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Anunciar el Evangelio «a y con» las familias de hoy

Escribo esta carta desde Roma, en plena celebración del encuentro de presidentes de Conferencias Episcopales y jefes de las Iglesias Católicas Orientales, titulado “El anuncio del Evangelio con las familias de hoy”, a la luz de ‘Amoris laetitia’, a los 10 años de su publicación. Comparto algunos ecos de lo vivido en estos días. Lo primero que resalto es haber comprobado de nuevo la presión de una propuesta cultural global que afecta, con matices diversos, a casi todo el mundo. Hay acentos particulares y contextos distintos, pero todos muestran un desafío común que reclama una respuesta católica: integral, universal y, al mismo tiempo, encarnada en cada Iglesia y sociedad concreta.

También resuena con fuerza que el matrimonio es una vocación y, como tal, debe ser anunciado, discernido, preparado y acompañado antes y después del consentimiento sacramental. La familia es Iglesia doméstica: participa de la vida y misión de toda la Iglesia y contribuye a su renovación. Por ello, no es solo un ámbito que debe ser atendido pastoralmente, sino un lugar donde se revela el amor de Dios, se aprende a vivir la fe, se transmiten los valores del Evangelio y se construyen vínculos capaces de sostener la vida. La pastoral familiar no puede entenderse, por tanto, como una tarea secundaria o aislada, sino como una dimensión esencial de una Iglesia llamada a ser hogar, compañía y esperanza para todos.

La vida familiar se desarrolla hoy en un contexto complejo. Muchas familias viven la soledad, la precariedad económica, la dificultad para dialogar, el cansancio cotidiano, las rupturas, la movilidad, la violencia o la fragilidad de los vínculos. El diagnóstico compartido revela una tensión de fondo: permanece vivo el deseo humano de amar y ser amado, pero se ha debilitado la confianza en la posibilidad de un amor estable, definitivo y fecundo.

Esta tensión se manifiesta de modo especial en los jóvenes y en los primeros años del matrimonio. En los jóvenes aparece el miedo al compromiso, la incertidumbre ante el futuro, la dificultad para integrar libertad y entrega, la influencia de la cultura digital, la fragmentación de la sexualidad y la precariedad económica. En los matrimonios jóvenes surge la necesidad de aprender a construir un verdadero “nosotros”, integrar las familias de origen, ordenar la vida cotidiana, afrontar los conflictos y descubrir que el sacramento celebrado debe convertirse progresivamente en sacramento vivido.

Estas dificultades no anulan la esperanza; al contrario, son altavoz de una llamada pastoral más profunda. La Iglesia tiene la oportunidad de llegar antes a la vida de las personas, escuchar mejor sus preguntas, acompañar sus procesos y ofrecer comunidades cercanas donde las familias se sientan acogidas. Se trata de pasar de una pastoral de momentos a una pastoral de itinerarios; de preparar únicamente celebraciones a acompañar una vocación; de mirar a las familias solo desde sus carencias a reconocer también su capacidad de revelar a Dios, evangelizar y generar vida y comunión.

Esta oportunidad pide fortalecer itinerarios integrales y progresivos: educación afectiva y sexual desde edades tempranas, porque es necesario aprender a amar; discernimiento vocacional; preparación matrimonial más personalizada; acompañamiento después de la boda; grupos de matrimonios jóvenes; presencia cercana en los momentos decisivos de la vida familiar; y servicios de orientación para quienes atraviesan dificultades. También resulta necesario formar matrimonios acompañantes que, sin presentarse como modelos perfectos, puedan compartir su experiencia de fe, aprendizaje, fragilidad y esperanza.

La Iglesia está llamada a ser una verdadera familia de familias: una comunidad que acoge, acompaña, forma, discierne y envía. Una Iglesia que no llega tarde a la vida de los novios o los esposos; que no espera únicamente a que surja la crisis; y que no reduce la pastoral familiar a la organización de actos, sino que camina con las personas en sus historias concretas. Acompañar a las familias es acompañar la vida; sostener los vínculos es colaborar con la obra de Dios; anunciar la belleza del matrimonio cristiano es proclamar que el amor fiel, fecundo y misericordioso sigue siendo posible.

Me ha alegrado y responsabilizado comprobar que nuestra Iglesia de Valladolid cuenta ya con recursos valiosos para impulsar esta propuesta que resuena en el Aula Pablo VI. Disponemos de itinerarios renovados de preparación al matrimonio, incluido el de novios sin fecha de boda; de una Delegación de Familia y Vida que impulsa y acompaña estos procesos; de un Centro de Orientación Familiar (COF) experimentado, que promueve la educación afectivo-sexual y ayuda en situaciones de dificultad; y de un naciente Servicio de Atención y Mediación Canónica (SAMIC) para acompañar crisis que puedan derivar en procesos judiciales canónicos o civiles.

Varios matrimonios han recibido formación para acompañar estas experiencias, pero necesitamos más. Necesitamos matrimonios disponibles para este ministerio eclesial: promover la vocación al matrimonio, acompañar a quienes la descubren, cuidar a quienes la viven y sostener a quienes atraviesan momentos de fragilidad. Esta es una prioridad pastoral que sitúa a la familia cristiana en el centro de la vida y misión de la Iglesia.

La Asamblea Diocesana quiere ayudar a formar grupos de vida y despertar carismas al servicio de la evangelización. Pidamos al Señor que nuestras comunidades sean lugares donde los jóvenes vuelvan a confiar en el amor, los matrimonios crezcan en su vocación y las familias heridas encuentren apoyo para recomenzar. Y demos un paso concreto: impulsemos en cada comunidad itinerarios reales de acompañamiento, llamemos a matrimonios disponibles y hagamos de la pastoral familiar una expresión viva, cercana y esperanzadora de la misión evangelizadora de toda la Iglesia.

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