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Monseñor Cerro Chaves, en la Misa del Corpus en rito hispano-mozárabe: «Es Dios en nuestras calles, caminando con nosotros»

La liturgia, celebrada en la capilla del Corpus Christi, ha incluido la ancestral fracción de la sagrada forma en nueve partes, una tradición que se remonta a la época visigoda

Para el visitante fortuito, la ciudad de Toledo suele florecer ante sus ojos como un museo estático de granito y caliza. Sin embargo, cada año, 60 días después del Domingo de Resurrección, la antigua capital imperial abandona su rigidez pétrea para transformarse en una «liturgia urbana» de enorme riqueza simbólica. En este 2026, la celebración del Corpus Christi complementa la máxima solemnidad religiosa con una convergencia histórica, la que va del VIII Centenario de la Catedral Primada y la presencia del papa León XIV en territorio español.

La importancia de este año fue subrayada por monseñor Alejandro Arellano Cedillo, arzobispo decano de Tribunal de la Rota Romana, durante el pregón del Corpus Christi, pronunciado el pasado 22 de mayo en Toledo. En el claustro de San Pedro Mártir, Arellano definió la efeméride como el abrazo de tres momentos eternos: «800 años de la Catedral Primada, cielo hecho piedra; 100 años de la coronación de la Virgen del Sagrario, cielo hecho rostro, y el Corpus, cielo que camina en la tierra». El pasado domingo, el propio monseñor Arellano Cedillo ejerció como «enviado especial del papa León XIV en la solemne procesión» celebrada para conmemorar el centenario de la coronación de la sagrada imagen de la Virgen del Sagrario, ubicada en la capilla que lleva su nombre de la Catedral Primada. Para el pregonero, el Corpus no es un mero discurso, sino el «latido compartido de generaciones de toledanos» ante la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Hoy, 4 de junio, la solemnidad ha alcanzado su cénit con la solemne Misa en rito hispano-mozárabe, una reliquia litúrgica que Toledo custodia con celo. Presidida por el arzobispo primado, monseñor Francisco Cerro Chaves, la ceremonia ha servido para reivindicar la vigencia del sacramento en un mundo fragmentado. En su homilía, el prelado ha glosado el magisterio del papa León XIV, describiendo la Eucaristía como un «sacramento de comunión» que exige «ponerse siempre en el lugar del otro». Cerro Chaves ha recuperado el concepto de «asombro eucarístico», una idea que ya resonó en el pregón de mayo, cuando Arellano recordaba el «estupor, el estremecimiento, la maravilla» de ver la custodia desfilar por las estrechas calles. Para el arzobispo, este asombro es «maravilla descubrir el vivir en ese asombro porque es Dios en nuestras calles, es Dios caminando con nosotros». Además, ha enfatizado la dimensión social de la fe, instando a una «vivencia profunda de lo que significa no descartar a nadie» y un apoyo incondicional a la vida y a los más pobres. La liturgia, celebrada en la capilla del Corpus Christi, ha incluido la ancestral fracción de la sagrada forma en nueve partes, un gesto que subraya la singularidad de una tradición que se remonta a la época visigoda y que sobrevive bajo el amparo de la Primada.

La relación entre Toledo y el Corpus Christi es ya, en términos históricos, indisoluble. Sobre los cimientos de la primitiva catedral visigoda, el rey Fernando III el Santo y el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada colocaron en 1226 la primera piedra del templo actual, iniciando un emporio de fe que hoy celebra ocho siglos de existencia. Instituida por Urbano IV en 1264 mediante la bula Transiturus, la solemnidad adquirió en la ciudad un carácter singular desde finales del siglo XIII. El epicentro es, sin duda, la catedra, que no solo acoge la fiesta, sino que, como destacan desde la Primada, «la engendra, la ordena y la custodia». El corazón teológico del cortejo es la Custodia de Enrique de Arfe, una pieza maestra de la orfebrería labrada entre 1515 y 1523 por encargo del cardenal Cisneros, que este año volverá a recorrer los dos kilómetros de calles cubiertas por toldos y hierbas aromáticas. El orden procesional es un reflejo de la estructura espiritual y social de la ciudad. Cofradías históricas como la Hermandad de la Santa Caridad (fundada en 1085) y el Gremio de Hortelanos —el único gremio medieval aún activo en Toledo— preceden al Cabildo Catedralicio y a la Cruz del cardenal Mendoza, símbolo del Primado de España.

Más allá de la solemnidad del incienso, Toledo despliega una pedagogía visual que hunde sus raíces en la Contrarreforma. Un elemento fascinante y desconcertante es la Tarasca, esa criatura monstruosa, mitad dragón y mitad serpiente, que desfila en la víspera con una figura femenina rubia sobre su lomo, identificada tradicionalmente con Ana Bolena. Como señalan las crónicas históricas locales, la Tarasca no es un simple divertimento, sino un instrumento de enseñanza colectiva: «El monstruo representaba el mal, el pecado, la herejía y las fuerzas caóticas derrotadas por la presencia triunfante de Cristo». La figura de Bolena, símbolo del cisma anglicano, aparece así «derrotada y ridiculizada ante los ojos de la multitud», reafirmando la victoria de la ortodoxia católica sobre la división religiosa. A través del folklore, la Iglesia transmitía al pueblo ideas complejas para advertir que el pecado siempre está acechante, pero el orden se restaura mediante la Eucaristía.

Todo este despliegue simbólico se traduce al mundo de hoy en un imperativo ético que monseñor Cerro Chaves ha querido subrayar con firmeza. La Eucaristía, en el contexto toledano de 2026, no se entiende como un refugio espiritual privado, sino como un juicio sobre la realidad social. «No podemos adorar a Cristo en el sagrario y despreciarlo en el pobre o en el inmigrante», advirtió el pregonero Arellano, una tesis que el arzobispo ha reforzado al vincular la caridad con la fe: «Una Iglesia cercana a los pobres es una Iglesia que demuestra su fe». En un mundo marcado por la «dictadura del relativismo» y una «economía que mata», el Corpus Christi de Toledo vuelve a plantarse como una resistencia contra el nihilismo. La lógica eucarística exige que la vida se convierta en donación, asumiendo el «dolor y la marginación de los otros como propios», pues, en palabras del monseñor Cerro Chaves, cada ser humano es «tierra sagrada» ante la cual debemos despojarnos de todo prejuicio y dominación.

Los actos religiosos continuarán con rigor durante los próximos días. Mañana, 5 de junio se celebrará la Santa Misa y la exposición del Santísimo Sacramento para su adoración en la Catedral, culminando con vísperas y bendición por la tarde. El sábado, tras la adoración diaria, tendrán lugar las primeras vísperas y la Santa Misa de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, presididas por el deán de la Catedral, quedando el domingo como día grande, con la solemnidad del Corpus Christi en rito romano, incluyendo una procesión del Santísimo Sacramento por las naves del templo primado y las calles de la ciudad.

Mientras Toledo se recoge en su tradición, el resto de la catolicidad mira hacia la capital de España, donde el papa León XIV presidirá una multitudinaria Misa de Corpus Christi en la plaza de Cibeles, seguida de una procesión por las calles madrileñas. Como no podía ser de otra manera, esta visita también será recibida con expectación en Toledo. En su homilía de la Misa de Corpus Christi en rito hispano-mozárabe, monseñor Cerro ha asegurado que el país acogerá al Santo Padre «con el corazón abierto», vinculando el mensaje de unidad del Papa con la esencia misma del Corpus toledano. En definitiva, Toledo vuelve a demostrar que su Corpus Christi no es solo una «arquitectura efímera de fe y belleza», sino una declaración de principios. Como advirtió monseñor Arellano en su pregón, «un pueblo que pierde el amor por la Eucaristía, termina perdiendo el alma». En este 2026, la ciudad parece decidida a seguir conservando la suya con el vigor de los últimos ocho siglos.

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