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Prosperidad compartida. CAMPAÑA DE MANOS UNIDAS 2025

Las cifras no engañan, habitamos un mundo escandalosamente desigual: mientras la persona más rica del mundo, el francés B. Arnault, posee un patrimonio de 210.800 millones de dólares, 700 millones de personas sobreviven con menos de 2 dólares al día y 783 pasan hambre. Este es el resultado de una cultura que favorece que las personas se centren sólo en sus intereses, ignorando el bienestar de los demás, y de una economía que busca maximizar los beneficios a toda costa.

El deseo de todo cristiano y de toda persona de bien es que todo el mundo goce de prosperidad, una prosperidad que se vea reflejada en la calidad de vida, es decir, en el disfrute de un trabajo digno, unas relaciones sanas, una familia integrada y feliz, un sentido de pertenencia y participación social, una apertura liberadora a Dios y a sus criaturas… Al mismo tiempo, quieren que esa prosperidad sea compartida, de modo que todo el mundo tenga la posibilidad de desarrollarse de forma integral.

La prosperidad compartida es una opción de fe. En el camino de subida a Jerusalén, Jesús iba ilustrando a sus discípulos sobre las cualidades propias del discípulo: el desapego de las riquezas era una de ellas. De forma pedagógica, les contó la parábola del hombre rico que, habiendo recogido una gran cosecha y no teniendo donde almacenarla, derribó sus graneros, hizo otros más grandes y se dijo a sí mismo: “alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Dios le recordó su necedad y su muerte inminente, le cuestionó sobre quién sería el futuro propietario, y le hizo ver que la verdadera riqueza es la que se tiene ante Dios (cf. Lc 12, 16.21).

¿Qué riqueza es esa? Desde luego, no le da una cuenta bancaria, o la de unas propiedades abundantes desligadas de todo tipo de hipoteca social / comunitaria. El Señor da la bienvenida a su Reino a aquellos que dan de comer al hambriento, de beber al sediento, posada al peregrino… en definitiva, a los que compartan sus bienes con los necesitados (cf. Mt 25, 34-36). La verdadera riqueza no está pues en lo que se retiene sólo para sí, sino en lo que enriquece también a los demás.

Manos Unidas, atendiendo a los sueños de Dios, padre de todos, y siguiendo los postulados de la Doctrina Social de la Iglesia, denuncia el hecho de que la riqueza de unos pocos sea el resultado de la explotación de personas o pueblos. Al mismo tiempo, se compromete a luchar por superar la cultura del descarte y a promover la alternativa del compartir, de modo que todos los seres humanos puedan vivir de una manera digna.

Buscando vías concretas para promover esta prosperidad compartida, Manos Unidas se suma al proyecto papal “Economía de Francisco”, inspirado en la vida del santo de Asís. Desde la convicción de que la prosperidad no puede ser solo para unos pocos, este proyecto busca consolidar la vida digna de toda la humanidad, situar en el centro de la realidad socio-económica a los descartados; busca así mismo la igualdad de oportunidades, el respecto al medioambiente, las relaciones comerciales justas, y el fomento de una cultura del encuentro respetuosa con los elementos culturales propios de cada pueblo. En este contexto, resultan especialmente dignas de considerar las cooperativas por su aportación al problema del desempleo y del trabajo precario e informal, en definitiva, por su oferta de un trabajo decente. Este tipo de trabajo es aprovechado ya por el 10% de la población trabajadora.

Al mismo tiempo, esta gran institución eclesial informa y forma sobre el error que supone identificar el progreso con acumulación de bienes materiales y la bienaventuranza que esconde el compartir. Nada nuevo. Es lo que Manos Unidas lleva haciendo desde hace 66 años. Nos sumamos a sus iniciativas, al tiempo que felicitamos a sus miembros y colaboradores. Que Dios los bendiga.

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