La ponencia correspondiente al cuarto y último itinerario del Congreso Nacional de Vocaciones 2025 ha corrido a cargo de María Consolación Isart
La ponencia correspondiente al cuarto y último itinerario del Congreso Nacional de Vocaciones 2025, «Misión», ha corrido a cargo de María Consolación Isart. La autora ha arrancado su exposición destacando «la pasión por evangelizar» como algo que nos apela e invita a reflexionar sobre nuestra responsabilidad como cristianos. La pregunta inicial que surge es: «¿Por qué evangelizar?» La respuesta, a su juicio, es clara: la Iglesia tiene la obligación de anunciar a Jesucristo a todos los pueblos, tal como se nos recuerda en el mandato de Jesús: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio».
Sin embargo, pese a esta rotundidad evangélica es fundamental que cada uno de nosotros reconozca su papel como misionero. Isart ha citado una encuesta reciente que reveló que un 72 % de los católicos nunca había intentado hablar de su fe, lo que la ha llevado a cuestionarse si estamos contagiados por el relativismo que nos rodea. A pesar de ello, el mensaje de Pedro sigue vigente: «No hay salvación en ningún otro».
La evangelización, por tanto, no es solo tarea de la jerarquía eclesiástica; todos los bautizados somos parte de esta misión. La historia de la Iglesia nos muestra que la actividad misionera brota del dinamismo de la fe, donde la mayoría de los evangelizadores eran laicos. La evangelización se realiza en la cotidianidad, en el hogar, en el trabajo, y no necesariamente en grandes eventos. Y ha sustentado sus tesis en un ejemplo conmovedor de aquella catedral alemana que, tras ser bombardeada, fue restaurada, pero con una nueva inscripción: «Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros». Esto, a juicio de la autora, nos recuerda que la nueva evangelización depende de nosotros.
La pasión por evangelizar «surge de la experiencia personal con Cristo». «No es lo mismo —ha afirmado— haber conocido a Jesús que no conocerlo», y esta vivencia nos impulsa a compartirlo con otros. La Iglesia crece por atracción, y ahí es donde cada nuevo cristiano tiene la responsabilidad de transmitir su experiencia. La historia está llena de ejemplos de personas que, con poco conocimiento, lograron llevar a muchos a Cristo. Porque la evangelización no es un adorno para la vida, sino una responsabilidad ineludible. San Juan Crisóstomo nos recuerda que «¡Cristiano, tendrás que dar cuenta del mundo entero!».
Como no podía ser de otra manera, ha proclamado que la evangelización se dirige especialmente a los jóvenes, quienes tienen el potencial de transformar la sociedad. Sin embargo, en este contexto es crucial que se les presente un «ideal atractivo». La educación en la oración es fundamental, ya que «no se puede dar a conocer a Dios únicamente con palabras», y hay que dar a los más jóvenes formas de conectarse con Dios y prepararles para llevar su mensaje a otros. Además de la oración, la acción emerge también como algo esencial, pues no basta con charlas y buenos consejos, sino que debemos «educar la voluntad de los jóvenes» para que actúen en consecuencia.
El acompañamiento, como se ha visto a lo largo de todas las ponencias, es otro aspecto clave. Como es sabido, el papa Francisco nos invita a ser «personas-cántaros» que den de beber a los demás, y en este sentido, la amistad es el medio más eficaz para llevar el amor de Dios a otros. Este apostolado se realiza uno a uno, con paciencia y respeto, siguiendo el ejemplo de Jesús. La evangelización no busca resultados inmediatos, sino que se basa en la confianza en que Dios actúa en cada corazón.
Además de todo lo anterior, el recurso a la historia ha servido a la autora para demostrar que las minorías creativas siempre han podido cambiar el rumbo de la sociedad. Ejemplos como el de san Benito y otros santos supieron generar comunidades que preservaron y transmitieron la fe en tiempos difíciles. Por tanto, es importante no confundir ni contaminar la evangelización con conceptos empresariales, sino entenderlos como un proceso profundo que requiere tiempo y dedicación. La Virgen María, como madre evangelizadora, nos acompaña en esta misión, recordándonos que no estamos solos.
Por último, Isart ha concluido con mucho optimismo que la secularización del mundo no es irreversible. Si todos nos convertimos en apóstoles de apóstoles y forjamos una minoría santa, podremos transformar la sociedad, siendo testigos de la alegría que supone seguir a Jesucristo.








