En su mensaje para la X Jornada Mundial de los Pobres de 2026, el Pontífice reclama una profunda conversión a la Iglesia y exige a los cristianos convertirse en un refugio real frente a la lógica del descarte y la indiferencia de los poderosos.
La Santa Sede ha hecho público el mensaje del Papa para la X Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el próximo 15 de noviembre de 2026 bajo el lema «El Señor es el refugio del pobre». En el texto, el Santo Padre ofrece una radiografía de la vulnerabilidad contemporánea, señalando con especial dureza cómo la falta de valores trascendentes en la vida cotidiana y las nuevas dinámicas tecnológicas agravan el aislamiento de los más desfavorecidos. Hace, además, un llamamiento urgente a derribar los muros de la indiferencia y a construir una sociedad basada en la justicia personal y colectiva.
«La corrupción arrogante»
El mensaje comienza con un análisis de las raíces de la desigualdad actual, vinculándola directamente con la pérdida del sentido de la trascendencia. Según el Papa, el olvido de Dios no se manifiesta hoy como una mera negación teórica, sino más bien se hace presente en la ausencia de misericordia en las estructuras sociales de nuestro tiempo. Esa carencia da pie, por tanto, a lo que define como «una injusticia social que brota de la corrupción arrogante, tan deplorable como discriminatoria». Las consecuencias de este modelo de sociedad, advierte, las sufren en primer lugar los desamparados, atrapados en una «lógica desacralizadora de prevaricación y de descarte que margina y humilla» tanto a individuos como a pueblos enteros.
El mensaje hace hincapié, además, en las herramientas modernas de comunicación y control social. León XIV lamenta que las peticiones de auxilio de las periferias existenciales sean sistemáticamente neutralizadas por el sistema. «El grito de justicia de los pobres hoy es acallado mediante múltiples técnicas, cada vez más sutiles, hasta dejar sin voz todo esfuerzo suyo por hacer oír sus peticiones», señala.
De manera especial, el Papa pone el foco sobre el papel que juegan las redes y plataformas virtuales en la deshumanización del necesitado: «el ambiente digital radicaliza el prejuicio hacia ellos y aumenta la cortina de indiferencia que rodea sus causas». Ante este desamparo en la tierra, León XIV recuerda que al desfavorecido solo le queda el amparo divino, puesto que «refugiarse en Dios equivale a encontrar la protección verdadera y segura, aquella que los poderosos no pueden garantizar y prefieren negar».
Una llamada a romper muros
Frente a esta realidad, el texto interpela de forma directa e inequívoca a las comunidades cristianas, exigiéndoles una implicación que supere la simple beneficencia material o la asistencia puntual. El Papa recuerda que los marginados de hoy son «los olvidados y los marginados: despojados de una palabra y de un rostro, además del pan», y reclama que el ejemplo de Jesucristo se haga visible a través de los creyentes. «La comunidad cristiana no puede permanecer insensible ante tantos que hoy están a la puerta y siguen siendo invisibles para quienes permanecen encerrados entre sus propios muros», asegura.
Por otra parte, haciendo referencia a la Exhortación apostólica Dilexi te, insiste en la identidad que debe configurar a la institución eclesial en el siglo XXI. La Iglesia, si aspira a ser fiel a su fundador, debe configurarse como «la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado».
Para lograrlo, el Papa propone un examen de conciencia comunitario a través de una batería de preguntas: «¿Somos signo de un Dios que es refugio para los pobres? ¿Tenemos conciencia de nuestra pobreza y la preferimos a la riqueza injusta? ¿Llegamos hasta donde se encuentran los pobres, experimentando su marginalidad?». Con este cuestionamiento, busca que la caridad no sea unidireccional, sino un espacio horizontal donde no se distinga «entre el que asiste y el que es asistido, entre el que parece dar y el que parece recibir».
El ejemplo de San Francisco
Para concluir, el Pontífice hila el mensaje con el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Así. León evoca el gesto del santo italiano, que durante su peregrinación a Roma no dudó en despojarse de sus vestiduras para intercambiarlas por los harapos de un mendigo, logrando que le confundieran con los más pobres para experimentar sus sufrimientos en primera persona.
Su figura sirve al Papa para invitar a la acción profética en el mundo contemporáneo. Asegura, así, que «es posible, también hoy, experimentar la misma alegría al ponerse en el lugar de los pobres y escucharlos, en vez de sólo hablar de ellos». Para León XIV, la verdadera libertad cristiana y la capacidad de transformación social nacen precisamente de esa opción por la humildad. «Quien tiene a Dios por refugio es libre de tomar decisiones proféticas, que testimonian cómo todo puede ser repensado desde abajo, en la humildad y en la fraternidad que, sólo ellas, reparan un mundo herido por la prepotencia», concluye, confiando la X Jornada Mundial a la intercesión de la Virgen María.








