Durante la Audiencia General del pasado miércoles, el papa León XIV continuó con las catequesis sobre el Concilio Vaticano II.
El pontífice dedicó la sesión a la Constitución dogmática Dei Verbum, como viene haciendo las últimas semanas, y quiso destacar la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. No quiso pasar por alto tampoco la acción del Espíritu Santo y la responsabilidad que tiene la Iglesia como custodio del «depósito» de la fe.
Con la ayuda de dos escenas del Evangelio, la de Jesús en el Cenáculo y su aparición a sus discípulos una vez resucitado, quiso explicar cómo el papel del Espíritu Santo es crucial en la transmisión de la Revelación a lo largo de la historia. Gracias a ello, se hace posible una mejor comprensión de la enseñanza de Jesús, que permanece actual y continúa iluminando contextos muy diferentes a los que existían en el siglo I.
Escritura y Tradición unidas
León XIV ha escogido un fragmento de Dei Verbum para iluminar la relación intrínseca que tienen la Escritura y la Tradición: «La Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición están estrechamente unidas y se comunican entre sí. Puesto que ambas proceden de la misma fuente divina, forman en cierto modo un todo y tienden al mismo fin» (Dei Verbum, 9).
En vez de presentarlas como conceptos opuestos, explicó que la Escritura vive dentro de la propia Tradición de la Iglesia, y que es a través de ella como se expande y difunde. Citó también a San Gregorio Magno y a San Agustín para recordar que «la Palabra de Dios no está fosilizada, sino que es una realidad viva que se desarrolla y crece en la Tradición».
«Depósito» de la Palabra de Dios
«El «depósito» de la Palabra de Dios está también hoy en manos de la Iglesia y todos nosotros, en los distintos ministerios eclesiales, debemos seguir custodiándolo en su integridad, como una estrella polar para nuestro camino en la complejidad de la historia y de la existencia», afirmó el Santo Padre, haciendo referencia a la Carta de San Pablo a Timoteo.
Inspirándose además en John Henry Newman y su obra «El desarrollo de la doctrina cristiana», recordó que el cristianismo es «una realidad dinámica, tal y como indicó el mismo Jesús con las parábolas de la semilla: una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior».
Para concluir, invitó a los fieles a acercarse a la Dei Verbum y entender que Escritura y Tradición no pueden separarse, sino que juntas, junto con la acción del Espíritu Santo, «contribuyen eficazmente a la salvación de las almas».








