El Papa ha participado en el Encuentro Internacional «Sacerdotes Felices – “Yo los llamo amigos” (Jn 15,15)», impulsado por el Dicasterio para el Clero en el Año Santo
En un encuentro celebrado este jueves en el Auditorio Conciliazione de Roma, el Santo Padre se dirigió a los participantes en el Encuentro Internacional «Sacerdotes Felices – “Yo los llamo amigos” (Jn 15,15)», promovido por el Dicasterio para el Clero. En un discurso, el Pontífice enfatizó la vocación sacerdotal fundamentada en la amistad con Cristo.
El Papa León XIV comenzó su intervención con la señal de la cruz, recordando que la presencia de todos se debía al llamado de Cristo. «Comencemos con la señal de la cruz, ya que todos estamos aquí porque Cristo, que murió y resucitó, nos ha dado la vida y nos ha llamado a servir. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡La paz esté con ustedes!», expresó el Pontífice.
El Santo Padre León XIV dedicó un agradecimiento al cardenal Lazzaro You Heung-sik, Prefecto del Dicasterio para el Clero, y a todo su equipo, por su «servicio; un trabajo vasto y que a menudo se lleva a cabo en silencio y con discreción y que produce frutos de comunión, formación y renovación».
El hilo conductor de su discurso fue la verdad de las palabras de Jesús: «Yo los llamo amigos» (Jn 15,15). El Papa destacó que esta declaración no es solo una muestra de afecto, sino la clave para comprender el ministerio sacerdotal. «El sacerdote, de hecho, es un amigo del Señor, llamado a vivir con Él una relación personal y confidencial, alimentada por la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración diaria», afirmó el Papa, subrayando que esta amistad es el «fundamento espiritual del ministerio ordenado, el sentido de nuestro celibato y la energía del servicio eclesial al que dedicamos nuestra vida».
Para el Pontífice esta «amistad» con Cristo tiene tres implicaciones en la formación sacerdotal: primero, que hay que considerarla como un camino de relación, pues convertirse en amigos de Cristo significa formarse en la relación, no solo en las competencias. En segundo lugar, la formación sacerdotal va más allá de la adquisición de nociones, siendo un camino de familiaridad con el Señor que involucra a toda la persona: el corazón, la inteligencia, la libertad, y solo así, como afirmó el Papa, «quien vive en amistad con Cristo y está impregnado de su Espíritu puede anunciar con autenticidad, consolar con compasión y guiar con sabiduría». Además, la fraternidad es un estilo esencial de la vida presbiteral, y el Papa insistió en que ser amigos de Cristo implica vivir como hermanos entre sacerdotes y entre obispos, no como competidores o de forma individualista, por lo que la formación debe fomentar vínculos sólidos en el presbiterio como expresión de una Iglesia sinodal. Finalmente, formar sacerdotes capaces de amar, escuchar, orar y servir juntos requiere un cuidado en la preparación de los formadores, ya que su eficacia depende del ejemplo de vida y de la comunión entre ellos, y el Papa recordó que la formación no puede ser aislada, sino que requiere la participación de todos los amigos y las amigas del Señor que viven como discípulos misioneros al servicio del Pueblo de Dios.
El «Sí» de las Vocaciones y el Impulso Misionero
En un momento de su alocución, el Papa León XIV abordó la cuestión de las vocaciones, señalando que, a pesar de los desafíos, «Dios sigue llamando y permanece fiel a sus promesas». Instó a crear «espacios para escuchar su voz» y animó a hacer «propuestas» a los jóvenes.
Con la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús a las puertas, el Pontífice enfatizó que de esta «zarza ardiente» proviene la vocación sacerdotal. Hizo referencia a la encíclica del Papa Francisco, Dilexit nos, como un «don para toda la Iglesia», especialmente para los sacerdotes, que interpela a «custodiar juntos la mística y el compromiso social, la contemplación y la acción, el silencio y el anuncio».
El Santo Padre hizo un llamado a «recuperar juntos el impulso misionero», recordando que es a través de la acción pastoral que el Señor «cuida de su rebaño, reúne a los dispersos, se inclina sobre los heridos, sostiene a los desanimados».
El discurso culminó con un agradecimiento a los sacerdotes por su entrega cotidiana, especialmente en los lugares de formación y en las periferias existenciales. Al recordar a los sacerdotes que han entregado su vida, incluso derramando su sangre, el Papa León XIV renovó la invitación a vivir un apostolado de compasión y alegría. «¡Gracias por lo que son!, porque recuerdan a todos qué es ser sacerdotes, y que cada llamada del Señor es ante todo una llamada a su alegría», dijo el Pontífice, reconociendo las imperfecciones humanas pero reafirmando la identidad sacerdotal como «amigos de Cristo, hermanos entre nosotros e hijos de su Madre María, y esto nos basta».
Tras el discurso, un sacerdote preguntó al Santo Padre si podía abrazarlo. El Papa, con una sonrisa, accedió a que un sacerdote representara a todos, lo que generó la aprobación de los presentes. El Pontífice, cercano, interactuó preguntando por las procedencias de los sacerdotes de América Latina, África, Asia, Europa y Estados Unidos.
Finalmente, antes de la bendición, el Papa León XIV subrayó la importancia de la vida espiritual del sacerdote, aconsejando buscar «un acompañante, un director espiritual, un confesor». Concluyó con un mensaje de unidad y apoyo: «Nadie aquí está solo. Y aunque estés trabajando en la misión más lejana, ¡nunca estás solo!».








