Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

La Cuaresma íntima de Benedicto XVI. Cuarto domingo: «Creer es adorar, y solo así se ve por fin»

Sus homilías privadas de los domingos de Laetare de 2008, 2014 y 2017 revelan, a la luz de san Juan, una profunda «catequesis sobre el Bautismo» y el paso de la oscuridad del pecado a la luz de la fe

La publicación del libro El Señor nos lleva de la mano por parte de la editorial Encuentro ha puesto al alcance del público un tesoro espiritual inédito: las homilías privadas de Benedicto XVI, que despliegan sobre los tiempos fuertes del calendario litúrgico toda la erudición y profundidad del papa teólogo, aderezadas de la sencillez e intimidad que dan los foros muy reducidos. Y es que estas reflexiones, alejadas de las multitudes y las cámaras, fueron pronunciadas ante una «pequeña familia espiritual» en la intimidad de su capilla.

Al coincidir con el IV Domingo de Cuaresma (Año A), de Laetare —La alegría de este domingo reside en la certeza personal de que «Dios me conoce, Dios me ama, Dios se ocupa de mí», predicó—, sus homilías del 2 de marzo de 2008 —«Llegar a ser hijos de la luz en el Bautismo»— en la capilla privada del Palacio Apostólico; y del 30 de marzo de 2014 —«Vivir en la luz»— y 26 de marzo de 2017 —«El hombre vive cuando ve a Dios»— en la capilla privada del monasterio Mater Ecclesiae resuenan con especial fuerza hoy, ofreciendo una guía magistral para adentrarse en lo que el Pontífice alemán define como el «sacramento de los cuarenta días». Ante una pequeña comunidad de fieles, y despojado de los protocolos de los grandes auditorios, el entonces Papa emérito desgranó en su homilía la profundidad de este Evangelio con la sencillez del sabio que habla desde el corazón, «testimoniando hasta el final su pasión por el Evangelio».

Así las cosas, las tres homilías convergen en el relato de san Juan sobre la curación del ciego de nacimiento, revelando una profunda «catequesis sobre el Bautismo» y el paso de la oscuridad del pecado a la luz de la fe. En su meditación de 2008, Benedicto XVI explica que el ciego de nacimiento representa a una «humanidad marcada por el pecado original», la cual es «incapaz de ver a Dios, de ver, de conocer la verdad, de ver lo esencial». Para curar esta ceguera, Jesús utiliza barro hecho con su propia saliva, un gesto que el entonces Papa, citando a san Agustín, interpreta de forma magistral: la saliva era vista en el mundo antiguo como el «aliento materializado, como la comunicación del alma». Al mezclarla con tierra, se crea un «símbolo de la humanidad de Jesús», donde la tierra es su carne y la saliva, su divinidad. Este barro actúa como un «colirio» espiritual; según Ratzinger, el proceso de fe exige «conocer primero al hombre Jesús para llegar después al Hijo del hombre, al Hijo de Dios».

La curación culmina en la piscina de Siloé —que significa «el enviado»—, lo que simboliza que el creyente debe ser «sumergido en el misterio de Jesús, que nos lava desde dentro». Para el Papa, ver no es solo un acto intelectual: «Creer es adorar, y solo así ve por fin».

Seis años después, en 2014, ya como Papa emérito Benedicto XIV advirtió sobre lo que consideraba «el gran peligro de nuestro tiempo, que nos baste la trivialidad». La fe, sobre el análisis de la Carta a los Efesios, es un mandato de «¡Despierta, tú que duermes!». Benedicto XVI sostiene que esta luz recibida en el Bautismo nos impone la «responsabilidad de la corrección fraterna», instándonos a «no dejar que la vida del hombre discurra en la trivialidad, sino de entrar con nuestra palabra, con nuestra vida, en estas situaciones críticas».

Esta luz, así las cosas, se traduce en tres frutos: bondad, justicia y verdad. En cuanto a la bondad cristiana, aclara el Pontífice, no es una simple cortesía superficial, sino una «bondad que es verdad», penetrada por la luz divina y que busca realmente el bien del otro.

Por último, en su homilía de 2017 el Papa teólogo recurre a san Ireneo para afirmar que «la gloria de Dios es el hombre viviente: y la vida del hombre es la visión de Dios». Frente a las corrientes que reducen al ser humano a sus funciones biológicas o sociales, el entonces Papa emérito defendió que «el hombre se define por su capacidad de ver a Dios». Sin esta apertura a lo trascendente, el hombre permanece en un estado de ceguera original que le impide ver «la belleza de la realidad».

Finalmente, Benedicto XVI vincula la iluminación con la gratitud, afirmando que esta debe ser «también responsabilidad». Al ser sanados de nuestra ceguera, estamos llamados a colaborar para que la luz de Cristo entre en el mundo. Su oración final en este itinerario íntimo es una petición de auxilio y confianza: «¡Muéstrame la luz de tu rostro para que yo viva!».

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now