Para el Santo Padre, la lógica que pretende reducir la labor humana de los hagiógrafos a la de un simple amanuense no es una forma de glorificar a la divinidad
En un Aula Pablo VI colmada de fieles, el papa León XIV ha continuado este miércoles su ciclo de reflexiones sobre el Concilio Vaticano II y sus principales documentos, abundando en la constitución conciliar Dei Verbum, que ya le ocupó en las últimas semanas. Con su habitual tono cercano, el Pontífice ha señalado en su catequesis que la Sagrada Escritura no es un vestigio inerte del pasado, sino un diálogo vivo en el que Dios, en un gesto de amor profundo, ha decidido hablar en el lenguaje de los hombres para ser comprendido: «La constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo», ha comenzado su catequesis de los miércoles.
Así las cosas, el Santo Padre ha subrayado que la comunicación entre Creador y creatura es, en esencia, «un primer acto de amor», ya que sin un lenguaje compartido es imposible establecer una relación. En este sentido, ha recordado que la Biblia no fue dictada en una lengua sobrehumana, sino que Dios mismo utilizó a autores inspirados por el Espíritu Santo para que sus palabras se hicieran «semejantes al habla humana». Para León XIV, esta «condescendencia misericordiosa» de Dios revela su deseo de hacerse cercano a la humanidad en todas sus circunstancias.
Uno de los puntos centrales de la audiencia general ha sido la reivindicación de la figura del hagiógrafo, tan denostada en los círculos intelectuales secularizados. El Papa ha desarrollado que, durante mucho tiempo, se vio a los escritores bíblicos como meros instrumentos pasivos, pero el gran cambio del Concilio Vaticano II pasa a reconocerlos como «verdaderos autores». Enérgicamente, León XIV ha proclamado que «¡Dios no mortifica nunca al ser humano ni sus potencialidades!» y que la lógica que pretende reducir la labor humana a la de un simple amanuense no es una forma de glorificar a la divinidad.
A partir de este equilibrio entre lo divino y lo humano, el Pontífice ha advertido sobre los peligros de una interpretación errónea de las Sagradas Escrituras. Ha señalado, de este modo, que ignorar el contexto histórico o las formas literarias de los textos puede derivar en lecturas fundamentalistas o espiritualistas que traicionan el sentido real de la Palabra. Y ha concluido que el mensaje evangélico, «si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz», abordando la mejor manera de anunciar la Buena Noticia en nuestros días.
Por último, el Pontífice ha recordado que la finalidad última de la Escritura es la caridad. Apoyándose en san Agustín, como no podía ser de otra forma, ha recordado que no se entiende la Biblia si no se edifica a través de ella el amor a Dios y al prójimo. La Palabra, según esta lógica, debe ser un alimento cotidiano que ilumine las decisiones presentes y anuncie la vida plena donada en Jesucristo, evitando que el mensaje se degrade a una simple propuesta social. Al concluir, ha exhortado a los presentes a rezar para que sus vidas no «oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra».








