El sacerdote ve legítimas muchas de las peticiones de los estudiantes, lamenta los saqueos de bandas organizadas y critica que la derecha clásica se sume a la ultraderecha al culpar a los migrantes de la violencia
Francia vive desde principios de octubre una oleada de protestas que empezó en institutos y universidades y que se ha extendido a la queja por el coste de la vida, con disturbios y saqueos durante el fin de semana y toques de queda nocturnos en París y otras ciudades desde el lunes. El misionero claretiano Miguel Tombilla vive en el distrito 16 de la capital, donde acompaña a una comunidad bilingüe de lengua francesa y española, y a través de los fieles que llegan a su parroquia desde toda la ciudad conoce de cerca el dolor y la indignación que dejan estos días.
– Más allá de las imágenes que llegan por televisión, ¿cómo se está viviendo todo esto en el día a día de la ciudad y de su parroquia, y qué le cuenta la gente que se acerca a ella?
– En el barrio en el que vivimos no se nota demasiado porque es el distrito 16 y aquí casi no llega nada de los disturbios que vive la ciudad. Estamos muy cerquita del Arco del Triunfo, pero también lo suficientemente alejados para que aquí no llegue nada. En general, sí que se nota un ambiente un poco raro, tenso. En la parroquia lo notamos más por las personas de habla española que vienen de muchos lugares de París. Muchos de ellos vienen de lugares más alejados del centro o del centro mismo, donde están los disturbios, y ellos sí que nos cuentan mucho de lo que está pasando, y el dolor y la indignación, sobre todo por las bandas organizadas que destruyen y saquean muchas tiendas y también destruyen el mobiliario urbano.
Yo creo que es una violencia que está soterrada en la sociedad y que sale en estos momentos convulsos. Están las protestas de los estudiantes, con las que ha comenzado todo esto. Muchas de sus peticiones son legítimas y ya se han abordado algunas de ellas, aunque no todas. Ahora se han unido otras realidades, como los chalecos amarillos, y sobre todo esa protesta por «la vida cara», que no deja de ser cierto. Hay otros colectivos, como bomberos o enfermeros, que también salen a la calle. Todo expresa un malestar y tienen razones para demandar soluciones. Otra realidad es la violencia de la calle, de la que muchos o casi todos se desvinculan.
– ¿Qué está haciendo la Iglesia estos días sobre el terreno, y cómo está respondiendo la gente a esa presencia?
– El arzobispo de París ha sacado una pequeña nota condenando la violencia y pidiendo también soluciones para los problemas reales por los que mucha gente se está movilizando. Nosotros somos una comunidad bilingüe (francesa y de lengua española) y en todas las eucaristías seguimos pidiendo por la paz y la solución pacífica de todos los problemas. Yo creo que la Iglesia siempre aporta esta nota pacificadora, que también ha quedado presente después de la visita de León XIV a este país.
– ¿Cree que estas protestas son la expresión de un malestar más profundo que se venía acumulando desde hace tiempo, y de dónde diría que nace?
– Sí, las protestas son la manifestación de un malestar que está presente no solo en Francia, sino también en Europa, como también lo estamos viendo. Un malestar y una polarización que lleva a posturas demasiado extremas. Tanto la ultraderecha como la ultraizquierda están aprovechando este caos y esta violencia inusitada para hacer valer argumentos falaces por ambos lados. Me preocupa mucho sobre todo el auge de la ultraderecha y cómo a la zaga le sigue la antigua derecha, culpabilizando a los migrantes de mucha parte de la violencia que se está viviendo. Es un argumento que estamos ya acostumbrados a escuchar a la ultraderecha, pero en labios de la derecha más clásica todavía suena más escandaloso. Yo creo que aquí también la Iglesia estamos jugando un papel muy importante de intentar centrar las cuestiones y defender sobre todo la dignidad de todo ser humano y también, cómo no, de todas las personas, tengan o no procesos de regularización abiertos.
– ¿Qué necesita ahora Francia para recuperar la convivencia, y qué puede aportar la Iglesia en ese camino?
– Francia, como otros muchos países, necesitamos dejar la polarización a un lado y empezar a cultivar una vez más la democracia y sobre todo la defensa de todos los derechos humanos. Es una pena que el sueño europeo se vaya diluyendo a golpe de discurso o de decreto que viene de otros lugares y que ya está en el corazón mismo de esta vieja Europa. La Iglesia aquí sigue siendo una pieza clave para poder apaciguar y llamar al diálogo, tender puentes, pedir paz, sanar heridas y seguir apoyando a los más vulnerables, intentando generar palabras y gestos de concordia y de justicia contra la mentira que acusa siempre a los que menos tienen, a los más vulnerables. Seguir siendo lo que somos y hemos sido, lugares de puertas abiertas que crean hogar y reconocen la diversidad como algo muy positivo. En esta parroquia sabemos mucho de eso porque estamos personas de muchas nacionalidades y todos con experiencias migrantes, unas buenas y otras muy duras, pero que nos entendemos y vivimos una misma fe en la esperanza de un mundo mejor y más justo para todos.





