Perpetua y Felicidad, cuya memoria litúrgica celebramos el 7 de marzo, son patronas de las madres, pero de maneras hermosamente diferentes
La maternidad es, sin duda, el acto de amor más grande y sincero que puede atestiguar una mujer. Sin embargo, la historia se ha encargado de mostrarnos grandes ejemplos de un amor aún más pleno, en los que la entrega a la fe cristiana supera incluso la fuerza del amor filial. Es el caso de dos mujeres, dos madres, amigas en Cristo, por quien dieron la vida sin condiciones, dejando huérfanos a sus pequeños hijos.
Perpetua y Felicidad, cuya memoria litúrgica celebramos este mes, son patronas de las madres, pero de maneras hermosamente diferentes. Perpetua cuida de las madres lactantes, pues ella misma se encontraba en esa situación cuando fue apresada en una de las persecuciones a los primeros cristianos. Por su parte, Felicidad es intercesora de las mujeres que dan a luz en condiciones difíciles, ya que, cuando igualmente fue apresada, estaba embarazada y tuvo a su hijo en prisión en un parto bastante laborioso. Unas condiciones que no fueron impedimento para quienes quisieron darles muerte por no renegar de su fe.
La relación entre ambas, sin embargo, había comenzado tiempo atrás, pues Felicidad era la esclava de Perpetua, una joven rica perteneciente a una influyente familia de Cartago que se había convertido al cristianismo. Ella misma hablaba de su propia fe a Felicidad, quien abrió también los brazos a Cristo al ver la conversión de su señora, con quien entabló una profunda amistad. Las dos conversas dejaron atrás las diferencias sociales, llegando a considerarse hermanas, pues eran hijas de un mismo Padre.
La maternidad llenó a ambas mujeres aún en las circunstancias más duras. Perpetua era madre de un bebé de pocos meses. Su padre, que era pagano, le pedía que renegara de su fe para poder volver a casa con su hijo. Pese al chantaje al que se veía sometida, y el amor profundo hacia su niño, entre lágrimas, Perpetua reafirmaba su fe: «No puedo, soy cristiana».
Mientras, Felicidad estaba embarazada, a punto de dar a luz, y deseosa de que se adelantara su parto para poder unirse a sus compañeros de martirio. Cuando llegó el momento, el nacimiento de su hijo fue extremadamente doloroso, provocando las burlas de uno de sus captores: «¿Cómo te lamentarás entonces cuando te estén destrozando las fieras?» Felicidad, plena de fe, le confesaba: «¡Ahora soy yo quien sufro; en cambio, lo que voy a padecer no lo padeceré yo, sino que lo sufrirá Jesús por mí!».
Ambas fueron arrojadas a las fieras para que murieran a golpes, pero las bestias no lograron acabar con ellas. Heridas y agotadas, se acercaron la una a la otra, se dieron el beso de la paz en Cristo y fueron atadas para ser decapitadas a manos de los verdugos.
Los antiguos documentos que narran el martirio de estas dos santas eran inmensamente estimados en la antigüedad. De hecho, san Agustín explicaba que llegaron a leerse en las iglesias con gran provecho para los fieles que allí se congregaban, como signo de valor, entrega y fidelidad a Cristo.








