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Mi maestro de mirar las nubes

Desde la ventana del salón se ve una pared metálica gris bastante fea, es del polideportivo que hay enfrente de casa. Afortunadamente, a la izquierda hay una plaza grande, con un parque infantil y bastantes árboles. Los edificios que rodean la plaza no son muy altos, de dos o tres plantas, así que la vista es amplia. Se ven los tejados y la inmensidad del cielo. Y si te pegas al cristal, más a la izquierda, se ven tres de las Cuatro Torres -o cinco, la quinta desde esta perspectiva, tampoco se ve-. La vista sí alcanza la luz verde que parpadea en el piso 33 de una de ellas, en señal de la capilla que alberga detrás. No es la vista más bonita de Madrid, ni mucho menos, tampoco la más fea. Además la amplitud, de la que sí gozamos, se cotiza muy alto.

Pocas veces me paro a mirar por la ventana para ver qué niños hay en el parque -el jaleo delata su presencia sin necesidad de mirar- si hay ancianos pedaleando en la terraza de la residencia o si está atascada la calle Sinesio Delgado, que también se ve al fondo. Hasta el otro día no le solía dedicar mucho tiempo, más allá de la comprobación antes de salir de si llueve o no, o si los vecinos han salido con chaqueta o ya bajan en manga corta.

Pero a mi hijo sí le gusta mirar. Puede pasar mucho mucho rato observando, muy tranquilo, con una sonrisa de vez en cuando, o incluso una carcajada si hay niños jugando en los columpios. El otro día decidí contarle lo que veía con el máximo detalle del que fui capaz, como me pedían en los exámenes orales de inglés en el colegio: la pared gris del polideportivo, las bicicletas estáticas que asoman por una ventana alta, los coches aparcados, los contenedores de basura cada uno con su color, las personas que pasan por ahí, la residencia de ancianos, las copas de los árboles que se mueven con el viento, el columpio naranja para niños con discapacidad motora, los áticos de enfrente… y las nubes, blancas y con ondas, como las que aparecen en los cuentos infantiles.

Al día siguiente otra vez: la pared gris del polideportivo, las bicicletas estáticas, los coches, los contenedores, la residencia, las copas de los árboles, el columpio… -(¡por qué le gustará tanto, si es lo mismo que ayer!)- y de repente ¡las nubes! Las nubes no son como las de ayer, esta vez parecen láminas de algodón perfectamente cortadas, grises por arriba y un rosado que desvela el atardecer. Desde la ventana del salón se ve una pared metálica gris bastante fea y la inmensidad del cielo. Y basta mirar con un poco de atención para darse cuenta de que el azul imponente, las nubes rosas, grises o blancas, la luna por la noche nos gritan continuamente: «¡levanta la mirada! ¡estás rodeado de Belleza! ¡la vida es más grande de lo que hay en tu cabeza y toda esta inmensidad es para ti!» Mirando esas nubes nuevas le abrazo y le susurro: «esas nubes, como toda la creación, son para ti»

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