El trinitario Aldo Berardi, vicario apostólico de Arabia del Norte, denuncia en ECCLESIA que «las comunidades históricas están desapareciendo»
La geografía del cristianismo en Oriente Medio se está redibujando bajo la presión de una guerra que ya no reconoce las fronteras. Los bombardeos iniciales de Estados Unidos e Israel sobre el régimen teocrático de los ayatolás en Irán se han transformado en una conflagración regional que amenaza con reducir las milenarias raíces de la Iglesia a meros vestigios arqueológicos. Mientras la guerra se reproduce e intensifica desde los rascacielos del Golfo hasta las aldeas del sur del Líbano —donde el objetivo israelí es Hezbolá, aliado de Irán, en lo que supone de facto una guerra dentro de otra— los seguidores de Jesús se enfrentan a una profunda crisis existencial que resuena con la urgencia de una sirena antiaérea: ¿hay futuro para quien sepa y quiera resistir o solo queda el éxodo definitivo?
Para Aldo Berardi, vicario apostólico de Arabia del Norte, la situación ha llegado a un punto de no retorno, especialmente en un lugar que solía considerarse un refugio económico seguro, y donde el estruendo de la guerra es ahora la realidad de cada día. «Incluso Arabia Saudí se ha visto afectada por bombardeos y ataques, lo que hace cada vez más difícil abandonar la región», explica en conversación con ECCLESIA.
Desde su sede de Baréin, monseñor Berardi pastorea y supervisa una comunidad de tres millones de fieles católicos en la Península Arábiga. En su mayoría, extranjeros que sostienen la economía del Golfo. En la vida cotidiana de estas personas «existe realmente una duda muy seria sobre si quedarse o marcharse», señala el obispo trinitario, quien añade que muchos ya han huido a través de las rutas aéreas que siguen abiertas.
La tensión, detalla, no se reduce a lo meramente físico, sino también a la estrategia, pues el temor a que el conflicto alcance «infraestructuras vitales como plantas desalinizadoras, refinerías o centrales eléctricas» es palpable entre la población civil. Mientras tanto, las Iglesias locales intentan mantener una apariencia de normalidad, aunque bajo estrictas restricciones. «Los templos permanecen abiertos. La gente acude a las celebraciones… pero sin entretenerse demasiado», reconoce.
Con respecto a la demografía religiosa en la región, monseñor Berardi introduce una distinción crucial «entre los cristianos de Oriente y los cristianos en Oriente». Así, mientras que los primeros conforman las comunidades históricas —maronitas, coptos, caldeos o sirios— que han coexistido con el islam durante siglos, los segundos son trabajadores migrantes que nunca llegarán a obtener la nacionalidad, aunque llevan generaciones allí.
A este clasismo, monseñor Berardi añade la denuncia de que «las comunidades históricas están desapareciendo gradualmente», en un proceso que no es nuevo, pero que sí se está viendo «acelerado por las sucesivas guerras del Golfo y el auge del radicalismo». «Sería una gran pérdida para Oriente Medio que todas estas comunidades históricas locales, enraizadas siguieran desapareciendo poco a poco», lamenta. Pero, «desgraciadamente, es lo que está pasando aquí», sentencia.
La preocupación, así las cosas, también es cultural, pues la guerra está deteriorando relaciones interreligiosas afianzadas durante décadas. En palabras del vicario apostólico, «un cristiano y un musulmán de Oriente comparten una mentalidad y una historia de cohabitación que el conflicto está erosionando». Y es que, sin un futuro claro para estos jóvenes —a menudo son los ciudadanos mejor formados, gracias a las instituciones educativas católicas—, la tentación del exilio es casi irresistible. «Los padres son, incluso, quienes empujan a sus hijos a marcharse, porque es un conflicto constante», revela.
Para los que se quedan, la fe se erige en el último refugio frente a la pérdida de seguridad material. Y la oración por la paz —afirma Berardi—, en un «acto de resistencia» frente a un conflicto que parece no tener salida.
Vidas entregadas en Líbano
Si en el Golfo Pérsico la amenaza reviste tintes estratégicos y de tendencias, en el Líbano la guerra es inmediata y devastadora. «No hay alarmas ni sirenas antiaéreas; no hay infraestructura de guerra para los civiles», relata a ECCLESIA el padre Elie, sacerdote maronita. Ante semejantes carencias, los ciudadanos utilizan las redes sociales para predecir dónde impactará el próximo misil.
La muerte del sacerdote Pierre El Rahi mientras corría a socorrer a sus fieles tras un bombardeo en la aldea de Qlayaa el pasado 9 de marzo ilustra el coste humano de esta precariedad. A pesar de las advertencias de evacuación, decidió no abandonar su parroquia de San Jorge. Durante años, su estado de WhatsApp fue una premonición: «Querido Jesús, hazme recordar siempre a quienes murieron por ti antes que yo. […] Estoy dispuesto a morir como mártir por ti y por tu pueblo». Para el padre Elie, «nuestra misión es ser cristianos en Oriente Medio; sabemos que no es fácil, pero es nuestra vocación. Tenemos la obligación de ser su voz, de no mirar para otro lado».
Monseñor Berardi teme asimismo que «la guerra mute en un conflicto estrictamente religioso». Tras la ejecución de diversos líderes espirituales, observa con preocupación el aumento de las tensiones entre el islam chií y las alianzas regionales, lo cual podría dinamitar décadas de coexistencia pacífica, como en Baréin. Reina la retórica del «ojo por ojo», mientras las potencias mundiales evidencian una clara desconexión de sus líderes con la realidad local: «Las decisiones militares a veces nos parecen azarosas u orientadas por la venganza o quizás por intereses de cualquier tipo», afirma. «No se pueden atacar poblaciones así sin tocar las profundas raíces culturales, religiosas y de identidad», agrega.
El papa León XIV no ha dejado durante estas semanas de denunciar que «la muerte y el dolor provocados por estas guerras ¡son un escándalo para toda la familia humana y un grito ante Dios!». Ante la evidencia de que «la estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable» ha hecho «un llamamiento encarecido» a las partes «para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable».








