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Siete luces para sanar la vida consagrada

«Las heridas pueden abrir grietas por donde entra la luz. […] El Espíritu no está ausente; simplemente nos pide dejar de mirar hacia dentro con miedo y dirigir la mirada hacia fuera, con compasión», afirmaron María del Carmen Gómez y Gonzalo Fernández Sanz durante la Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada

La tercera jornada de la Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada estuvo marcada por la escucha de nuevas propuestas para que los consagrados sigan siendo levadura en medio de la sociedad.

Especialmente relevante fue la intervención de María del Carmen Gómez, hija de la Caridad, y Gonzalo Fernández Sanz, claretiano y director de la revista Vida Religiosa y Publicaciones Claretianas. Con el sugerente título de «De la cotidianidad herida a la cotidianidad sanada», propusieron redescubrir la jornada ordinaria como lugar de revelación, aprendizaje y misión.

Porque, añadieron, la vida consagrada se juega, ante todo, en la rutina diaria, en los gestos repetidos que modelan el alma de cada comunidad. «Cada día contiene su propio amanecer y su propio ocaso, su trabajo y su descanso, su combate y su bendición», recalcaron. 

Los ponentes hicieron una lectura esperanzadora de las dificultades que afronta la vida consagrada, que tienen forma concreta en el envejecimiento, la reducción, el cansancio institucional o la pérdida de visibilidad. Y, sin embargo, añadieron, estas heridas, pueden ser cauce de salvación.

Así, pusieron encima de la mesa siete vías para sanar a la vida consagrada. Siete luces resumidas en siete palabras: fe, cuidado, liderazgo, espacios, tiempo, misión y jóvenes.

Invitaron a pasar de la resignación a una fe viva que descubre en la incertidumbre la llamada a confiar en Dios; del individualismo al cuidado fraterno, porque las comunidades se regeneran cuando uno se hace responsable del otro; del liderazgo minimalista a un liderazgo sinodal.

Del mismo modo, manifestaron que es necesario transformar los espacios vitales, para que sean más sencillos, abiertos y habitables; pasar del tiempo reglamentado al tiempo recreado; de las propias obras a la misión compartida; y de jóvenes para todo a jóvenes centinelas, capaces de aportar una mirada fresca y profética sobre el futuro de Dios.

«Las heridas pueden abrir grietas por donde entra la luz. […] El Espíritu no está ausente; simplemente nos pide dejar de mirar hacia dentro con miedo y dirigir la mirada hacia fuera, con compasión. […] No se trata de negar la herida, sino de dejar que sea Cristo quien la toque y la transforme».

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