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Luis Marín de San Martín: «El proceso sinodal es una oportunidad única e irrepetible»

El Subsecretario de la Secretaría General del Sínodo ha participado en la 53ª Semana Nacional de Vida Consagrada con su ponencia  El tiempo sinodal, como reto a la vida consagrada

Del 3 al 6 de abril tiene lugar la 53ª Semana Nacional de Vida Consagrada con el título ‘Comunión y fraternidad. Dos tareas siempre pendientes’. Las cuatro jornadas, que podrán seguirse de manera presencial u online, se articulan en torno a dos conceptos de profundas raíces evangélicas, y de indudable relevancia para la Iglesia y la vida consagrada hoy: la comunión y la fraternidad. Ambas categorías son vistas como aspiraciones de nuestro corazón y como tareas pendientes. Este miércoles el encargado de realizar su ponencia ha sido Mons. Luis Marín de San Martín, OSA, quien ha realizado su ponencia bajo el tema ‘El tiempo sinodal, como reto a la vida consagrada’.

Ha comenzado hablando sobre la sinodalidad, que «puede entenderse como el caminar de los cristianos con Cristo y hacia el Reino, junto con toda la humanidad; orientada a la misión, la sinodalidad comporta reunirse en asamblea en los diversos niveles de la vida eclesial, la escucha recíproca, el diálogo, el discernimiento comunitario, la creación del consenso como expresión del hacerse presente el Cristo vivo en el Espíritu y el asumir una corresponsabilidad diferenciada». Ha agregado que «es un proceso que forma parte de la dimensión constitutiva de la Iglesia y que se concreta en desarrollos diversos, como el Sínodo de los Obispos, los consejos parroquiales o diocesanos, los capítulos y asambleas de los religiosos, etc. La vida consagrada es, en sí misma, experta en sinodalidad y, por eso, tiene un papel importante en la promoción y la vivencia del camino sinodal, al que el papa Francisco ha llamado a toda la Iglesia».

«Estamos ante el reto de la renovación en la Iglesia»

Ha querido dividir su intervención en 4 partes diferenciadas. En la primera de ellas, titulada ‘Ecclesia semper reformanda’, ha expresado que «estamos ante el reto de la renovación en la Iglesia. Pero los procesos renovadores solo son viables desde la referencia al Evangelio, es decir, si nos unen más a Cristo y nos impulsan a comunicarlo al mundo desde la experiencia del Señor Jesús en la propia vida de la Iglesia. Siempre con valentía y creatividad, con audacia para el riesgo, sin dejarnos llevar por la nostalgia del pasado, sino viviendo intensamente el presente y mirando al futuro con inmensa esperanza».

La segunda de las partes ha sido titulada ‘Tiempo de novedad’. « Desde esta perspectiva, podemos entender que la reforma se enraíza en la vida y, por tanto, es temporal, porque se realiza en el tiempo que nos ha sido dado. La reflexión sobre el tiempo, en sí misma, puede ser una meditación triste, porque nos induce a constatar, por una parte, el envejecimiento y la decadencia y, por otra, a reconocer la fugacidad de todo, su inconsistencia».

Sobre el actual proceso sinodal ha señalado que es «un kairós, una oportunidad de la gracia. Es la respuesta a nuestras oraciones en las que hemos pedido la intervención de Dios en un mundo azotado por la crisis. Pero esta respuesta divina no se resuelve en lo externo y prodigioso, sino que nos implica y, ciertamente, nos compromete a todos y cada uno. Dios no actúa en nosotros sin nosotros. La sinodalidad, es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. El proceso sinodal en curso, impulsado por el papa Francisco es, ante todo, un regalo y una oportunidad que requiere nuestra aceptación, disponibilidad y colaboración».

«El proceso sinodal en curso es un fruto maduro del Concilio Vaticano II»

El tercero de los apartados se ha titulado ‘En la estela del Concilio’, y es que para Marín «el proceso sinodal en curso es un fruto maduro del Concilio Vaticano II y solo puede entenderse en conexión con él. Es un desarrollo de la eclesiología de Lumen gentium. La Iglesia es misterio porque forma parte del proyecto salvífico de Dios manifestado en Cristo, en el Espíritu. Por eso no debemos anclarnos en una visión corporativa de la eclesiología, que incide principalmente en las diversas funciones y tareas de sus miembros, ni tampoco el punto de referencia debe ser el sacramento del Orden».

Antes de finalizar su intervención, ha querido destacar que hay tres grandes retos. El primero de ellos es de la experiencia de Cristo, ya que «la vida consagrada solo se entiende desde lo común a la vida cristiana, que es la asimilación, la identificación con Cristo iniciada en el Bautismo. En él, el Padre nos revela todo y nos comunica todo. Es importante tener presente que la redención no supone solo que los pecados son perdonados y la muerte vencida, sino que también nos hace hijos de Dios (deificación). En lo que se refiere a Cristo la oferta es de máximos y por eso la exigencia es también de máximos: dejarlo todo y seguirle. Así, podemos decir que la Iglesia es la societas formada por los discípulos de Resucitado, que comienza en Cristo y que lo incluye como a su núcleo más íntimo».

El segundo de los retos es el de la comunión eclesial, porque «el camino de la vida cristiana lo recorremos no en soledad, sino en comunión, es decir, en relación y participación, en integración e interrelación, abiertos a la corresponsabilidad. Nadie se salva solo. El Pueblo de Dios camina en unidad en la pluralidad o, en expresión de san Juan Pablo II, en unidad pluriforme. El binomio unidad-pluralidad es un tema muy presente en el discernimiento sinodal».

El tercero de los retos es el de la vanguardia, del que indica que «la nota que caracteriza a la vida consagrada es la profecía y un religioso nunca debe renunciar a ella. Se ha dicho que estamos en una época sin profetas y esto coincide con la crisis de la vida consagrada. La vida consagrada también debe recuperar una posición de vanguardia en lo que se refiere a la misión. Para ello resultan urgentes tres desarrollos: robustecer los lazos de unión de las instituciones y estructuras con la vida de las comunidades, evitando que puedan considerarse como actividades delegadas a algunos; profundizar en qué modo la vida consagrada, las asociaciones laicales, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades puedan poner sus carismas al servicio de la comunión y de la misión en las Iglesias locales; poner en marcha lugares e instrumentos adecuados para promover encuentros y formas de colaboración con espíritu sinodal por parte de las Conferencias Episcopales y las Conferencias de las Superioras y de los Superiores Mayores de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica».

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