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«No sabéis que Dios ha escogido a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que Él ha prometido a quienes le aman?» (Jm 2,5)

El Magnificado es la oración que el Evangelio pone en boca de María cuando éste recibe el saludo de su prima Isabel y le dice que es bendecida entre todas las mujeres y es bendecido el fruto de sus entrañas (Cf. Lc 1,42 ). María, que era pobre en este mundo, que proclama que Dios exalta a los humildes y llena de bienes a los pobres, fue hecha rica en la fe y heredera del Reino, la primera en serlo, ya que fue la primera entre los discípulos.

María es venerada en nuestro pueblo bajo múltiples advocaciones. Cuesta encontrar una población que no tenga, ya sea su parroquia, un santuario o una ermita dedicados a la Virgen. María forma parte de la raíz de nuestra fe porque ella se nos hace cercana, la tenemos exactamente «en la puerta de al lado», como la primera de aquellos santos anónimos de los que habla el papa Francisco (Cf. Gaudete et exultate , 6-9).

Tenemos una Virgen María para cada lugar de nuestra geografía y tenemos una, la devoción a la que nos une a todos los catalanes y traspasa fronteras: Nuestra Señora de Montserrat. Estos días, precisamente, se inician los actos del milenario del Monasterio de Montserrat. Sin duda, costaría encontrar a alguien que no haya estado nunca en Montserrat, de niño, de joven o de mayor; ya sea una vez por año o una vez en la vida; con regularidad o de forma puntual. Por una feliz coincidencia, este milenario coincide con el año jubilar 2025. Tanto una como otra celebración nos deben servir para profundizar en nuestra fe, para girar de nuevo nuestra mirada hacia Cristo y su madre María y redescubrir en Él aquél que es el único mediador (Cf. Lumen gentium, 8), y en ella aquella en la que su maternidad hacia los hombres manifiesta la virtud de la única mediación de Jesucristo. Aquella que no estorba, sino que favorece la unión con Jesucristo. (Cf. Lumen gentium , 60).

Este domingo es, de nuevo, una buena ocasión para girar los ojos hacia María, bajo la advocación que cada uno de nosotros tenga por más cercana, la cual forma parte de la identidad de nuestros pueblos y villas, bajo la advocación que une la fe de las iglesias que hacen camino por Cataluña. A María la tenemos siempre «en la puerta de al lado». Ponemos a su mirada nuestras preocupaciones y problemas, confiando en su poderosa intercesión. María nos une y nos acerca; nos une como pueblo de Dios que hace camino en estas tierras y siempre nos acerca a su Hijo y Señor nuestro, ella que fue la más cercana y la primera de los discípulos, y que fue nombrada por Cristo desde la cruz como nuestra madre .

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