El autor catalán publica El pozo de la promesa (Mensajero), una novela epistolar que pretende «devolver la voz a una mujer que durante siglos fue leída, interpretada y explicada, pero pocas veces escuchada desde dentro»
El escritor Raúl M. Mir (Barcelona, 1966) acaba de publicar El pozo de la promesa. Cartas de la samaritana de Sicar en la editorial Mensajero. Durante más de veinte años, este empresario multidisciplinar ha desarrollado su carrera laboral en editoriales de referencia, y desde 2011 trabaja en el mundo de las nuevas tecnologías aplicadas al medio ambiente. De su colaboración como asesor para varios organismos internacionales surgieron sus ensayos El ahogo de la Europa oriental y Desde la encrucijada. Análisis de los procesos de cambio. Apasionado de la música clásica, es autor de Joseph Haydn, príncipe de las sinfonías, original estudio de la vida y obra del compositor austriaco, traducido a varias lenguas, así como de Las sinfonías de Haydn. Asiduo conferenciante sobre desarrollo humano sostenible, ha publicado también el ensayo El equilibrio vital.
—¿Cómo nace la idea de narrar el encuentro de Jesús con la mujer samaritana desde la voz de ella misma y en forma de cartas a su hijo?
—La idea nació de una intuición muy sencilla pero poderosa: devolverle la voz a una mujer que durante siglos fue leída, interpretada y explicada, pero pocas veces escuchada desde dentro. El formato epistolar surgió entonces casi de manera natural, porque las cartas permiten una intimidad que ningún otro género ofrece. Escribirle a un hijo implica verdad, memoria, legado. Tengo un hijo con una discapacidad y el legado de la fe está muy presente en lo cotidiano de mi vida. Además, por circunstancias personales, me he sentido muy unido a su figura. Quise que esta mujer no hablara para convencer, sino para transmitir vida, para dejar constancia de un antes y un después que marcó su historia y la de muchos otros. De hecho, es un canto a la gratitud: un reconocimiento silencioso a todos los que, en los días de mayor sequedad, se acercan a ti sin juzgar, ofrecen consuelo, tiempo y presencia, y se convierten en pozo y cauce de humanidad, recordándonos —con su gesto sencillo— al Cristo que sacia toda sed. Y los hijos son parte de este camino.
—En la novela, el pozo de Jacob se convierte en un lugar simbólico muy fuerte. ¿Qué representa ese pozo en la historia y en la experiencia humana actual?
—El pozo es, ante todo, un lugar de encuentro, pero también de cansancio, de repetición y de sed no resuelta. Es el espacio donde vamos una y otra vez a buscar lo que creemos que nos sostiene. En clave humana, el pozo representa nuestros intentos de saciar el vacío con relaciones, éxitos, seguridades o rutinas. En clave espiritual, es el lugar donde Dios nos espera, precisamente ahí donde estamos más expuestos, más necesitados. No es un escenario casual: es el lugar donde se revela la verdad del corazón.
—La mujer samaritana aparece como una persona marginada y herida, pero también profundamente lúcida: ¿cómo la imaginó así?
—No quise retratarla como una víctima pasiva ni como un estereotipo moral. La samaritana es una mujer que busca, con preguntas y anhelos propios. Y Jesús siempre se hace el encontradizo, formulando la pregunta precisa en el momento justo… Es una mujer herida, sí, pero no rota; ha aprendido a sobrevivir en los márgenes y eso le ha dado una mirada aguda sobre la vida. Su lucidez es clave para que el encuentro con Jesús sea verdaderamente un diálogo entre dos libertades, no un discurso unilateral. Esa libertad le abre a la fe y, desde la fe, a la misión, que es el sino del cristiano.
—El diálogo entre Cristo y la samaritana es el corazón del libro…
—Todo gira en torno a ese diálogo. No es solo una conversación histórica, sino un modelo de cómo Dios se acerca al ser humano: sin imponer, sin juzgar, sin apresurar procesos. Jesús pregunta, escucha, espera. La samaritana responde, duda, se defiende, se abre. Quise que el lector sintiera, como me ha ocurrido a mí, que también está sentado junto al pozo, participando de ese intercambio que atraviesa los siglos.
—El «agua viva» también atraviesa, como un río, toda la obra, trascendiéndola y siguiendo su curso hasta nuestros días. ¿Diría que es una de las metáforas evangélicas de mayor actualidad?
—Hoy seguimos teniendo sed, quizá más que nunca. Sed de sentido, de pertenencia, de amor verdadero. El «agua viva» no es una solución mágica ni un escape de la realidad: es una experiencia interior que reordena la vida desde dentro. En el libro, esa agua es la verdad que libera, el perdón que no humilla, el amor que no se compra ni se negocia. Es una promesa que sigue vigente para cualquier persona que se atreva a reconocerse sedienta.
—¿Por qué cree que esta historia sigue siendo tan actual?
—Porque habla de lo esencial. De sed, de encuentro, de verdad, de amor que atraviesa fronteras culturales, religiosas y personales. Mientras el ser humano siga buscando sentido, esta historia seguirá viva. Y mientras una vida sea tocada por Cristo, como dice la protagonista del libro, no podrá permanecer muda ni indiferente.
—La samaritana pasa de la invisibilidad a la misión. ¿Qué mensaje subyace tras esta transformación?
—Quería mostrar que nadie queda excluido del anuncio cuando ha sido tocado por la verdad. La misión no nace de la perfección, sino del encuentro. Ella no recibe un mandato explícito, pero no puede callar. Su historia nos recuerda que la fe auténtica siempre genera movimiento, palabra, testimonio. No desde la obligación, sino desde el desborde.
—El libro dialoga mucho con y desde las propias heridas humanas…
—Creo que la espiritualidad que no toca las heridas se queda en la superficie. La samaritana no es sanada negando su historia, sino integrándola. Jesús no borra su pasado; lo ilumina. Ese es un mensaje profundamente liberador para el ser humano de hoy, que muchas veces vive atrapado entre la culpa y la autoexigencia.
—Y el papel sanador del perdón.
—El perdón aparece como un acto silencioso pero radical. No hay reproches, no hay listas de errores. Hay verdad y hay acogida. El perdón, tal como se presenta en el libro, no es olvidar ni justificar, sino permitir que la historia deje de ser una condena y se convierta en fuente de vida. Es un perdón que devuelve la dignidad.
—¿Por qué enfocó su historia hacia el hijo de la samaritana?
—Porque el hijo representa el futuro, la continuidad, la esperanza. Escribirle a un hijo es decirle: «Esto que viví merece ser contado para que tú no camines a ciegas». Además, le da a la historia una dimensión generacional: la fe no se impone, se transmite como un relato vivo que inspira libertad.
—¿Cómo imagina un lector tipo para El pozo de la promesa?
—Va dirigido a cualquier persona que tenga sed, aunque no sepa nombrarla. No es un libro solo para creyentes practicantes; es para buscadores, para heridos, para quienes se sienten al margen o cansados de respuestas fáciles. Es una invitación a detenerse, escuchar y dejarse interpelar.
—¿Qué le gustaría que sucediera al terminar el libro?
—No espero respuestas cerradas, sino preguntas más honestas. Me gustaría que el lector sintiera el deseo de volver a su propio pozo interior y preguntarse qué agua está bebiendo. Y, sobre todo, que descubra que Dios sigue esperando ahí, sin prisas, con una paciencia infinita.








