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León XIV preside la Misa en sufragio del papa Francisco, los cardenales y obispos fallecidos en el último año «con el sabor de la esperanza cristiana»

En su homilía, el Pontífice ha destacado que el relato de Emaús representa plásticamente la peregrinación de la esperanza, la cual pasa necesariamente a través del encuentro con Cristo resucitado

En una mañana marcada por la solemnidad, León XIV ha presidido la Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos en el transcurso del año, que en este 2025 ha tenido la particularidad de honrar también la memoria del difunto papa Francisco. Esta celebración, que renueva la costumbre ligada a la conmemoración de los Fieles Difuntos, se ha visto revestida de un sabor particular debido al contexto jubilar. El propio papa León XIV, al presidir su primera Misa de sufragio de este tipo, ha señalado que el momento estaba imbuido del «sabor de la esperanza cristiana».

Así las cosas, el motivo central de esta liturgia ha sido el recuerdo de los pastores que han partido recientemente a la casa del Padre, ofreciéndola, con un «gran afecto» especial, por el alma elegida del papa Francisco, quien falleció después de haber abierto la Puerta Santa y de haber impartido a Roma y al mundo la bendición pascual. Durante su homilía, dirigida a cardenales, obispos y fieles presentes, León XIV se ha centrado en la Palabra de Dios para iluminar, precisamente, el sentido del Año Santo, a través de la emblemática narración lucana de los discípulos de Emaús.

El Pontífice ha destacado, de esta forma, que el relato de Emaús representa plásticamente la peregrinación de la esperanza, la cual pasa necesariamente a través del encuentro con Cristo resucitado. El punto de partida, sin embargo, es la experiencia de la muerte, a menudo manifestada en su forma más dura: la muerte violenta que nos deja «desconfiados, desalentados, desesperados».

En un pasaje que resuena profundamente en un mundo de sufrimiento, el Papa ha establecido una distinción crucial: no podemos ni debemos decir «laudato si’» (alabado seas) por la muerte desfigurada por el pecado, porque Dios Padre no la desea, hasta el punto de que envió a su hijo para liberarnos de ella. Solo Cristo, que tuvo que padecer tales sufrimientos para entrar en su gloria, pudo cargar con esta muerte corrompida sin ser corrompido, y, por ello, solo él tiene palabras de vida eterna.

De vuelta al pasaje evangélico, la fe y la esperanza, que parecían extintas en los corazones de los discípulos, se reavivan cuando Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y lo ofrece, con las mismas manos que habían sido clavadas en la cruz. En ese momento, «la fe brota y, con la fe, una esperanza nueva».

Esta nueva realidad, ha insistido el Santo Padre, no es la esperanza humana —que se había perdido—, sino una realidad nueva, un don y una gracia del resucitado: la esperanza pascual. Esta no se basa en la sabiduría de los filósofos ni en la justicia de la ley, sino «solo y totalmente en el hecho de que el crucificado ha resucitado». Es una esperanza que mira más allá del horizonte terrenal, que nos pone en el camino hacia Dios.

Gracias al amor de Cristo crucificado y resucitado, la muerte se ha transfigurado. De enemiga, Cristo «la ha hecho hermana, la ha amansado». Es por ello que los cristianos no viven la tristeza «como los otros, que no tienen esperanza», dirá san Pablo. Aunque nos cause dolor la partida de un ser querido, o nos escandalice la muerte trágica, ni siquiera la muerte más funesta puede impedir que el Señor acoja nuestra alma y transforme nuestro cuerpo mortal a imagen de su cuerpo glorioso.

Esta es la razón, explicó el Papa, por la cual los cristianos no llaman a los lugares de sepultura «necrópolis» —«ciudad de muertos»—, sino «cementerios», que significa literalmente «dormitorios», lugares de reposo en espera de la resurrección. Porque así lo profetiza el salmista: «En paz me acuesto y enseguida me duermo, / porque solo tú, Señor, confiado me haces descansar».

De este modo, León XIV ha concluido su homilía recordando el legado del amado papa Francisco y de los cardenales y obispos difuntos, quienes vivieron, testimoniaron y enseñaron esta esperanza nueva y pascual. A través de su ministerio, han «inducido a muchos a la justicia», guiando a los fieles por el camino del Evangelio con la sabiduría que proviene de Cristo.

Por último, el Santo Padre ha elevado su plegaria para que las almas de los pastores difuntos sean lavadas de toda mancha y puedan «resplandecer como estrellas en el cielo». A los fieles que aún peregrinan, queda el aliento espiritual de su ejemplo, como se dice en el salmo: «Espero en Dios: todavía podré alabarlo, él, salvación de mi rostro y mi Dios».

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