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Y al séptimo, descansó

Juan Cerezo Soler es secretario técnico de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC)

A uno le encargan corregir el texto bíblico y se mete en ello como Adán, con ojos ingenuos que lo descubren todo por primera vez, aunque no tarda en caerle encima el diluvio de variantes textuales, problemas ecdóticos, versiones y revisiones que le arrancan del paraíso. Va poco a poco, avanzando a duras penas, con el fémur dislocado, a veces soltando una carcajada desquiciada con Saray y otras pensando en darse a la bebida con Noé, sin un triste plato de lentejas que echarse a la boca, rodeado de vacas flacas y siempre bajo la atenta mirada del Faraón, que son los plazos de entrega. Grita al Señor. Su clamor es escuchado. 

Recibe más tiempo y se dispone, así, a cruzar este nuevo desierto, entre picaduras de serpiente y maná que le cae del cielo, sin parar porque tiene tablas, echa números y confía en llegar a su tierra prometida. A estas alturas aún se fía de su fuerza, un poco a lo Sansón, aunque sabe que terminará ciego de tanto leer. Llega más o menos vivo al libro de Ester, pero lo que viene después es un rollo macabeo. Avanza, más vapuleado que Job, susurrando salmos día y noche, los huesos descoyuntados y la garganta seca como una teja. Sigue. Proverbios es otro Cantar, y ya le queda poco, no vale detenerse en Lamentaciones. Le queda el tramo final, y sabe que si duda, se hunde, así que un último empujón. Venga, que ya termina su calvario. Da pena verle, está hecho un cristo, sí, al borde del soponcio, parece un adefesio y se desanima. Total, para 30 monedas que le van a pagar. Necesita más tiempo, que aún no ha llegado su hora, dice. No es que llore sangre pero casi, está en vela, se angustia mientras sus amigos duermen. Quiere que pase ya este cáliz. Todos se lavan las manos. Tiene sed. Pero sigue, sigue, sabe que va a coronarse. 

Y ya está. Terminó. Ha entregado el trabajo a tiempo: la Sagrada Escritura corregida en una semana. Está más muerto que el mar, pero todo se ha cumplido. Duerme tres días y resucita. Lo celebra. Y ahí le da por volver al principio y ve, de nuevo, que todo está bien hecho. 

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