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Misas temáticas

La Misa de niños es una Misa normal, pero más larga.

Cuando Tolkien hablaba de los cuentos de hadas, rechazaba, en primer lugar, que fueran para niños. Al planteamiento de que los cuentos feéricos son para niños subyace el prejuicio, dice él, de que los niños son un tipo especial de criatura, como una raza aparte. 

En realidad, lo que pensamos comúnmente es que los niños son idiotas. Entonces, sentimos esa irrefrenable necesidad de infantilizarlo todo. También la liturgia. Se considera erróneamente que los niños son incapaces de experimentar la trascendencia, o la solemnidad, o la severidad del Evangelio. Disney, aún en la década de los 90, fabricaba películas de la más fina factura, y de niños no éramos inaptos para percibir una belleza solemne y terrible que se nos escapaba de las manos y que llamábamos «la magia de Disney». Hoy, las películas de Disney son entretenidas, pero tienen poca magia. Lo infantil parece una vez más enemigo de la infancia. Creemos que los niños son idiotas. Y la liturgia se vuelve, con suerte, entretenida, pero irrelevante. Y el resultado es una liturgia larga y tan poco significativa que no sobrevive a la adolescencia. 

Hoy, a los niños no se les deja solos. Se pierden una parte importante de su educación, que es la de asumir progresiva y ordenadamente el polo negativo de la existencia. Uno de los síntomas cruciales de la crisis de Occidente, dice don Gregorio Luri, es que los niños tienen las rodillas impolutas. Ni van a los entierros ni a los hospitales, digo. Nadie les ha explicado bien el pecado, la muerte y la soledad. Antes, los niños se enfadaban ante un suspenso, hoy miran el suspenso con incredulidad; pronto, ninguno suspenderá en absoluto.

Les enseñamos que Jesús, el Kyrios, el Hijo del Dios vivo, es el Jesusito de mi vida. Y, claro, cuando dejan de creer en el Ratoncito Pérez, dejan también de creer en Jesús.

Cada día tengo ocasión de comprobar, en el ejercicio de la docencia, que nos vamos haciendo más idiotas cuanto más nos alejamos de la infancia, al menos en las cosas espirituales. La infancia es idónea para entender el Evangelio sin glosa.

Las Misas de niños, si se me permite, como está suficientemente demostrado en la práctica pastoral de los últimos cincuenta años, que computa como medio siglo, no son más que para agradar a los adultos; pero más largas, eso sí.  

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