Con la Eucaristía celebrada por el Papa en Tor Vergata, concluye el Jubileo que ha reunido a un millón de jóvenes de todo el mundo
Minutos antes de las nueve de la mañana, el papa León XIV ha llegado da Tor Vergata para dar los buenos días al millón de jóvenes que han pasado la noche allí tras la Vigilia celebrada en la noche del sábado. Una noche marcada por la lluvia que empapó a los peregrinos.
Durante la homilía, ha invitado a los allí congregados a «imaginar que recorremos, en esta experiencia, el camino realizado la tarde de Pascua por los discípulos de Emaús». «Primero se alejaban de Jerusalén atemorizados y desilusionados; se iban convencidos de que, después de la muerte de Jesús, ya no había nada más que hacer, nada que esperar. Y, en cambio, se encontraron precisamente con Él, lo acogieron como compañero de viaje, lo escucharon mientras les explicaba las Escrituras, y finalmente lo reconocieron al partir el pan. Entonces, sus ojos se abrieron y el gozoso anuncio de la Pascua encontró lugar en sus corazones», ha añadido.
Sobre la primera lectura, de Eclesiastés, León XIV ha reflexionado sobre «la experiencia de nuestros límites, de la finitud de las cosas que pasan»; y al hilo del salmo, ha citado la imagen de «la hierba que brota de mañana: por la mañana brota y florece, y por la tarde se seca y se marchita». En ambos casos, se puede ver que «la fragilidad, en efecto, forma parte de la maravilla que somos».
El Pontífice ha señalado que no estamos hechos para una «vida donde todo es firme y seguro, sino para una existencia que se regenera constantemente en el don,
en el amor». «Y por eso aspiramos continuamente a un más que ninguna realidad creada nos puede dar; sentimos una sed tan grande y abrasadora, que ninguna bebida de este mundo puede saciar», ha subrayado.
Ante esta sed, «no engañemos nuestro corazón, buscando satisfacerla con sucedáneos ineficaces». «Más bien, escuchémosla. Hagámonos de ella un taburete para subir y asomarnos, como niños, de puntillas, a la ventana del encuentro con Dios. Nos encontraremos ante Él, que nos espera; más bien, que llama amablemente a la puerta de nuestra alma», ha afirmado.
Es algo, ha indicado el Papa, que no está hecho solo para los pequeños, porque «es hermoso, también con veinte años, abrirle de par en par el corazón, permitirle entrar, para después aventurarnos con Él hacia los espacios eternos del infinito».
Citando a san Agustín, se ha preguntado, «¿qué es, entonces, esa cosa tan esperada? ¿La tierra? No. ¿Algo que se origina en la tierra, como el oro, la plata, el árbol, la mies, el agua? […] Todas estas cosas causan deleite, son hermosas, son buenas». Y concluía: «Busca a quien las hizo: Él es tu esperanza». A lo que ha respondido con las palabras del papa Francisco en Lisboa, durante la Jornada Mundial de la Juventud: «Cada uno está llamado a confrontarse con grandes preguntas que no tienen […] una respuesta simplista o inmediata, sino que invitan a emprender un viaje, a superarse a sí mismos, a ir más allá […], a un despegue sin el cual no hay vuelo. No nos alarmemos, entonces, si nos encontramos interiormente sedientos, inquietos, incompletos, deseosos de sentido y de futuro […]. ¡No estamos enfermos, estamos vivos!»
En la experiencia intensa de estos días de peregrinación y Jubileo, León XIV ha invitado a los jóvenes a darse cuenta de que «la plenitud de nuestra existencia no depende de lo que acumulamos ni de lo que poseemos, como hemos escuchado en el Evangelio, más bien, está unida a aquello que sabemos acoger y compartir con alegría. Comprar, acumular, consumir no es suficiente. Necesitamos alzar los ojos, mirar a lo alto, a las «cosas celestiales», para darnos cuenta de que todo tiene sentido, entre las realidades del mundo, solo en la medida en que sirve para unirnos a Dios y a los hermanos en la caridad, haciendo crecer en nosotros «sentimientos de profunda compasión, de benevolencia, de humildad, de dulzura, de paciencia», de perdón y de paz, como los de Cristo».
Y en este horizonte —ha continuado— comprenderemos cada vez mejor lo que significa que «la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado».








