del Papa Francisco—, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos. Esta es la tarea. A esto es a lo que queremos dedicar nuestra vida quienes trabajamos en el ámbito de la pastoral de la salud.
— ¿Quiénes la hacen posible?
— Esta labor la hacen posible laicos, consagradas y consagrados, sacerdotes, religiosos y un enorme número de voluntarios que, tanto en los hospitales como en los hogares de los enfermos, acuden a hacer esta misma labor de ayudar, consolar, aliviar, estar cerca.
Es verdad que en los hospitales la labor de acompañamiento puede ser distinta a lo que sucede en los hogares, donde es algo más continuado. Pero, con modos distintos, la misión que tenemos encomendada unos y otros en todos esos ámbitos es la misma. Y no es solo la preocupación y el cuidado de los enfermos, sino de todos aquellos que sufren como consecuencia de la enfermedad, familiares, cuidadores, sanitarios.
— ¿Cómo es el día a día de un capellán de hospital? ¿Qué le piden los enfermos?
— La labor habitual de los capellanes y voluntarios en los hospitales pasa en primer lugar por salir al encuentro de todos aquellos enfermos, familiares o cuidadores que han pedido la presencia del servicio de asistencia religiosa católica, para ver cómo están y qué necesitan. A veces se pide directamente una acción sacramental, la confesión, la unción de los enfermos, llevar la comunión. Otras veces es desahogar el corazón con los temores, con las penas, con las tristezas. Y eso se hace yendo de un sitio para otro en el hospital.
Como esta labor es ingente, los capellanes tienen habitualmente la ayuda insustituible de muchos voluntarios, que ayudan a hacer este recorrido y este acompañamiento más inmediato de saber, de escuchar y de que se desahoguen aquellas personas que padecen como consecuencia de la enfermedad.
— Además de los hospitales, ¿a qué otros lugares llega?
— En los hospitales no están la mayoría de los enfermos. La mayor parte de los enfermos están en los hogares, teniendo en cuenta además que los días de estancia en los hospitales de agudos son cada vez menos. Estamos hablando de uno o dos días. A uno le pueden operar el lunes y el miércoles estar ya en su casa. Por eso, para nosotros es fundamental la labor de seguimiento, de acompañar en las parroquias, y poder poner en contacto a la parroquia con esos enfermos que han pasado por el hospital, para que ellos puedan hacer una continuación de esa ayuda y de ese seguimiento.
También, por supuesto, en las residencias de mayores hay todo un ejército de voluntarios que van sobre todo a estar con ellos y a escuchar. Hay mucha soledad no deseada, incluso dentro de una residencia. Pueden estar mirando la televisión, cabeza abajo y solos, sin que nadie les diga y, sobre todo, sin nadie a quien poder decir. Por eso, el hogar y las residencias de mayores son también lugares muy importantes para nosotros.
— El lema del aniversario es «Id y curad». ¿Qué significa «curar» para la Iglesia, si no es tarea de médicos?
— Es verdad, no somos médicos. Los profesionales sanitarios, médicos, enfermeras, auxiliares, tienen una ocupación y un modo de realizar su trabajo. Cuidan curando físicamente, con tratamientos médicos o quirúrgicos. En cambio, para nosotros, desde la pastoral, curar es esto que nos decía el Papa Francisco, consolar, aliviar, estar cerca.
Yo puedo tener una apendicitis, y me la tendrá que operar un cirujano con un equipo. Su labor será quitarme esa infección, que supere esa crisis. Pero, además de tener una apendicitis, yo puedo estar preocupado, con temores, pensando en las secuelas, en lo que me podría pasar. Ese es un campo en el que el cirujano también puede decir una palabra, pero es más para la atención de orden interior, espiritual, para poder ayudar a encontrar un sentido en la enfermedad, en el sufrimiento. Desde ese ámbito es desde donde en la pastoral de la salud entendemos el curar.
— ¿Qué retos tienen por delante?
— Hoy tenemos retos nuevos que aparecen con una urgencia grande en nuestra sociedad. Por un lado, todo lo que tiene que ver con las cuestiones de salud mental. Cada vez es más alta la incidencia de personas con grave sufrimiento mental, depresiones, tristezas, angustias y otras enfermedades más complejas, que suponen un sufrimiento muy singular para el enfermo y para las personas que están cerca de él, sus familias, sus cuidadores. Eso requiere que tengamos que aprender a acompañar esas situaciones.
Otra novedad que nos encontramos, también con un gran sentido de urgencia, es todo lo que tiene que ver con el ámbito del suicidio, con edades cada vez más tempranas. ¿Cómo saber descubrir antes, en el trato con las personas, signos que nos permitan ver que ahí hay una seria preocupación con este tema? Para poder ayudar, para que no se encuentren solos y tratar de buscar soluciones distintas a quitarse la vida.
Otro ámbito en el que también tenemos que ir aprendiendo formas nuevas, porque es todo un reto, es el de las adicciones. La adicción a la pornografía, en edades cada vez más tempranas, supone educar en una sexualidad profundamente vinculada con la violencia, profundamente desestructurada de la persona y de las relaciones personales. Y, sobre todo, constituye una adicción tremendamente fuerte. Ese es otro campo en el que nos estamos preparando con personas que nos puedan ayudar a hacer después un acompañamiento a estas personas.
Y hay otras muchas situaciones que nos han ido enseñando, como la pandemia. Parece que hace mucho tiempo, pero no hace tanto. En 2020 y 2021 teníamos que aprender a estar cerca, a veces manteniendo las distancias. Yo recuerdo muchas conversaciones telefónicas, echar tardes enteras hablando con enfermos y con cuidadores, porque no podíamos estar físicamente presentes. Tendremos que aprender también a utilizar esos medios para hacer frente a esas situaciones.
— ¿Qué le diría a alguien con un hijo, un marido o un hermano ingresado que no sabe que puede pedir esta compañía?
— En los hospitales públicos de toda España hay capellanes, y el cauce más rápido muchas veces es ir al control de enfermería correspondiente y pedir la presencia del capellán. En todos los sitios tienen un teléfono móvil, el busca, y con eso se pueden poner en contacto con el enfermo, con la familia, y hacer esa atención que se solicita.






