Luz tenue, frío en la calle, paredes blancas, un sonido de fondo de latidos cardiacos constantes a gran velocidad; resuellos y jadeos, sudor y lágrimas, dolor, cansancio extremo, descanso entre contracciones, emoción, incertidumbre, nervios, curiosidad… Nos encontramos en pleno proceso de parto, esperando a que en cualquier momento nazca el bebé. Ese instante tan anhelado del encuentro personal de los padres con su hijo amado, todavía al otro lado de la piel tras nueve meses de expectación.
Observamos la figura del padre, que se acerca para animar a la madre entre contracciones; un calor de acogida y servicio, de protección paternal que custodia a la familia. ¡Cuánto la ama y admira a ella, que está abriéndose a la vida!
Vemos a una madre fatigada, agotada, que cree no poder más, pero que, aunque sin fuerzas, sigue empujando deseosa de conocer a su hijo. Es una mujer fuerte, decidida, que ofrece su dolor e incomodidad para acoger al don concedido. No sin miedo e incertidumbre, pero alentada por saberse afortunada ante la gran misión de la maternidad, puerta de acceso de la vida humana al mundo.
Acompaña a esta imagen una matrona silenciosa, quien con sus manos delicadas va dando directrices para seguir con el extenuante trabajo de parto. Se siente una espectadora privilegiada por vivir su vocación al servicio de la familia, velando para que la llegada de la criatura acontezca sin incidentes.
Aparecen los distintos miembros del equipo sanitario, que como ángeles van aportando lo mejor de sí para que el nacimiento transcurra de la forma más cálida y segura posible.
Las contracciones se suceden una detrás de otra. Cada vez son más intensas y prolongadas; el bebé está ya muy cerca. La matrona prepara el material necesario y anima a la parturienta a empujar cuando llegue el pico máximo de la contracción. Tras unos minutos de esfuerzo y de gran emoción, se oye un llanto explosivo. El pequeño acaba de nacer y es colocado al calor del regazo de su madre. Las lágrimas brotan y la sonrisa no puede ocultarse. Un nuevo ser humano ha nacido al mundo con una misión que solo Dios conoce.
El padre no puede contener su alegría al ver a su hijo por primera vez y rodearlo con sus brazos protectores. La madre, aunque extenuada, se siente reconfortada en todo su ser por la nueva criatura. La matrona expresa su satisfacción tras el feliz acontecimiento. Un momento especial que cada día viven las matronas en el paritorio. Su cercanía y confianza aporta seguridad a las familias en la emocionante llegada del nuevo hijo. Y es que el parto es un acontecimiento natural y humano, en donde lo físico y lo divino se encuentran. Esto debió de ser lo que sucedió en la cueva de Belén hace más de dos mil años y que los cristianos celebramos esperanzados cada Navidad.
Un nuevo hijo nace entre sangre y agua, así como nació del costado de Cristo la Iglesia, y es acogido en la familia como un ser particular, único e irrepetible. ¡Qué gran tesoro es la familia que hasta el mismo Dios quiso crecer en una, como reflejo de la Trinidad, de amor eterno en la tierra!
El padre es figura de san José, custodio y protector de todos. La parturienta es imagen de María, que tras su Sí al ángel recoge el don entregado y lo comparte. Los profesionales que pululan alrededor son los ángeles y pastores que presencian esta bella estampa y ofrecen su ayuda continua. La matrona es como aquella mula y aquel buey, que con su calor corporal, cuida al que llega indefenso y necesitado de cuidados. El bebé es imagen de Jesús naciente, que con su llegada interrumpe el silencio de la noche y anuncia con su llanto de recién nacido la buena noticia de la salvación.
Un año más celebramos que Dios es amor y que ama a sus hijos con locura, con la locura del pesebre y la locura de la cruz; que su presencia acontece en lugares tan cotidianos como un paritorio. Donde, entre llantos y sollozos, cada nueva vida nos recuerda que Dios todavía sigue derramando la luz del Evangelio en la acogida y entrega de la familia.








