«Vestidos como pastores / o como acompañantes de los Magos / vamos a Belén hablando de amor y de paz, / pero escondemos / bajo nuestro manto / un kalashnikov bien engrasado». Son unos potentes versos del poeta italiano Giovanni Angelo Abbo, muerto en 1994.
Es curioso que el poema se titule Navidad 1987, ese tiempo en el que, entonces como ahora, se habla de paz cuando nuestro planeta está manchado con la sangre derramada por las múltiples guerras que se extienden por su superficie. Mientras, la Navidad tradicional continúa con sus coreografías publicitarias, su despliegue de luces y regalos y sus rituales comerciales. Evidentemente, incluso este aspecto externo, en una época en la que se tiende a borrar todo símbolo o recuerdo religioso, tiene su significado. Con la guerra enquistada en Ucrania, con el flujo ininterrumpido y no pocas veces trágico de refugiados, con la masacre de Hamas y con los terribles bombardeos sobre una Gaza que se ha convertido en un cementerio de niños, no podemos, como cristianos, abandonarnos sin más a los regalos, a los dulces, a la iluminación y a las cenas ostentosas.
Y, por eso, se hace necesario volver a proponer una escena navideña evangélica muy conocida, pero a la vez olvidada: la de Cristo refugiado en Egipto con sus padres. Contrariamente a la alegre retórica navideña, el relato evangélico del nacimiento y la infancia de Cristo en los 48 versículos de los dos primeros capítulos del Evangelio de Mateo está cuajado de sufrimiento. Porque Jesús nace en un establo-cueva; no le acomodan en una cuna, sino en un pesebre; enseguida es amenazado por Herodes y se ve obligado a huir a tierra extranjera para no terminar bajo la espada que elimina a los recién nacidos de Belén, en lo que se conocerá como «la masacre de inocentes», tan actual también en nuestros días. La sombra de la cruz se proyecta ya sobre los primeros días de su vida. Así, resulta significativo que la escuela artística rusa de Nóvgorod, en los iconos de la Natividad de Cristo a partir del siglo XV —seguida también por el arte occidental—, haya representado al Niño envuelto en paños funerarios y colocado en una cuna con forma de sepulcro.
Ya crecido, ese mismo Niño en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, seguramente habrá escuchado una de las tantas descripciones bíblicas marciales como esta: «Ruido de látigo, estrépito de ruedas, galope de caballos, brincos de carros, asalto de caballería, brillo de espadas, fulgor de lanzas, heridos sin cuento, montones de muertos, cadáveres sin fin, tropiezan en cadáveres». Es el profeta Nahún, quien, alrededor del 612 a.C., relata una escena de guerra. Hay muchas páginas similares en las Sagradas Escrituras. Para comprenderlas, es necesario reiterar la cualidad histórica de la Revelación judeo-cristiana que en la Biblia se presenta no como una secuencia abstracta de tesis teológicas especulativas, sino como una concreta «historia de la salvación». Dentro de los acontecimientos humanos —muchas veces marcados por el pecado, la injusticia, la violencia o el mal—, está la presencia y la obra de Dios, que, progresiva y pacientemente, busca conducir a la humanidad hacia un nivel de vida más puro, justo y pacífico. El culmen se encuentra en ese Niño hecho adulto que proclamará «bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mateo 5, 9), en el espíritu del shalom, la «paz» mesiánica.
El profeta Zacarías presentaba un retrato del Mesías no como un líder, sino como un rey pacífico que se presenta en un asno y no en un caballo, cabalgando una montura civil y no bélica: «¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos» (9, 9-10).
Isaías celebraba de esta forma la era mesiánica en un texto que la tradición cristiana ha aplicado al nacimiento de Jesús: «Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada de sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz”. Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre» (Isaías 9, 4-6).
Es paradójico, pero la tan criticada «ley del talión» («vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano…», Éxodo 21, 23-25) se basaba en la proporcionalidad entre ofensa y castigo según la justicia retributiva. Ahora, sin embargo, el método adoptado en la guerra es el de la venganza total, como proclamó Lamec, descendiente de Caín: «A un hombre he matado por herirme, y a un joven por golpearme. Caín será vengado siete veces, y Lamec setenta y siete» (Génesis 4, 23-24).
Sin embargo, Cristo trastocará esta visión invitando al perdón «hasta setenta veces siete» (Mateo 18,22) y procederá a la elección radical del amor al enemigo hasta casi transformar la hostis en hospes e introducir el principio de la no violencia: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mateo 5, 43-44).
Esta es la lección que nos da la Navidad y ese símbolo tradicional y popular que es el Belén. Este año celebramos el octavo centenario de aquella noche de Navidad de 1223 en la que San Francisco de Asís, en la localidad de Greccio, reconstruyó la escena de la Natividad de Cristo en Belén. El mensaje de paz y de amor que el Santo quiso expresar a través de ese símbolo debe resonar todavía hoy en nuestras familias y en nuestras ciudades secularizadas.







