El Pontífice se ha encontrado con los obispos franceses y presidido una Eucaristía en el Santuario de Lourdes en una nueva jornada en Francia
La tercera jornada de León XIV en Francia ha tenido su epicentro en Lourdes, donde se ha reunido a primera hora con los obispos franceses, ha presidido la Eucaristía dominical, ha visitado el Centro de Acogida Notre-Dame, se ha visto con religiosas de vida contemplativa y ha participado en el rezo del rosario y la procesión de las antorchas.
Eucaristía
Uno de los momentos centrales del día fue la Eucaristía, celebrada en el santuario, desde donde León XIV ha recordado que la promesa de vida eterna del Evangelio resuena con fuerza en Francia y «sacude nuestras mentalidades contemporáneas».
«En este momento de la historia, en el seno de una sociedad que busca el progreso y el bienestar material, pero que a veces se ve tentada a olvidar el horizonte de la eternidad, María viene a recordarnos la grandeza y la trascendencia de nuestra vocación a la vida, a la vida eterna», ha explicado.
También ha hecho una férrea defensa de la vida, en un país que recientemente aprobó la eutanasia: «Frente a las corrientes actuales que pretenden redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la Gruta de Massabielle se erige como un santuario de la esperanza cristiana. Aquí no se rechaza ninguna fragilidad. Sus muletas, sus sillas de ruedas, sus lágrimas ocultas no son obstáculos: son el lugar, por excelencia, donde ustedes son respetados plenamente, acogidos y transformados por el amor infinito de Dios. Lourdes es el lugar bendito de una profesión de fe en la belleza y la sacralidad de la vida, porque allí es acogida como un don precioso de Dios, llamado a florecer para la eternidad en el amor del Padre».
Homilía del papa León XIV en Lourdes.
Con los obispos
La jornada de León XIV ha comenzado con un encuentro con los obispos franceses, en el lugar donde habitualmente llevan a caso sus asambleas plenarias.
Ha sido un discurso largo, con claves interesantes. Por ejemplo, les ha pedido que se mantengan vigilantes para defender la libertad y los derechos de la Iglesia a evangelizar, a educar en la verdadera libertad y a practicar públicamente el culto. En este sentido, ha recordado que la enseñanza católica «no puede renunciar a su proyecto educativo, un proyecto centrado en Cristo que tiene como objetivo el desarrollo integral de la persona humana en todas sus dimensiones: espiritual, cultural, intelectual, moral y social». «Por lo tanto, a nadie debe sorprenderle que en cualquier centro católico se ofrezcan oportunidades para encontrarse con Jesucristo y escuchar su Palabra», ha continuado.
Cómo ya había hecho en su paso por París, ha recalcado la necesidad de acompañar a todos aquellos que están llegando nuevamente a la Iglesia, para que encuentren «comunidades vivas que practiquen la caridad y vivan la solidaridad», y reciban una sólida enseñanza doctrinal para hacer frente a las objeciones y las dudas.
El Pontífice también ha hablado de abusos, alabando el trabajo de la Iglesia en el país: «Es necesario continuar por el camino emprendido, manteniendo la máxima vigilancia».
Y ha subrayado algunos retos. Uno de los principales, ha dicho, es la familia. «La profundización y consolidación de la vida de fe en el seno de las familias es una clave que permitirá resolver muchas de las crisis que atraviesan la Iglesia y nuestras sociedades», ha subrayado.
Otro desafío es la unidad: «La Iglesia en Francia es un pequeño rebaño que debe unir sus fuerzas para la misión. Las divisiones ideológicas harían vano su testimonio. Siempre ha habido tensiones en la historia de la Iglesia, pero cuando se manifiestan, es entonces cuando podemos apreciar aún mejor el don de la unidad».
Discurso del Papa ante los obispos franceses.







