El Papa ha destacado que las historias de estos apóstoles, «dos columnas de la Iglesia», enseña que la misión de anunciar el Evangelio no se detiene por el error, sino que se purifica en el perdón
El papa León XIV ha presidido esta mañana la Santa Misa por la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo en la Basílica de San Pedro de Roma. Ante los nuevos arzobispos metropolitanos y una nutrida representación de fieles, el Pontífice ofreció una profunda reflexión sobre las «dos columnas de la Iglesia», instando a la comunidad cristiana a transformar la convivencia en una verdadera casa acogedora para todos, fundamentada en la caridad y el encuentro.
Durante su reflexión, el Santo Padre ha presentado a Pedro como el «custodio del Pueblo de Dios», destacando su constante empeño por preservar la comunión entre los hermanos. El Papa recorrió los momentos de vacilación y fe del pescador de Galilea, recordando aquel instante en el lago donde, tras una jornada baldía, confía en Jesús, diciendo: «No hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Esta disposición de Pedro, que se lanza al mar para alcanzar a Cristo incluso después de la resurrección, simboliza la misión de quien, a pesar de sus límites, se convierte en «portavoz de todos en la profesión de la única fe».
León XIV no ha querido, sin embargo, esquivar la humanidad de Pedro, subrayando que la grandeza de su testimonio no radica en su perfección, sino en su capacidad de arrepentimiento. Así, el Pontífice ha recordado que, tras negar al Mesías tres veces durante la Pasión, supo «derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento» y, no siendo suficiente con ello, aceptar los reproches de Pablo debido a sus incoherencias. Según el Pontífice, Pedro nos enseña que la misión de anunciar el Evangelio no se detiene por el error, sino que se purifica en el perdón, permitiéndole «reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio».
Así las cosas, uno de los pasajes más líricos de la homilía ha sido la reflexión sobre el simbolismo de las llaves petrinas. El Papa ha explicado que este signo no debe entenderse como un poder para excluir, sino como una herramienta de hospitalidad. En sus palabras, «una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas». Con esta metáfora, el Santo Padre ha descrito la delicadeza del pastor que acompaña los movimientos de los corazones para que «las hojas giren libremente sobre sus bisagras, unir los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora».
En esta línea, el Sucesor de Pedro ha destacado que la comunión en la Iglesia no se construye mediante el conflicto o la imposición, sino a través de la escucha y el discernimiento. El Papa ha advertido que la unidad no se logra «endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la verdad». A la luz de esta verdad, cada miembro de la Iglesia se convierte para el otro en un «instrumento de crecimiento», permitiendo que el Espíritu Santo guíe los caminos y corrija los errores del Pueblo de Dios.
Al referirse a san Pablo, el Pontífice lo ha descrito como el «incansable anunciador de la Buena Nueva», cuyos símbolos —el libro y la espada— representan la eficacia de la Palabra divina. Citando la Epístola a los Hebreos, ha recordado que «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo», capaz de penetrar hasta lo más profundo del espíritu para discernir «los deseos e intenciones del corazón». Esta Palabra fue la que conquistó a Saulo, transformando su violencia inicial en un celo apostólico movido exclusivamente por el amor.
Evocando la conversión de Pablo, el Papa ha recurrido a las palabras de san Agustín para explicar cómo Dios transforma al perseguidor en un «mensajero de paz». León XIV relató cómo, camino a Damasco, quien sería Apóstol de los gentiles «bufaba amenazas y muerte» hasta que fue derribado por la voz celeste; en ese momento, según la expresión del santo obispo de Hipona, «lo abatió la Palabra». Así, el Señor perdonó sus pecados y lo colocó en un ministerio donde, a través de su testimonio, «quedasen perdonados los de los otros».
Imposición de los palios
La celebración se ha dirigido posteriormente hacia la bendición e imposición de los palios, las bandas de lana blanca que simbolizan la unidad de los metropolitanos con la Sede de Pedro. El Papa ha recordado que esta prenda representa el compromiso de todo pastor de «llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor». Esta misión exige «sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida» para asegurar que el mensaje de Cristo alcance todos los rincones de la tierra.
Finalmente, León XIV ha dirigido un saludo lleno de afecto a la delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por el patriarca Bartolomé. En este gesto de fraternidad, el Pontífice ha subrayado que la unidad es la «meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada». Al concluir, ha invocado la intercesión de los santos patrones de Roma para que cada fiel se convierta en «artífice de la unidad», poniendo a Dios en el centro de su existencia y permaneciendo atento a las necesidades de los hermanos para que el mundo encuentre en el Evangelio la verdadera «armonía y concordia».
Ángelus: una hospitalidad concreta
Ayer mismo, el papa León XIV reflexionó durante el Ángelus del domingo sobre las exigencias del seguimiento de Cristo, advirtiendo de que ser testigos del Reino no depende de actos exteriores, sino de «comprometer todo nuestro ser en una relación de amor con Él». Para que este amor sea fecundo, el Pontífice propuso tres pilares fundamentales: el desprendimiento, la pérdida y la hospitalidad. Estas condiciones no son cargas, sino los medios por los cuales «también los afectos más importantes encuentran su plenitud gracias al amor que Cristo nos da».
El Santo Padre explicó que el desprendimiento es necesario para que las relaciones humanas, como la vida matrimonial o la educación de los hijos, alcancen su verdadera madurez. Aludiendo a la necesidad de libertad frente a cualquier atadura, citó a san Agustín para ilustrar esta paradoja: «Es cosa triste perder lo que amas; pero a veces también el agricultor pierde lo que siembra». Así, León XIV señaló que, del mismo modo que la semilla debe ser arrojada a la tierra para florecer, el cristiano debe aprender a soltar para ver la obra de Dios prosperar en su propia vida.
Al abordar la «lógica del don», el Papa recordó que, en un mundo obsesionado por poseer, el amor se manifiesta precisamente en la capacidad de perder. El amor, afirmó con contundencia, «da fruto sólo en la entrega: cuando estamos dispuestos a perder un poco de nuestro yo para hacer espacio al otro». Y advirtió de que quien intenta retener su vida para sí mismo se condena a una existencia estéril, mientras que quien abraza la cruz y se ofrece a los demás es capaz de «engendrar vida nueva en sus relaciones», siguiendo el ejemplo de entrega total del propio Jesús.
Finalmente, concluyó su intervención llamando a una hospitalidad concreta, simbolizada en gestos cotidianos como el de «ofrecer un vaso de agua a quien tiene sed», pues «el amor al Señor pasa siempre por la manera fraterna en que acogemos a los demás». Tras encomendar estas palabras a la Virgen María, modelo de quien amó a su hijo «sabiendo también perderlo», el Papa elevó su oración por el pueblo de Venezuela, golpeado por los recientes terremotos. Expresando su «cercanía espiritual a sus familiares, a los lesionados y a quienes han sido golpeados por esta tragedia», el Pontífice agradeció la generosidad de los equipos de socorro.






