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Guerra en Ucrania: cuatro años de resistencia espiritual


La invasión rusa de Ucrania ha derivado en una guerra de desgaste a 20 bajo cero. La Iglesia mantiene la llama de la fe como esperanza contra toda lógica 

En la martirizada Ucrania, la aurora anuncia algo más que un nuevo día: es la confirmación estadística de una resistencia. Tras cuatro años de invasión rusa a gran escala, la normalidad se ha redefinido bajo el peso de una guerra de desgaste que, si bien ha dejado de ocupar las portadas de la prensa internacional, sigue devorando las infraestructuras, los recursos y la paciencia de todo un pueblo en el corazón de Europa.

El padre Andriy Havlich, misionero oblato que sirve en la parroquia de San Nicolás en Kiev, resume con una lucidez escalofriante la nueva mentalidad nacional: «Aquí bromeamos diciendo que quien sobrevive a la noche recibe como premio ir a trabajar por la mañana». No es humor negro; es un mecanismo de defensa. Uno más, porque, como reconoce la hermana Natalia Melnyk, de las Hermanas de la Sagrada Familia en Hoshiv —al oeste del país—, «la gente está cansada: emocional, psicológica y económicamente». La contienda, que comenzó con el asalto de tanques rusos el fatídico 24 de febrero de 2022, ha mutado hacia una fase de terror atmosférico. La guerra ya no trata solo del frente y las trincheras, sino de una batalla contra el frío, las tinieblas y el agotamiento moral, condiciones que doblegaron en el pasado a enemigos tan poderosos como Napoleón o el Tercer Reich.

En el cuarto aniversario de un conflicto cronificado, Ucrania se encuentra en su propia encrucijada existencial. Mientras la diplomacia internacional se mueve con lentitud por pasillos de Bruselas y Washington, en las gélidas calzadas de Kiev y en los pequeños pueblos que aún se mantienen firmes, la Iglesia católica —minoritaria en estas latitudes, pero vibrante— se ha convertido en uno de los refugios últimos de dignidad para una población que se niega a ser reducida a la categoría de víctima.

La guerra de los vatios

El invierno de 2026 está siendo implacable. La estrategia rusa, refinada tras años de ensayo y error, parece haberse centrado definitivamente en la demolición de la red energética. El día a día, de esta manera, se ha convertido en una gestión de la supervivencia térmica. «Últimamente, esto es cada vez menos llevadero», admite el padre Havlich en entrevista con ECCLESIA, durante la que describe una cotidianeidad marcada por «los bombardeos, los apagones, el frío y el miedo».

Para entender la magnitud del sufrimiento entre la población, hay que escuchar a Teodor Matsapula, obispo de la Eparquía Greco-Católica de Mukachevo, jurisdicción católica de rito bizantino ruteno en Ucrania. Su diócesis, aunque alejada geográficamente de los combates cuerpo a cuerpo —el óblast de Transcarpatia, en el suroeste del país, tiene frontera con Polonia, Hungría, Rumanía y Eslovaquia—, es uno de los epicentros del dolor. «Hoy, la guerra no se escucha solo en las explosiones, sino en el silencio de los hogares en apagón, en el rigor térmico que se filtra por los muros, en la impotencia de una madre que no puede calentar a su hijo», relata a ECCLESIA.

Con temperaturas exteriores que fluctúan entre los 10 y los 20 grados bajo cero, la falta de electricidad significa ausencia de calefacción y agua caliente. Matsapula —quien se convirtió hace dos años, a los 42, en el primer obispo del Instituto del Verbo Encarnado y el sexto más joven de toda la Iglesia universal— es tajante al calificar esta táctica: «Esta es una guerra contra la dignidad humana».

Sorprende, así las cosas, la serenidad con que detallan esta degradación de lo cotidiano las religiosas de Santo Domingo en Kiev. Para las hermanas Antonia Estrada Vázquez, María Jesús Cerro González y María Mayo Justel, la vida en la capital se ha convertido en una «resistencia creativa, tratando de paliar con colaboración y esperanza los destrozos y el dolor de unos ataques que son ahora casi continuos». En su centro Dim Ditey —«Casa de los niños»—, lo que comenzaron como un proyecto de «educación integral y primera evangelización» se ha convertido en una fortaleza contra la más pura intemperie. «En general, seguimos trabajando, a pesar de los bombardeos, el frío y la oscuridad», explican a ECCLESIA, detallando cómo han tenido que adaptar su misión a esa macabra liturgia de las horas que marcan las sirenas: «Si hay alerta a la hora de venir al centro, los niños se quedan en casa hasta que termine y si ya están aquí, bajamos al refugio que hemos habilitado en el sótano de la casa».

Como no podía ser de otra manera, la respuesta de la Iglesia ante semejante escenario de privación extrema ha sido material, aparte del incalculable soporte espiritual. El cardenal Konrad Krajewski, limosnero del Papa, ha hecho sucesivos llamamientos a la caridad para combatir lo que denomina la «globalización de la impotencia», enviando generadores y ropa térmica para este invierno implacable. 

A pesar de que su día a día en la misión es ahora mismo «imprevisible» y de que se ven obligadas a cocinar para los niños y sus familias con estufas, las dominicas sostienen que su tarea es «proteger la vida alimentándola, y sosteniendo los valores humanos y evangélicos». Ser el rostro de Cristo junto al que sufre. Para ellas, la Iglesia ha devenido «mucho más visible» en este tiempo de guerra, y actúa como un «oasis de paz, acogida, ayuda y protección». Aunque admiten el temor a que el conflicto quede silenciado por el «negocio de las armas», su convicción permanece intacta: «Kiev resistirá sin duda —afirman—, porque sabe que después de cada invierno llega la primavera». Su esperanza es firme: «Solo la vida tiene la última palabra».

Agotados de la guerra

Cerca de esta comunidad de religiosas dominicas, en la parroquia de San Nicolás en Kiev, una joya arquitectónica que ha resistido incendios y décadas de comunismo, el padre Pavlo Vyshkovskyi también lucha contra elementos que parecen rescatados de una época muy antigua y que, sin embargo, resultan familiares a lo largo de todas las entrevistas: «Observo a muchas personas agotadas por la guerra, enfrentándose no solo a temperaturas de 20 grados bajo cero, sino a la falta constante de luz, calefacción y agua». Su propio templo luce las cicatrices del conflicto, pues «el 20 de diciembre de 2024, un ataque con misiles dañó gravemente la fachada, los vitrales y el techo», y, sin embargo, permanece abierto todo el día para acoger al doliente. 

Sanar las heridas

En una ciudad donde los servicios básicos están colapsados, el espacio sagrado de la Iglesia ofrece algo que la red eléctrica no puede dar: un refugio donde el miedo se comparte y se diluye, y las heridas sanan. Es, en palabras del padre Miguel Márquez Calle, general de los Carmelitas, «un pequeño arca de Noé, un recinto de salvación». Allí, entre jóvenes soldados que piden la bendición antes de ir al frente y familias que han perdido sus casas, se aprecia «una sensación fortísima de comunión y complicidad». El mal de la guerra, con su nihilismo pegajoso, ha encontrado su resistencia más recalcitrante en la religiosidad del pueblo ucraniano. Lejos de adornos culturales, la fe se muestra en los templos de Kiev y Mariúpol en su hueso más esencial, como esperanza contra toda lógica. No es el fervor de las catedrales en paz, sino la fe de las catacumbas, de las capillas heladas donde a duras penas se puede mantener la llama de la vela encendida, como metáfora de toda una nación. 

Si la muerte se enseñorea en el frente de batalla, la retaguardia se ha transformado en un inmenso hospital de campaña al modo y manera en que lo reivindicaba el difunto papa Francisco: un lugar para la sanación física y espiritual. Volodymyr Vijtyshyn, arzobispo metropolitano de Ivano-Frankivsk, en el margen occidental del país, es testigo de cómo toda la región se ha ido convirtiendo en destino de un éxodo interno de proporciones bíblicas: «Aquí, en el oeste de Ucrania, la Iglesia se ha convertido en una piedra angular de apoyo para quienes llegan de zonas afectadas por el conflicto», asegura.


La hermana Bernadeta Dvernytska cura la rodilla de una niña en el monasterio de San Basilio el Grande en Zaporiyia. / Reuters

Un Estado desbordado

La misión eclesial, de este modo, ha trascendido lo humano para abrazar lo humanitario y ha completado lo litúrgico con la más prosaica logística, intentando compensar las carencias de un Estado absolutamente desbordado. Desde la Clínica San Lucas, la archidiócesis de Vijtyshyn ofrece cirugías gratuitas a víctimas de guerra, y ha reconvertido antiguos edificios episcopales en guarderías de emergencia. «La Iglesia no puede reemplazar al Estado, pero sí actúa como una voz de conciencia, esperanza y compasión», explica el arzobispo. «A menudo, lo que más necesitan las personas no son palabras, sino presencia: alguien que escuche, que se quede y no se aleje», revela la hermana Melnyk.

Toda ayuda es poca en este combate espiritual donde el desgaste es palpable. Monseñor Vijtyshyn describe una «fuerza silenciosa» en la gente, pero también «existe un agotamiento profundo». Es la fatiga del mal que no acaba. La guerra se ha filtrado en la cotidianeidad de una manera perversa, pues en cada rutina «la guerra siempre está presente, a través de las alarmas, la incertidumbre y la preocupación por quienes están en el frente».

El padre Andriy Havlich describe, desde su despacho en la televisión católica y Radio María, una misión que mezcla la burocracia con la urgencia vital. Ya sea en su trabajo de oficina como en la pastoral con los jóvenes o cuando celebra Misa —los sábados— para los hispanohablantes que quedan en Kiev, sus trabajos se ven a menudo interrumpidos por las sirenas que llaman a salvar la vida, y no le es infrecuente disolver las reuniones de comunidad «para que los fieles regresen a sus casas bajo el ruido de los misiles o los ataques de los drones». Tras cuatro años de castigo militar sobre la población, la normalización del peligro es tal que, como señala el padre Márquez Calle, mucha gente ya ni baja a los búnkeres: «Si algo cae, caerá; si algo sucede, sucederá». Durante su visita a Kiev, el general de los Carmelitas describió el paisaje de la guerra no como un escenario de acción, sino de vacío, «un sábado santo perpetuo». «Vemos el horror de la guerra, tanques, camiones, casas, edificios quemados y tiroteados, como vaciados de su alma. Casas y restos de vehículos que huelen a un sábado santo desolado, sin vida, sin aparente resurrección», escribió.

Mientras el pueblo ucraniano ora en sótanos y los generadores zumban en vías envueltas en sombras, sobre el tablero geopolítico se siguen moviendo alfiles y peones con una calma y una frialdad que espantan. El 2026, por el momento, no ha traído el tan ansiado como rezado alto el fuego general. Las treguas son, en el mejor de los casos, locales y de supervivencia estratégica, como el acuerdo limitado alrededor de la central nuclear de Zaporiyia. Las propuestas para un cese de las hostilidades de 30 días impulsadas por la Unión Europea y Estados Unidos han chocado repetidamente contra el muro de la desconfianza y la negativa rusa a aceptar condiciones verificables.

Un ecumenismo erosionado

La guerra, para colmo, también ha erosionado los necesarios puentes ecuménicos, agudizando la fractura entre los Patriarcado de Constantinopla y de Moscú el cual, bajo Kirill, ha llegado a sacralizar la invasión como una «defensa espiritual». En este laberinto de lealtades, el papa Francisco no dudó en distanciarse de su antiguo interlocutor —con quien había llegado a reunirse en La Habana en 2016, el primer encuentro entre un Papa y un patriarca de Moscú en casi mil años—, proclamando que la Iglesia debe usar «el lenguaje de Jesús, no el de la política». Y añadió que Kirill no podía convertirse en el «monaguillo de Putin». Para la Santa Sede, la fe nunca puede ser un combustible para la guerra.

Desde el inicio de la contienda, el Vaticano ha desplegado una estrategia que combina la diplomacia silenciosa con llamamientos públicos y constantes a «silenciar las armas», ofreciéndose como un puente neutral dispuesto a facilitar negociaciones. Más allá de la oración, la Santa Sede ha ejercido una presión moral directa mediante el contacto directo con los líderes mundiales y los encuentros cara a cara —tanto el papa Francisco como León XIV— con el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, priorizando gestiones humanitarias urgentes, como la liberación de prisioneros y la reunificación de niños desplazados.

 Ante este estancamiento sangriento, la religión y la alta política se entrelazaron de manera inesperada el pasado mes de abril, durante el funeral del papa Francisco. La muerte del Pontífice, quien durante años clamó por la «martirizada Ucrania», sirvió de catalizador para un encuentro histórico —y que, de otra manera, se antojaba imposible— junto a la Capilla Sixtina: Trump y Zelensky, hablando de paz y esperanza en una intimidad muy cercana. Aquel encuentro de un cuarto de hora, descrito como «muy productivo» por las partes, evidenció que la Iglesia, incluso en su luto, sigue siendo uno de los pocos espacios neutrales donde la diplomacia puede respirar. Sin embargo, pese a la icónica reunión, el pueblo recibe las promesas con escepticismo.

El padre Havlich pone voz a una herida que supura desde mucho antes de la invasión de 2022: la traición de los acuerdos de Budapest de los años 90. «Ante el enquistamiento de la guerra, más que miedo al olvido lo que sentimos es una injusticia por las promesas incumplidas», afirma. «En los años 90, se firmó un pacto donde países como Estados Unidos, Inglaterra y la propia Rusia se comprometían a proteger a Ucrania a cambio de nuestras armas nucleares. Por eso, la ayuda que recibimos no es un acto de piedad, sino una responsabilidad que todos ellos contrajeron», denuncia.

Esta visión es compartida por el obispo Matsapula: «Pedir que Ucrania se rinda no es neutralidad, es complicidad moral». A su juicio, Europa no puede concebir esta guerra como un conflicto territorial lejano, sino como un ataque a los cimientos mismos de Occidente: «En Ucrania no solo defendemos nuestro territorio, defendemos los fundamentos mismos del orden europeo: la dignidad humana, la libertad y el derecho internacional».

Miedo al olvido

A medida que el conflicto entra en su quinto año, Ucrania suma a su poderoso enemigo el riesgo de la indiferencia internacional. Con nuevos focos de tensión brotando en Tierra Santa, Irán, Venezuela o Groenlandia, el miedo a la normalización, o a convertirse en una «guerra olvidada», es palpable. «Sí, existe ese temor —confiesa el arzobispo Vijtyshyn—. Cuando una guerra dura mucho tiempo, corre el riesgo de volverse invisible». Por su parte, el padre Vyshkovskyi vincula el silencio internacional con las advertencias de Fátima sobre los «errores de Rusia», al tiempo que lamenta la falta de movilización y compromiso internacional ante lo que califica de «genocidio».

Conversión y responsabilidad

Pese a todo, la Iglesia que peregrina en Ucrania rechaza la desesperación y hace un llamamiento a la conversión y a la responsabilidad. El obispo Matsapula apela a la «subjetividad moral» de la comunidad internacional, pues, a su juicio, esta «no existe para “expresar preocupación”, sino para defender activamente el bien».

Pese a que la caridad no puede sustituir a la justicia política, la ayuda eclesial no ha parado de llegar a la martirizada Ucrania, y el agradecimiento es constante y sincero: «La ayuda es muy eficiente», asegura el padre Havlich sobre la labor de Cáritas sobre el terreno, mientras que el obispo Matsapula se muestra agradecido al Fondo de Nueva Evangelización impulsado por la Conferencia Episcopal, por ser «aliados fieles», incluso antes de la guerra. Para este año, la Iglesia española destinará 44.000 euros a la construcción de una capilla de adoración perpetua en Kiev; la renovación de los salones parroquiales en Lviv; la lavandería del seminario de Ivano-Frankvisk; y un programa de formación teológica de laicos en Horodok.

Cuatro años después, el concepto de «victoria» ha cambiado para el país que sufre la invasión. «Para Rusia, la “victoria” significa conquistar y destruir; para Ucrania, en cambio, victoria significa sobrevivir», aclara Matsapula, citando al nuncio apostólico en el país: «Ganar es seguir existiendo como pueblo libre».

El fin del conflicto, visto desde la fe y la experiencia de las bombas, requiere de realismo y justicia. Para el padre Havlich, «la solución es muy clara: que el ejército ruso se retire y se acabe la guerra. Como decimos aquí, “para esto no hay que inventar la rueda”». El sacerdote Pavlo Vyshkovskyi añade una dimensión espiritual indispensable: «La solución reside en la conversión del corazón a Dios… la conversión es absolutamente necesaria para todos en este momento».

En este cuarto aniversario, Ucrania es sin duda un país herido, helado y a oscuras, pero no roto del todo. Forjado a golpes. «Nuestra sociedad ha madurado dolorosamente. Sabemos que sobrevivir ya es una forma de resistencia», opina Matsapula.

Eucaristías en los sótanos

Mientras cae la noche sobre Kiev y las sirenas emiten su canto lúgubre, la Iglesia resiste como vigía. Los sacerdotes celebran la Eucaristía en sótanos y visitan a los enfermos en los hospitales, y los obispos negocian el envío de generadores y piden justicia en foros internacionales, mientras las religiosas acogen y cuidan desde el trabajo duro. «Seguimos teniendo esperanza, no porque la situación parezca esperanzadora, sino porque la esperanza es una elección que hacemos cada día», sentencia la hermana Melnyk. Porque, como concluye Matsapula, cuando fallan la diplomacia y la fuerza militar, en medio de la destrucción total, queda una última línea de defensa: «Cuando todo parece derrumbarse… solo Dios permanece. Para nuestro pueblo, confiar en Dios no es evadirse de la realidad, sino una fuente de fortaleza interior». Y así, Ucrania espera el amanecer de ese día donde sobrevivir a la noche no sea un premio, sino un derecho. 

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