Se cumplen 60 años de la inauguración, por Pablo VI, del edificio que hoy alberga el Pontificio Colegio Español en Roma, una casa que acoge y santifica
Puede que alguna vez hayas escuchado la dirección Via Torre Rossa, 2 y no te haya dicho nada. Pero es uno de los espacios importantes para el clero español. Un lugar que trasciende su condición de edificio para convertirse en hogar. Hablamos del Pontificio Colegio Español de San José en Roma. Este año celebra seis décadas en su nueva sede, aunque son más de 132 años formando sacerdotes que han llevado el Evangelio a España y al mundo. Más allá de las cifras desde la fundación: 3.840 sacerdotes, 150 obispos o los 105 mártires, que son la joya de la corona. Como explica el rector, Carlos Comendador, lo que define esta casa es la fraternidad sacerdotal.
«El colegio da sostenimiento espiritual y material a los sacerdotes que estudiamos aquí», explica Baltasar Morell, colegial de segundo año, de la diócesis de Mallorca. «Tenemos la capilla, la Eucaristía diaria, retiros, ejercicios espirituales, formación permanente…». Porque el Colegio Español, como quería su fundador, el beato Manuel Domingo y Sol, no es solo un centro de estudios, sino un espacio para crecer en santidad.
De Altems a Torre Rossa
Vicente Cárcel lo vivió en primera persona. A sus 85 años, y tras sus más de seis décadas en Roma, es memoria viva del colegio. «Cuando vine a Roma en el 67, el Colegio Español estaba en el Palazzo Altems. Aquí, en Torre Rossa, estaba el seminario español. Allí solo había sacerdotes, yo llevaba ya cuatro años ordenado», cuenta a ECCLESIA. El Palazzo Altems, cedido por León XIII a finales del siglo XIX, fue la sede durante décadas. «Había unas 120 habitaciones e incluso se improvisaron algunas en las terrazas, justo una cama y un grifo, porque los servicios eran comunes». España, en aquellos años, vivía un florecimiento vocacional. El cardenal Bueno Monreal lo expresaba con esperanza: «El Palacio Altems se había quedado pequeño, afortunadamente».
Así nació Torre Rossa. Un edificio moderno con 140 habitaciones. El 14 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio Vaticano II, Pablo VI inauguró personalmente la nueva sede. En su alocución, el Papa la definió como «funcional, bella y moderna», y animó a los colegiales: «Sea vuestro estudio una respuesta amorosa al Dios que se revela, obra y está presente en la historia de la salvación. De vuestra estancia en Roma marchad a vuestros apostolados con un grande amor a la Iglesia».
Durante cinco años, ambas sedes funcionaron a la vez: los sacerdotes seguían viviendo en Altems y los seminaristas, en Torre Rossa. El curso 66-67 fue el más numeroso de la historia: 201 colegiales entre ambas sedes. El 30 de junio de 1970, Altems cerró. Entre los últimos colegiales estaba un joven sacerdote llamado Ricardo Blázquez, futuro cardenal. Con él, Cárcel recuerda: «Fuimos los últimos en salir».
Todavía hay seminaristas
Jakub Budz tiene 24 años y es el colegial más joven de toda la casa. También es el único seminarista. Viene de la diócesis de Solsona. «En la primera Misa, aquí en el colegio, me di cuenta de que era el único que no se ponía estola», cuenta riendo. «Era el único seminarista. Me habían dicho que quizá habría alguno más. Pero no, soy el único», explica a ECCLESIA.
La situación encierra una hermosa paradoja. El Colegio Español fue fundado en 1892 para seminaristas, para traer a Roma a jóvenes que completaran su formación en el corazón de la Iglesia universal. Con el tiempo, por necesidades pastorales y cambios en la formación, se convirtió en un colegio de sacerdotes.
«Me siento muy bien acogido», asegura Jakub. Y añade: «Soy el hermano pequeño. Me dejo acompañar por los hermanos mayores que tienen más experiencia, que me acompañan y que, en cierto modo, cuidan de mí». Su testimonio revela una de las características más hermosas del colegio: la fraternidad no depende de la edad ni del estado, sino del corazón. Para este joven, que viene del seminario, donde hay horarios muy pautados, el colegio supone un reto de madurez: «Aquí te autogestionas más. Hay días que no tengo clase, hay días que tengo dos. Hay que organizarse muy bien para aprovechar el tiempo».
La universalidad de la Iglesia
Francisco Cerro Chaves, arzobispo de Toledo y primado de España, es uno de los patronos del colegio. Pero antes fue colegial, y lo recuerda con cariño: «Mi estancia fue una de las gracias más grandes de mi vida. Te abre el corazón a la universalidad, a toda la Iglesia».
Sus palabras reflejan lo que tantos sacerdotes han vivido aquí: «Cuando estudiaba en la Gregoriana, teníamos compañeros de todo el mundo. Descubres la riqueza que tiene la Iglesia, y esa riqueza está en Roma de una manera tan maravillosa y tan claramente definida para estudiar, para formarse, para la misión».
Estar próximos al Papa marca especialmente a los colegiales. «Aquí puedes ir a una celebración eucarística el domingo o vivir un acontecimiento de primera magnitud, como un jubileo o un cónclave», explica el arzobispo de Toledo.
Como patrono, tiene claro cuáles son sus consejos para los futuros colegiales: «Primero, que vengan con ilusión y ánimo, porque no decepciona estudiar en Roma. Segundo, que vivan de veras lo que les han encomendado sus obispos, que se entreguen a estudiar, a formarse. Y tercero, que aprovechen para enriquecerse con todo: las universidades, los compañeros sacerdotes, estar tan cerca del Papa, los grandes acontecimientos eclesiales. Aquí se viene a recibir para luego dar».
«Lo mejor del colegio es la experiencia de Iglesia universal», afirma rotundo Baltasar. «Llegas con cierto localismo. Pero cuando te relacionas con sacerdotes de otras diócesis, te ayuda a poner cada cosa en su lugar».
Esa apertura es lo que el beato Manuel Domingo y Sol buscaba. Quería sacerdotes formados en Roma, en contacto con Pedro, respirando la catolicidad. «Pretendía que los colegios fueran como una familia», explica el rector. «Hablamos de fraternidad sacerdotal, que se consigue en las relaciones de cada día, creando espacios de encuentro como puede ser el comedor, la biblioteca, la capilla o los quartiere [son pequeñas salas de curso]».
Juan Carlos García Domene, antiguo colegial y hoy director de la Biblioteca de Autores Cristianos, resume su experiencia coincidiendo con Francisco Cerro: «Lo que más me gustó fue esa visión universal de la Iglesia, la romanidad, el vínculo con Pedro, la grandeza de la Iglesia. Conocer a sacerdotes de España y del mundo». Y añade: «Me llevo verdaderas amistades con sacerdotes de otras diócesis, amistades profundas».

Los quartiere
La biblioteca del colegio alberga 47.000 volúmenes. En sus mesas estudian este año 56 colegiales de 24 diócesis españolas y lugares como Costa Rica, Venezuela o el Congo. Cursan licenciaturas 38 de ellos y 18, doctorados, principalmente en Dogmática, Escritura y Derecho canónico. Pero los mejores recuerdos no son solo de libros. «Lo mejor eran los quartiere», recuerda don Juan Carlos, «ese ambiente familiar, ayudarnos con los primeros ordenadores que llegaron, ver cómo funcionaban». Esos encuentros informales donde los sacerdotes comparten café, conversan, se apoyan, son el alma del colegio.
Ciertos momentos quedan grabados para siempre. El director de la BAC lo tiene claro: «Lo que más me impactó fue concelebrar con Juan Pablo II en enero del 1988, saludarle, hablar con él, recibir un rosario que después regalaría a mi madre». Vicente Cárcel apunta por el mismo camino: lo que más le ha marcado fue la visita de Pablo VI y celebrar Misa en la capilla privada con Juan Pablo II, y luego, más adelante, con Francisco. Para Jakub, el momento fue reciente: una peregrinación del Palazzo Altems a San Pedro.
Carlos Comendador lleva tres años como rector. Su nombramiento sigue una tradición: el rector siempre es sacerdote de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, fundada también por el beato Manuel Domingo y Sol. «El colegio pertenece a la Conferencia Episcopal, pero está confiado a perpetuidad al cuidado de la hermandad», cuenta. Otras dos congregaciones dejaron huella: las Siervas de San José y las Franciscanas de la Misericordia, que durante décadas se encargaron de la atención a los estudiantes.
Frutos de santidad
Si hay algo que define el legado del Colegio Español no son las tesis doctorales ni los títulos académicos. «El fruto verdadero son los santos, los mártires que ha dado el colegio», afirma Comendador. Son 105, entre formadores y colegiales.
La capilla de los Mártires, presidida por la Virgen Clementísima, guarda su memoria. «Manuel Domingo y Sol funda el colegio para la renovación intelectual y también, como él decía, para la restauración científica y disciplinar del clero», explica el rector. «Buscaba renovar el clero en santidad», abunda.
Esa búsqueda sigue viva. «El colegio ofrece retiros trimestrales, ejercicios espirituales, acompañamiento», enumera Baltasar. «Una espiritualidad muy eucarística: la celebración comunitaria diaria de la Eucaristía, la adoración al Santísimo, la fiesta del Reservado».
Mirada al futuro
Hoy, el Colegio cumple 60 años en su nueva sede con realismo y esperanza. Las vocaciones han bajado desde aquellos 130 colegiales, ahora son 56. Pero el rector mira el futuro con confianza: «La formación necesita tiempo y espacio. Dedicar dos años exclusivamente a la licenciatura ayuda a profundizar, y venir a Roma da un ambiente de catolicidad que es muy enriquecedor».
El colegio sigue fiel a su carisma: formar sacerdotes en la ciencia, en la vida espiritual y en la fraternidad. Estas dimensiones se viven cada día en la capilla, en la biblioteca, en los quartieri. «Lo que aquí se vive es la fraternidad sacerdotal. Aprendes que tu diócesis no es única, que la Iglesia es mucho más grande», subraya Baltasar. Jakub cierra el círculo: «El colegio es un centro de formación, pero también de convivencia y acogida».
60 años después, Torre Rossa sigue siendo eso: una casa que acoge, que forma, que santifica, que une. Un lugar donde los sacerdotes de España encuentran hermanos, profundizan en su fe y se preparan para servir al pueblo de Dios. Como decía el cardenal Bueno Monreal en 1965, el colegio representa «una esperanza en la renovación del clero español». Seis décadas después, esa esperanza sigue viva en cada sacerdote que estudia aquí, en cada Eucaristía celebrada, en cada conversación fraterna.
Porque el Colegio Español no es tanto un edificio como una familia. Una familia de sacerdotes unidos en Cristo, formándose junto a Pedro, viviendo la universalidad de la Iglesia. Así lo soñó el beato Manuel Domingo y Sol hace 132 años. Y así sigue siendo hoy.








