—¿Cómo recibió la noticia y afronta este nuevo encargo?
—Fue una gran sorpresa. Tengo que decir que recurrí primero a una pequeña oración pidiendo ayuda al Señor para que me hiciera digno de ser un buen obispo. Una vez recuperado, afronté con gran ilusión esta elección del Señor y, dando gracias a él y al Santo Padre por hacerlo posible, mi corazón saltó de alegría por ir a una diócesis de raíces cristianas tan antiguas, tantas diferencias positivas, tanta buena gente y tanta comunidad. Recordé con gratitud la advocación de la Virgen de la Cinta para que, bajo su amparo, pueda hacer que caminemos con alegría en la diócesis de Tortosa, siendo un buen pastor.
—¿Cómo han sido los años de obispo en Barcelona?
—Ha sido para mí un motivo de honda satisfacción compartir diferentes etapas y responsabilidades en Barcelona, con tres cardenales directos y también con mis compañeros obispos auxiliares. Los primeros me han aportado conocimiento, destreza y abnegación en el trabajo pastoral. Todos han sabido darme aquellos consejos y aquellas responsabilidades que han marcado mi manera de ser y de hacer. En esta última etapa, mis hermanos obispos auxiliares han sido mis compañeros de camino, poniendo nuestro trabajo, inquietudes y oración en común. Todo ello ha dado un talante de vida comunitaria para entender mejor que la Iglesia es una comunidad de comunidades.
—Allí inició su ministerio episcopal con Toni Vadell. ¿Se acuerda de él?
—Recuerdo muy afectuosamente al obispo Toni Vadell Ferrer. Del obispo Toni me quedo con su testimonio de amor y amistad que llegó tan lejos en la salud como en la enfermedad, acercando a Dios a la gente que tenía a su lado. Murió el día de santa Eulalia, patrona de Barcelona, esta ciudad que lo acogió con tanta estima y que él hizo suya. Con mis hermanos obispos, Javier y David, además de compartir oración y misión, compartimos también recuerdos, entre los cuales hay una expresión que a menudo nos decía el añorado obispo Toni, en el cielo esté: que en la misión nunca debemos ser francotiradores. Por muchas responsabilidades que se nos confíen, debemos vivirlas desde la misión compartida, sinodalmente.
—Tortosa es una diócesis diferente. Es más pequeña, menos urbana y está en dos autonomías. ¿Es una dificultad o hay ventajas?
—Tortosa tiene tres grandes singularidades. La primera es el propio territorio, configurado entre la provincia de Tarragona, la de Castellón y los umbrales con Lérida, Zaragoza y Teruel. Eso hace que la diócesis tenga una diversidad de gente y de formas de vivir que son una gran riqueza. Debe hacer que vivamos la fe desde una perspectiva abierta y generosa. El segundo elemento es la disponibilidad del grupo de presbíteros, diáconos, vida consagrada y tantos laicos y laicas que, desde hace siglos, mantienen la antorcha de la fe encendida en estas tierras y que hoy hacen posible una Iglesia viva. La tercera es que me encontraré con unos diocesanos que, del mar a la montaña, del norte al sur, aportan una diversidad de ambientes, de formas de trabajar e incluso de entender la fiesta y la vida.
—¿Cuáles cree que son los retos en esta Iglesia particular?
—Mi prioridad será escuchar a la diócesis, estando atento a todos para que podamos gozar de una visión conjunta y poder compartir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y angustias de la comunidad eclesial tortosina.
—¿Qué piensa que puede aportar?
—Recurriendo a mi lema episcopal, Servid al Señor con alegría, mi mensaje inicial será de aliento a todos, creyentes o no, para caminar juntos como discípulos de Cristo. De la alegría del corazón brota el cariño, el respeto, la fe y la esperanza que necesitamos compartir con todos los miembros de la Iglesia.







