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Gabriel Romanelli, párroco de Gaza: «No hay que ceder ante el discurso de que la paz no es posible»

A pesar del alto el fuego, el sacerdote argentino confirma que sigue habiendo bombardeos: «En los últimos días han muerto decenas de personas, incluidos varios niños»

El padre Gabriel Romanelli es el párroco de la única iglesia católica en Gaza, la parroquia de la Sagrada Familia. Este sacerdote argentino, de 56 años, que pertenece al Instituto del Verbo Encarnado, se ha convertido en testigo de fe, esperanza y de lucha por la paz en la región. La parroquia, que sufrió varios ataques, con cinco personas muertas de su comunidad y más de 15 heridos, entre ellos el P. Romanelli, sigue sumida en el dolor y la incertidumbre. Durante la guerra ha sido refugio y consuelo para miles de personas.

Nos atiende al teléfono con el buen humor y la sencillez de los grandes, de los que sirven, de los que ven en los demás a Dios, sin importar credo o religión. Pide, en primer lugar, apoyo para los niños, por si desde España, desde alguna institución u organización, pueden contribuir «para reconstruir la escuela, tanto nuestra escuela parroquial como del barrio o incluso para otros niños de la calle. Hay muchas iniciativas que estamos llevando adelante y otras que queremos impulsar».

—¿Puede contarnos cómo está la situación actual, cómo está su gente? ¿Cómo se mantiene en estos momentos la comunidad?
—La situación actual está mucho más calmada que antes de la tregua, cuando había bombardeos por toda la franja, en todos lados, muy fuertes. Así todo, se siguen sintiendo explosiones, incluso algunas en la ciudad. En estos últimos días, decenas de personas han muerto, incluidos varios niños. Todo ello hace que la situación actual, por un lado, nos dé esperanza —está mejorando—, pero, por otro, las amenazas de que vaya a volver la guerra están latentes y la gente, en ese sentido, tiene mucho miedo.

La comunidad se mantiene unida. Nosotros ya hace tiempo que recomenzamos con las clases. Esta normalidad hace que algunos estén pensando cómo reconstruir sus vidas, pero es difícil, porque, por ejemplo, las ayudas humanitarias entran, pero no son suficientes. La cuestión sanitaria también es muy deficiente. Es verdad que hay más productos en el mercado; sin embargo, la gente no tiene efectivo. Algunos pueden pagar, pero hay muchas personas que no solamente han perdido todo lo que tenían, sino que tampoco tienen trabajo, es decir, una fuente de ingresos. Por tanto, la ayuda humanitaria es absolutamente esencial para todos, para los más de dos millones de habitantes que tiene la franja de Gaza.


—¿Cuántos cristianos hay en la Franja de Gaza?
—En medio de 2.300.000 personas, que es la cifra que más o menos las estadísticas utilizan para la cantidad de personas palestinas en la franja de Gaza, los cristianos en este momento somos 575.

Es decir, éramos 1.017 cristianos al inicio de la guerra. Hubo varios centenares de personas, que, cuando todavía las fronteras estaban abiertas, en la primera parte de la guerra, que fue muy dura, huyeron de la zona. Después, tuvimos 58 muertos, 23 de ellos de muerte violenta, por bombardeos o por francotiradores del ejército.  Incluso aquí mismo, desgraciadamente en la parroquia, tuvimos dos sucesos mortales en distintas fechas: uno con dos personas muertas, el otro con tres. En la iglesia ortodoxa perecieron 18 personas, 17 cristianos y un musulmán, también por un bombardeo.

Al inicio de la guerra, una profesora anciana murió por disparos de francotiradores. A todos ellos hay que sumar los fallecidos por falta de asistencia médica (23) y por edad (12). Así que quedamos 575 cristianos, entre católicos y ortodoxos.

—¿Cuánto tiempo lleva en Gaza? ¿Por qué considera que su presencia allí debe continuar? ¿Cuál cree que es su misión?
—En 2019 fui nombrado párroco de Gaza, así que voy a comenzar el séptimo año aquí. Soy religioso, sacerdote y, con conciencia delante de Dios, creo que hay que hacer todo lo posible para ayudar a la gente que sufre, a la gente que tenemos a nuestro cargo. La Iglesia tiene que continuar, lo veo esencial. Desde aquella bendita primera visita de la Sagrada Familia hace 2.000 años, cuando, huyendo de las garras de Herodes pasaron por Gaza, siempre hubo cristianos en la región.

Esto siempre me ha motivado para considerar que mi misión principal es mantener el cuerpo físico de Cristo en la Eucaristía como centro, como sol de Gaza, como altar de paz de Gaza. Y también para mantener a la comunidad cristiana, con su identidad, en esta parte de la Tierra Santa. También es importante dar testimonio de la caridad cristiana a todas las personas sin distinción. Dios dirá en el futuro, pero mientras haya gente que nos necesite, hay que seguir ayudando con la gracia de Dios a todos.

—Su Iglesia ha ofrecido un lugar para dormir y alimento a numerosas personas que han perdido sus casas en el conflicto. ¿Continúa la parroquia siendo enclave para todo el que llega pidiendo ayuda? ¿Cómo está la situación con los miles de desplazados? 
—La parroquia, efectivamente, ha llegado a alojar incluso a más de 700 personas. El recinto no es grande, más bien pequeño, así que estaba repleto de personas. Algunos de los que huyeron dijeron que se iban temporalmente, otros quizá para buscar otro futuro. Es muy grave todo.

Muchos han perdido sus casas o han quedado dañadas. En este momento, sobre todo desde el alto del fuego, como la situación sigue mejorando, aunque haya algunos bombardeos, la gente está tratando de volver para intentar reconstruir sus vidas.

Tenemos a gente durmiendo aquí en la escuela parroquial. Nosotros teníamos entre las dos sedes de las escuelas del patriarcado latino mil alumnos. Ahora apenas podemos dar posibilidad a 200 alumnos. Por tanto, el hecho de que las familias estén buscando volver a su vida normal permite que podamos recibir a más estudiantes. Los alumnos cristianos, incluso los que estudiaban en otros lados, estudian ahora en la parroquia porque están refugiados. También damos este servicio a alumnos de religión musulmana, como siempre se ha hecho. Otro de los problemas es el de los miles de desplazados que viven en condiciones infrahumanas, que sufren falta de electricidad, de energía, de agua, de salud.

La Iglesia no ha cesado nunca de ayudar, a través del Patriarcado Latino de Jerusalén, incluso con la presencia de su patriarca, el cardenal Pizzaballa, a todos los que puede, a miles de familias en el barrio y en toda la ciudad de Gaza.


—En sus vídeos, a pesar del sufrimiento, siempre manda un mensaje de agradecimiento, esperanza y un llamamiento por la paz en la región. ¿Qué pide a toda la comunidad internacional y a las organizaciones que apoyan la paz en Tierra Santa en estos momentos?
—Tenemos que rezar mucho y hacer rezar. Ofrecer sacrificios personales para que Dios en su misericordia nos conceda el perdón, la paz, el final de esta guerra, la paz para Palestina e Israel. Y también convencer a todas las organizaciones y a la comunidad internacional. No hay que ceder ante el discurso de que la paz no es posible. La paz es posible. La paz justa, duradera, es posible. Es necesario difundir y defender el tema de la paz, la causa de la paz por todos los medios lícitos.

Hay que convencer a todos de que la guerra tiene que terminar. La población está muy necesitada hoy, no dentro de meses o con planes de años. Son necesarios pasos concretos. El tiempo es un arma letal que está matando no solamente la esperanza de las generaciones más jóvenes, sino también la de los adultos y los ancianos.

—Al igual que sucedió con el papa Francisco, el papa León XIV ha mostrado su constante  preocupación por usted, ha expresado su solidaridad con la comunidad cristiana en Gaza y ha llamado al cese del fuego. El Santo Padre se ha comunicado con usted personalmente por teléfono. ¿Qué le ha transmitido?
—El papa León ha manifestado, al igual que el papa Francisco, su cercanía, me ha llamado, manda mensajes, está todo el tiempo en comunicación y está preocupado y bien ocupado en tratar de ayudar a la causa de la paz. Está al tanto de toda la situación aquí, particularmente de la comunidad, a la que siempre manda su saludo y su bendición.

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