Referente histórico de la oposición al régimen chavista, sostiene que «la lucha por la democracia no es solo política, sino espiritual»
Julio Borges (Caracas, 1969) es uno de los referentes históricos de la oposición democrática en Venezuela. Fundador del partido Primero Justicia y presidente de la Asamblea Nacional en 2017-2018, es doctor en Filosofía. Tras años de persecución, amenazas y órdenes de arresto por parte del régimen chavista, abandonó su país y hoy continúa su labor desde España, donde trabaja como docente en la Universidad Internacional Europea, así como colaborador del CEU-CEFAS, mientras ejerce como abogado y activista en el exilio. Participó en la última edición del Congreso Católicos y Vida Pública.
—¿Cómo está ahora mismo la situación en Venezuela y qué papel juega la Iglesia local?
—Venezuela sigue viviendo una crisis total, existencial. En lo político, padecemos un régimen autoritario que roba las elecciones y persigue a la disidencia con total violencia. No hay Estado de derecho ni separación real de poderes. En lo social, la pobreza masiva, la migración forzada y el colapso de servicios básicos han fragmentado a las familias y generado una cultura del sálvese quien pueda. En medio de esta situación, la Iglesia venezolana está siendo una de las pocas voces que se mantienen firmes: acompaña al pueblo, denuncia la injusticia y se queda al lado de quienes no pueden irse. Es un signo de resistencia moral y de esperanza serena en medio del caos, aunque la dictadura está buscando permanentemente dividirla en todas las formas posibles, tratando de sonsacar a miembros de la Iglesia. Hay muchos casos dignos y heroicos. Figuras como los cardenales Porras y Padrón han denunciado siempre desde el Evangelio el deterioro moral del poder, la corrupción, la represión. Nos recuerdan que la lucha por la democracia no es solo política, sino espiritual: se trata de defender la dignidad de cada persona, buscar la verdad y trabajar por la reconciliación con justicia.
—¿Ha aumentado el riesgo para los líderes de la Iglesia?
—Sí. Cuando el poder está inseguro, se vuelve también más hostil a cualquier voz moral independiente. Lo preocupante es que se busca criminalizar la caridad: atender a los más pobres, acompañar a las víctimas o denunciar una injusticia se presenta como un acto político partidista. Esto revela el miedo del régimen a la verdad, lo cual es el mismo guion de Nicaragua. Sin embargo, la valentía serena de muchos pastores es impresionante. La Iglesia cumple un rol insustituible en Venezuela. En materia de derechos humanos, es la primera en escuchar a las víctimas, documentar abusos, acompañar a presos políticos, abrir espacios de diálogo. La autoridad moral permite poner nombre a la injusticia sin odiar a las personas. En el acompañamiento, su red funciona como un pulmón humanitario. La Iglesia no sustituye al Estado, suple sus omisiones y lo interpela.
—¿Qué es lo que más le preocupa hoy? ¿Dónde pone la esperanza?
—Lo que más me preocupa es la normalización del mal, que la gente se acostumbre a vivir sin derechos, sin verdad y sin instituciones. Me angustia que se desintegre el tejido moral de la nación. Al mismo tiempo, la mayor esperanza que conservamos es que, a pesar de todo, Venezuela no se ha roto por dentro. Esto se debe a la generosidad cotidiana de las familias, la solidaridad silenciosa, los miles de laicos, sacerdotes y religiosas que sirven sin cámaras… Son un milagro. Me sostiene la lucidez de muchos jóvenes que sueñan con una Venezuela libre. La historia enseña que cuando un pueblo no renuncia a la verdad, la noche nunca es definitiva.
—¿De qué manera están influyendo en el ánimo del pueblo los primeros santos canonizados de Venezuela y el Nobel a María Corina Machado?
—Son noticias muy positivas, con un gran valor simbólico. Nos recuerdan que la santidad y la paz también tienen acento venezolano. En el caso de los santos, se convierten en un signo de unidad, pues no pertenecen a un partido, región o ideología; sino a todo el pueblo. Son un espejo de lo mejor que somos y una llamada a no resignarnos a la corrupción, al odio o a la violencia. Sus figuras ayudan a recomponer el tejido espiritual. La fe popular en medio del sufrimiento deviene confianza más purificada.
—Usted ha pedido para Venezuela un «renacer espiritual». ¿A qué se refiere?
—«Un renacer espiritual» no es un eslogan piadoso; es una transformación profunda del corazón de un pueblo. Significa pasar de la cultura del miedo, del resentimiento y del sálvese quien pueda a una cultura de verdad, responsabilidad y servicio. Implica pedir perdón y perdonar, reconstruir la confianza, volver a poner la dignidad humana en el centro. El renacer espiritual es la condición para que la reconstrucción material no repita los mismos errores de la historia.
—Habla del perdón: ¿cómo lograr una justicia que sane?
—No creo que pueda haber reconciliación verdadera sin justicia. Una paz construida sobre el olvido forzado es una paz falsa, que tarde o temprano vuelve a explotar. La justicia que necesitamos no es solo punitiva, es una justicia que sane. Esto implica reconocer la verdad, escuchar a las víctimas, reparar en lo posible el daño y garantizar que los abusos no se repitan. El centro deben ser siempre las víctimas, no la comodidad de los poderosos. Reconciliarse no es decir «no pasó nada», sino atreverse a mirar lo que pasó a la luz de la verdad.
—¿Qué condiciones mínimas se requieren para una transición democrática real?
—Una transición democrática real requiere, al menos, cuatro condiciones básicas: salida de Maduro y su grupo para lograr elecciones libres y verificables; liberación de presos políticos y garantías para el retorno seguro de exiliados; restablecimiento del Estado de derecho; y un marco de acuerdos políticos y sociales que proteja a la población más vulnerable y evite venganzas. La condición de fondo es moral: una voluntad real de dejar atrás la lógica de dominación y sustituirla por una lógica de servicio.








