Hay una crítica generacional que he escuchado innumerables veces como millennial, y que creo que tiene un contrapunto interesante. Se nos acusa de recorrer la vida desde el prisma de la emoción —recordemos que la razón está en crisis reputacional desde mediados del siglo pasado—, lo que nos lleva, irremediablemente, a ser presentistas. Forever young, como himno a este defecto de fábrica.
El reproche está bien traído; el tono de sorpresa, no tanto. Llevamos décadas incitando al personal a ser un vive la vida. Total, si no hay esperanza en el futuro —las promesas de bienestar de la modernidad se han deshecho—, si lo importante es ser libre —véase poder elegir lo que sea, sin ataduras—, si ya no hay rumbo o verdad que nos sujete como humanidad —Nietzsche vibes—, ¿cómo no entregarse al carpe diem? Ante un mundo líquido e inestable, tiene lógica que el humano contemporáneo no quiera ver más allá del hoy.
El asunto es que hay que arar con estos bueyes y, si se encauza el aprecio por el instante, esta actitud puede ser una oportunidad para navegar la existencia. Porque estamos llamados a vivir el presente con la reverencia debida —cómo no hacerlo si Dios se encarnó y se ató al tiempo—. Y no es tarea fácil. Como escribe el poeta Jesús Montiel: «Solo los tontos, los santos, los locos y los niños danzan en los salones del ahora».
En este baile, los posmodernos tal vez sean los reyes de la pista. Pero conviene no olvidar que en el goce del presente hay ecos de vida eterna. Y descubrirlos es un imperativo para un cristiano. No vaya a ser que acabemos transitando este valle de lágrimas sin descubrir que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros.







