Su doble raíz cultural —italiana y alemana—, la amplitud de sus intereses intelectuales y su europeísmo lo configuraron como un homo universalis
Romano Guardini nació en Verona (Italia) en 1885, pero cuando contaba con solo un año, su familia se mudó a Maguncia (Alemania), donde su padre trabajó como diplomático. La rica cultura alemana produjo en Guardini una enorme seducción. Intentó, sin embargo, mantener una doble fidelidad, que le aportó a su vida y a su obra un perfil europeísta, y le hizo sentir hondamente la necesidad de una Europa unida —sensibilidad que le haría merecedor en 1962 del Premio Erasmo—. Su doble raíz cultural, la amplitud de sus intereses intelectuales, su europeísmo convencido, le irían configurando como homo universalis.
Comenzó sus estudios de Química en Tubinga y de Economía en Múnich. En esta ciudad se dejó impregnar por el aire artístico y literario, participando en los ambientes culturales de la ciudad. Sin embargo, una crisis espiritual le alejó de la vida religiosa, pero, tras un proceso de búsqueda, se sintió inundado de una gran luz interior al meditar «el que encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10, 39). Así, a pesar de la oposición familiar, decidió entrar en el seminario de Maguncia, donde empezó el estudio de la Teología.
Realizó su trabajo de doctorado sobre san Buenaventura. Esta temática manifiesta el talante intelectual de Guardini: se distanció de la neoescolástica, centrada en el tomismo y el aristotelismo, para enlazar con la tradición platónico-agustiniana. San Buenaventura le ofrecía una experiencia religiosa, más directa y concreta, que no encontraba en conceptos abstractos y generales. Lo concreto, lo real, lo inmediato, el ser vivo en sus contrastes y matices, va a ser la preocupación de Guardini. Ello no significa en absoluto la renuncia a la razón y al esfuerzo de los conceptos. El mundo intelectual de Guardini vivirá así una sana tensión entre intuición y razón, entre experiencia y ciencia, entre sensibilidad y claridad lógica.
Una vez ordenado sacerdote (1910), se dedicó al trabajo pastoral, y dirigió desde 1915 la asociación universitaria «Juventus». En 1916, entró en contacto con el monasterio benedictino de Maria Laach y, por tanto, con el movimiento litúrgico del que se convertirá en protagonista y fiel exponente. Fue implicándose progresivamente en el movimiento juvenil católico «Fuente viva», con sede en el Castillo de Rothenfels (Würzburg), donde organizó encuentros formativos estivales. Fue en el primer encuentro (verano de 1920) cuando Guardini formula aquella expresión que era, casi sin quererlo, un diagnóstico del clima espiritual del siglo y que posteriormente pondría como pórtico de su libro El sentido de la Iglesia (1922): «Un proceso de incalculable alcance se ha iniciado: el despertar de la Iglesia en las almas».
En una universidad protestante
El teólogo italogermano fue nombrado profesor auxiliar de Dogmática en Bonn y en Breslau. El momento decisivo llegaría en 1923, cuando fue llamado por la Universidad de Berlín para ocupar la cátedra de Filosofía de la Religión y Visión católica del mundo, que acababa de ser instituida por compromiso, para asegurar al menos una enseñanza católica en una universidad protestante y laica. Sería el trabajo de su vida: hacer presente a Cristo y su mensaje tal y como se vive en la Iglesia, en medio de la vanguardia pensante de la época. La tarea no era fácil. El pensamiento protestante dominaba enteramente la vida cultural de la ciudad, y la presencia de un teólogo católico no podía más que suscitar reservas y suspicacias. Guardini, sin embargo, obtuvo un éxito inmenso. Había encontrado el ámbito perfecto para desplegar sus capacidades intelectuales y pastorales. Nunca fue considerado un catedrático sensu stricto, en el sentido académico y científico en la universidad, pero su influjo fue, por eso, enorme. Guardini se mantuvo fiel a su carisma, a su enseñanza y a su compromiso.
En 1939, padeció la supresión, por parte de los nazis, del movimiento juvenil y de su cátedra, pero pudo continuar su labor después de la Guerra en Tubinga inicialmente, y, desde 1948, en Múnich, donde continuó hasta 1963, cuando se retiró por problemas de salud.
Aunque haya enseñado durante 34 años en la universidad, Romano Guardini no es un teólogo académico en el sentido clásico de la palabra: cuando, a los 38 años, comenzaba su docencia en Berlín, era ya sobradamente conocido como exponente del movimiento litúrgico, como educador de la juventud, como orador y como escritor. Su libro El espíritu de la liturgia, de 1918, le proporcionó una repentina notoriedad, pero es interesante saber que, al año siguiente, en 1919, publicaba el librito El vía crucis de nuestro Señor y Salvador, donde revalorizaba la piedad popular. Ambas obras de juventud, algunas muy breves, muestran cómo Guardini practicaba ya el método de la «oposición polar», incluso en la pastoral, trabajando por una formación auténticamente litúrgica, pero que no descuidase las formas de la religiosidad popular.
Producción literaria
De esta su actividad de educador y de orador nacerán muchos libros, entre los cuales el más conocido entre el gran público y el más estimado por el propio autor es El Señor, de 1937. Pero a este libro —un auténtico bestseller de la literatura religiosa de nuestro siglo— se le acusó, teológicamente hablando, de ignorar totalmente el método histórico-crítico, que Guardini no dominaba y que, por otra parte, no casaba con su temperamento espiritual, partidario de exponer con toda claridad la verdad católica. Esta actitud mental y espiritual explica también la desatención de Guardini respecto de la problemática teológica ecuménica.
Sin embargo, la aportación teológica más precisa que el escritor y el teólogo ha hecho a la teología del siglo XX siguen siendo sus frecuentes incursiones en la «biblioteca de la humanidad» y sus interpretaciones en clave teológica de textos y figuras de la literatura mundial. Estos han introducido en la teología una sensibilidad hacia lo concreto y lo vivido, y han abierto nuevas pistas a la reflexión teológica fuera de un espacio eclesial, a veces, muy delimitado. Entre sus muchas obras, cabe recordar, Cartas de autoformación (1922), El universo religioso de Dostoyevski (1933), La muerte de Sócrates (1934), Pascal (1934), La esencia del cristianismo (1939), Libertad, gracia y destino (1948), La aceptación de sí mismo (1950), como las más destacadas.
Guardini fue más que teólogo, pero sin dejar de ser un verdadero teólogo. No se movió en el campo de la teología sistemática y científica. Eso provocó ciertas reservas en algunos ambientes, que fueron compensadas por su éxito ante la opinión pública, a la cual supo ofrecer respuestas más acordes con sus necesidades espirituales y culturales. Esta profunda vinculación con su circunstancia histórica es lo que favorece su grandeza: ofrece respuestas y perspectivas necesarias, y en este sentido, prepara y anticipa el futuro. Ahí radica también su propia limitación: no comprendió que las exigencias de reforma de la sociedad y de la Iglesia brotaban de una experiencia de la modernidad distinta de la que él había esbozado, lo que supuso que su pensamiento fuese olvidado durante los decenios posteriores a su muerte. Gracias a Benedicto XVI y Francisco, la obra de este teólogo vuelve a enriquecer la visión católica de la Iglesia de nuestro tiempo, invitándonos a llevar de nuevo a Cristo a nuestra realidad concreta, encarnada, viva.








