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Madrid sella la fase diocesana de la beatificación de Carmen Hernández, «bandera de santidad» para la Iglesia y el Camino

La ceremonia estuvo presidida por el cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, poniendo fin a diez años de exhaustiva recopilación documental

El seminario Redemptoris Mater de Madrid fue testigo ayer martes de un hito para el Camino Neocatecumenal: la clausura de la fase diocesana en la causa de beatificación y canonización de la sierva de Dios Carmen Hernández Barrera. La ceremonia estuvo presidida por el cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, poniendo fin a diez años de exhaustiva recopilación documental, quien subrayó la vigencia de un carisma que nació entre los pobres y se ha extendido por los cinco continentes.

La universalidad de la figura de Carmen se hizo patente en la fisonomía del auditorio, que reunió a más de 500 hermanos del Camino de Madrid y delegaciones de ciudades como Roma, París, Florencia y Lisboa. El eco de su misión resonó especialmente con la presencia de numerosos catequistas itinerantes llegados de lugares tan distantes como Australia, China, Rusia, Kazajstán y Burkina Faso, evidenciando que el legado de la sierva de Dios no conoce fronteras geográficas. El acto comenzó con un emotivo responso ante su tumba, donde el arzobispo y el equipo internacional rindieron tributo a quien, en sus propias palabras de 1962, afirmaba: «Jesús, creo en tu amor, y esto es mi descanso».

La magnitud del proceso queda reflejada en las cifras aportadas por el postulador de la causa, Carlos Metola. Un total de 70 cajas, con un peso de casi siete kilos cada una y un contenido global de 84.000 folios, parten ahora hacia el Dicasterio para las Causas de los Santos en Roma. Según Metola, este ingente material documenta «52 años de vida trepidante evangélica de Kiko y de Carmen», donde han quedado recogidos «el amor de Carmen a la Eucaristía, a la Virgen María, y un celo especial». El postulador destacó que la «fama de Carmen está en aumento», con más de 120.000 personas de 107 naciones que ya han pasado a rezar ante su tumba.

Por su parte, Kiko Argüello, coiniciador del Camino y compañero de misión de Hernández durante más de medio siglo, ofreció un testimonio de honda gratitud, definiendo a Carmen como «una teóloga en constante investigación y búsqueda». Y no dudó en afirmar la centralidad de su figura en la gestación de esta realidad eclesial: «Sin ella, el Camino Neocatecumenal no existiría. ¡Qué enorme ayuda para el Camino ha sido Carmen! Ella nos ha traído las riquezas del Concilio Vaticano II, de la Vigilia Pascual, de las raíces judías del cristianismo». Para Argüello, su extraordinaria inteligencia espiritual fue puesta «con generosidad al servicio del Camino» para transmitir con entusiasmo «la novedad del Concilio».

El relato de su vida misionera revela una mujer cuyo destino fue moldeado por la obediencia a la Iglesia. Aunque Carmen «quería irse con los mineros de Bolivia» o trabajar en los barrios más humildes de Barcelona, Argüello recordó que «Dios la estaba esperando en Palomeras», en las barracas madrileñas. Allí comprendió que Jesucristo «servía para los pobres» y, tras el encuentro providencial con el entonces arzobispo Casimiro Morcillo, decidió colaborar definitivamente en la misión. Según Kiko, Carmen amaba a la Iglesia de manera «incondicional» y poseía un «amor escondido a Cristo», que fue el motor real tras el éxito de la evangelización.

Kiko resaltó asimismo la humildad de quien fuera su colaboradora, calificándola como una mujer excepcional que «se ha negado a sí misma para mostrarme a mí». Conmovido, explicó ante los presentes que ella «aceptó permanecer en un segundo plano por el bien de los hermanos del Camino», añadiendo con rotundidad que «solo por eso ya la podrían beatificar». Esta renuncia personal permitió que el carisma floreciera como una obra del Espíritu Santo que, según recordó el coiniciador, «ha salvado a miles de familias, y ha dado tantas vocaciones a la Iglesia».

Durante la ceremonia, el postulador compartió también testimonios contemporáneos de la «fama de santidad» de Carmen, incluyendo relatos de personas ajenas al Camino. Se citó el caso de una mujer embarazada que, ante el riesgo de perder a su hijo, recurrió a la intercesión de Hernández tras oír que era una «experta en embarazos». Según el relato, la mujer rezó a Carmen «cuando iba al hospital y, finalmente, el niño se ha salvado», un ejemplo de las numerosas noticias de «gracias recibidas» que llegan constantemente y que alimentan la devoción tanto de mayores como de «tantísimos jóvenes».

Desde el Vaticano, el cardenal Kevin Farrell, prefecto del Dicasterio para la Vida, la Familia y los Laicos, se unió a la celebración mediante una carta en la que definió a Carmen como un «ejemplo de vida cristiana, de fe, de amor a la Iglesia». Farrell invitó a los fieles a profundizar en un patrimonio espiritual marcado por su «carácter franco e incapaz de fingir» y su «amor tierno y apasionado por Cristo, considerado como el esposo de su propia alma». El cardenal instó a que, siguiendo su ejemplo, se haga que «den fruto en abundancia las numerosas semillas que ella sembró en su generoso apostolado».

El rigor del proceso judicial se escenificó con la firma del decreto de clausura y el juramento de los miembros del tribunal y el postulador, quienes se comprometieron a «guardar el secreto de oficio» tras haber cumplido la tarea encomendada. El sellado y lacrado de la última caja de documentos se realizó ante la asamblea, simbolizando el paso de la causa a su «etapa romana». Este proceso técnico fue vivido como una «gran fiesta para todos los hermanos» y un reconocimiento a una mujer que, según los documentos recopilados, se «gastó y desgastó por el Evangelio» a lo largo de décadas de itinerancia.

Por su parte, el cardenal José Cobo cerró el acto instando a la comunidad a no ver este proceso como un simple trámite, sino como una llamada personal: «Hoy cerramos el paso diocesano que empieza siempre y se inicia en cada uno de nosotros y que desde el Bautismo va dejando huella». El purpurado agradeció la «devoción y entrega» de los participantes, señalando que «la santidad nos rodea, camina con nosotros y es un proceso en el que estamos convocados». Su intervención concluyó con un deseo que resonó en todo el seminario: «Gracias a los que soñamos con que la santidad siga siendo la bandera de nuestra Iglesia».

El acto finalizó con el canto «Están rotas mis ataduras», una pieza musical compuesta por el propio Argüello y estrechamente vinculada a la biografía espiritual de Carmen. Mientras los presentes entonaban los versos, se hacía memoria de la mujer que encontró en el sufrimiento una vía de unión con la divinidad, como dejó escrito en sus diarios: «La alegría de sufrir un poquito por Jesucristo me hace cantar». Con el lacrado de las actas y la bendición final, la Iglesia de Madrid entrega a Roma la memoria de una vida que, según sus contemporáneos, fue un regalo de «inteligencia espiritual» para la cristiandad moderna.

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