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«No voy a decir adiós ahora»: El misionero español que planta cara al ébola y a la guerra en el Congo

El misionero español Francisco Ostos relata desde Ituri cómo la Iglesia se ha convertido en el único escudo frente a una nueva variante del virus y la violencia de las guerrillas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado como emergencia de salud pública de importancia internacional un nuevo brote de ébola en la región de Ituri, en República Democrática del Congo. Francisco Ostos, un misionero Padre Blanco que lleva 53 años en el país, atiende a Obras Misionales Pontificias (OMP) para alertar de la extrema gravedad de la situación: «Es el 17º brote de ébola que se da en el país, pero la particularidad esta vez es que se trata de una variante para la que no hay vacuna ni tratamiento».

La falta de recursos y el choque cultural complican la contención de la enfermedad. Ostos advierte de que las cifras oficiales se quedan cortas porque la población confunde los síntomas con malaria o meningitis, y las tradiciones locales multiplican los contagios. «Cuando hay un contagiado o muerto, no respetan el aislamiento y lo llevan a su pueblo para enterrarlo. Todo el mundo tiene que llorarlo, abrazarlo y limpiarlo… Y, naturalmente, es un foco de contagio increíble», lamenta el religioso.

Hospitales de la Iglesia

La infraestructura pública en la zona es prácticamente inexistente. En Mahagi, la ciudad de Ituri donde reside Ostos, el único hospital del Estado se encuentra en condiciones deplorables, sin medicinas ni capacidad de análisis. Ante este vacío, la Iglesia católica y la anglicana asumen el control de la crisis a través de cinco hospitales diocesanos, maternidades y ambulatorios. «Si los misioneros no estuviéramos aquí, esto sería como para que el pueblo se haga un ‘suicidio colectivo’», afirma.

Además de la atención médica directa, las 29 parroquias de la diócesis se han transformado en centros de prevención improvisados. A través de carteles, charlas en colegios y mensajes en las radios locales en diversos idiomas, se difunden pautas básicas de higiene, como el lavado de manos y la necesidad de cocinar los alimentos por encima de los 60 °C.

Estado de sitio

Pero el virus no es el único enemigo en Ituri. La población civil vive bajo un estado de sitio desde hace cinco años debido a las incursiones de cuatro grupos rebeldes. «Estos no matan con fusiles, matan con machetes», relata Ostos, describiendo cómo las guerrillas queman las chozas y saquean el ganado de los campesinos, obligándolos a hacinarse en campos de desplazados donde la falta de higiene fomenta las epidemias.

En medio del caos, las parroquias se han convertido en el único espacio seguro. «Cuando una persona va a las oficinas del Estado va a la defensiva, sabiendo que van a intentar aprovecharse de él. Pero cuando vienen a la parroquia saben que son atendidos como personas y que no se les va a explotar», explica el misionero.

«No voy a decir adiós ahora»

A sus 77 años, y tras haber sobrevivido a décadas de conflictos armados y anteriores epidemias, Francisco Ostos descarta por completo regresar a España. Su vocación nació a los 15 años, cuando escuchó en la radio el martirio de seis Padres Blancos en el Congo y decidió que él ocuparía su lugar; el destino quiso que terminara reabriendo la misma misión donde murieron sus predecesores.

«El misionero tiene que estar donde hay necesidades. Hemos pasado por mucho estos 53 años de guerra y otras epidemias, no voy a decir adiós porque ahora haya una cosa más que sea negativa», concluye, lanzando una última petición de ayuda y oración a los españoles para que el brote cese lo antes posible.

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