En el primer itinerario del Congreso de Vocaciones, José Luis Albares parte de la constitución dogmática Dei Verbum para identificar hasta quince arquetipos de llamada en la Sagrada Escritura
El primero de los cuatro itinerarios fijados por el Congreso Nacional de Vocaciones —Palabra, Comunidad, Sujeto y Misión— ha corrido a cargo de José Luis Albares, quien en su ponencia ha recordado el 60 aniversario de la promulgación de la constitución dogmática sobre la divina revelación, Dei Verbum, por el Concilio Vaticano II, un documento que supuso «una profunda relectura y renovación del concepto clásico de revelación en la Iglesia».
En su proemio, Dei Verbum establece que el Concilio busca «exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión», y, en opinión de Albares, este enfoque se puede relacionar con el pasaje de Marcos 3, 13-14, donde se narra cómo Jesús llama a sus discípulos para que estén con él y los envía a predicar. Esta conexión, prosigue, nos permite reflexionar sobre el significado de «estar con Jesús», la transmisión de la revelación y la llamada vocacional.
De esta forma, el primer objetivo de los discípulos es «estar con él» (Mc 3, 14a), no solo como una cuestión de proximidad física, sino de una relación profunda y amistosa. La Dei Verbum describe la revelación como un «diálogo amistoso» donde Dios se revela a sí mismo y se comunica con la humanidad: «Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor». La revelación, por tanto, no es un mensaje esotérico, sino una invitación a una relación personal del hombre con el creador. La fe cristiana se basa en este diálogo, donde cada creyente es llamado a reconocer que «soy amado-llamado, por eso existo».
En «la transmisión de la Revelación: envío para predicar», Albares afirma que, al darse, la revelación no puede quedarse en la intimidad de una relación cerrada con Dios; debe ser transmitida. Tomando nuevamente la autoridad de la Dei Verbum, afirma que «Dios benignamente… dispuso que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre». De aquí, resulta fácil deducir que la misión de la Iglesia es evangelizar, llevando el mensaje de Cristo a todos los pueblos (Mt 28, 19). Desde esta perspectiva, la evangelización no trata solamente de la transmisión de doctrinas, sino de la presentación de Jesucristo, quien se hace presente en la historia. La misión de la Iglesia es, en este sentido, una expresión de la economía de la revelación.
Así las cosas, la llamada de Dios es algo central en la experiencia cristiana. La Escritura reafirma esta percepción, pues está llena de relatos de vocación, donde Dios toma la iniciativa y llama a personas a cumplir una misión. Estos relatos siguen un patrón: una situación inicial, una manifestación de Dios, una respuesta de disponibilidad, una misión encomendada y, a menudo, una objeción por parte del llamado. La Dei Verbum nos recuerda que la Palabra de Dios se ha transmitido a través de diversas vías, incluyendo la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio:
1. Agricultor, ganadero: representa el dinamismo de la llamada, donde la semilla de la Palabra debe caer en un terreno fértil (Mc 4, 1-20).
2. Constructor: simboliza la edificación de la comunidad de fe, donde cada uno contribuye al proyecto de Dios (1 Cor 3, 9).
3. Juez: implica discernimiento y servicio a la comunidad, guiando a otros en la justicia (Mt 5, 20).
4. Sanador, médico: la curación es una misión que supone restaurar a las personas y comunidades (Mt 8, 17).
5. Luchador, soldado, guerrero, centinela: nos brindan la idea de que la llamada de Dios requiere una respuesta valiente, induce a interpretar las opciones del creyente como una conquista que hay que vivir día a día (1 Sam 17, 45).
6. Maestro, educador: Dios educa a su pueblo y Jesús es el Maestro por excelencia. La respuesta a la voluntad del Señor capacita al creyente para enseñar la verdad (Dt 8, 2-6).
7. Mediador, sacerdote: es crucial en la relación entre Dios y la humanidad, ejemplificado por figuras como Abrahán y Moisés, y culmina en Jesucristo. La misión implica construir relaciones y escuchar las necesidades de los demás. (1 Tim 2, 4-6).
8. Padre, madre: esenciales para la vocación, reflejando la paternidad de Dios y la maternidad de la Virgen María, simbolizando amor y cuidado. La llamada divina invita a desarrollar un amor fraternal hacia los demás (Éx 4, 22).
9. Pastor, guía: representa la responsabilidad de guiar a otros en el camino de Dios. La vocación implica ser un punto de referencia para los demás (Jn 10, 11).
10. Peregrino, caminante: en busca de Dios, siguiendo el camino hacia la Jerusalén celeste, como lo hizo Israel en su travesía. La llamada es el inicio de un viaje hacia la plenitud (Sal 84, 4).
11. Pescador de hombres: invitar a otros a la salvación, transformando la pesca en un símbolo de relación y servicio (Mt 4, 19).
12. Predicador, profeta, mensajero: esenciales en la misión de evangelización, con su capacidad de escuchar y responder a la Palabra (Mt 28, 19).
13. Siervo, servidor: refleja la identidad de quien recibe una misión de Dios, destacando el servicio y la humildad, como ejemplifica Jesús (Mc 10, 45).
14. Esposo, esposa: simboliza el amor y la comunión, donde la llamada divina se vive como una experiencia de amor único (Is 62, 5).
15. Testigo: atestigua la veracidad no solo con la comunicación verbal, sino con el testimonio existencial. Constituye un elemento básico y provee la necesaria credibilidad para interpretar con fruto el mandato vocacional (Jn 18, 37).








